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Beatriz y Hellen. Madre e hija

Beatriz y yo habíamos celebrado siete años de noviazgo. La conocí en la ciudad de Puebla una semana después del sismo de 2017. Ella estudiaba aún la licenciatura y poco tiempo antes se había separado de su concubino, con el que concibió una vivaz hija, a la que puso por nombre Helen. Yo, por mi parte, había abandonado a mi primera esposa pocos meses antes y me sentía liberado y tranquilo, con un camino sembrado de ilusiones por delante. 


 Beatriz era una chica hermosa, delgada, de piel morena muy clara y de mediana estatura. Sus senos eran pequeños y sus caderas estrechas. Si a esto añadimos que vestía de manera discreta, podrán entender por qué pasaba desapercibida en su esfera universitaria. Pero destacaba notablemente por su rostro bellísimo y simétrico, por una larga cabellera, negra y sedosa, y por sus muslos torneados y fuertes. Su nariz era singularmente perfecta, tan perfecta que llegué a considerarla como un fetiche.

Por aquellos días mi flamante novia era tímida y seria. Estaba concentrada en su educación académica y en la de su joven hija. Hasta que aparecí yo para ocupar un lugar privilegiado en su vida. Gradualmente, nuestro amor fue prosperando, tornándose más profundo y tierno. A la par, nuestra vida sexual era cada vez más emocionante y satisfactoria. Compartíamos fantasías y poco a poco cumplimos algunas.

 Dado que mi presencia era frecuente en casa de Beatriz, su pequeña  hija se fue familiarizando conmigo desde la infancia. Pero nunca me consideró como un padre adoptivo. Más bien me veía como un entrañable amigo. Yo participaba de sus éxitos y sus fracasos, de sus alegrías y sus sufrimientos. Jugábamos y convivíamos de manera saludable y respetuosa, siempre bajo la mirada atenta de su madre. Yo evitaba cuidadosamente casi todo contacto físico con la mozuela.

Cuando Hellen alcanzó la adolescencia y padeció su primera menstruación, algo tardíamente para estas generaciones, fui informado prontamente por su madre. Un día, mientras los tres comíamos, mi novia dijo sin ningún pudor: "Hellen está teniendo su primer ciclo". Fue una situación embarazosa para mi y seguramente para Hellen, que se ruborizó inmediatamente. Pero a fin de cuentas, yo formaba parte de ese hogar y en adelante fue bastante común que todos conversáramos abiertamente y con cuero humor sobre hemorragias, cólicos, hormonas, toallas sanitarias, mutaciones súbitas de ánimo, etc. 

Como es natural en esa etapa, la relación de Helen con su madre y conmigo se volvió áspera e incómoda. Era algo novedoso para mi. La huella que la infancia de Hellen había impreso en mi memoria era entrañable y me era difícil ver a esa cándida y juguetona niña como una adolescente que sufría una larga cadena de desagradables cambios físicos y anímicos. Cada vez se volvía más rebelde y grosera, menos responsable, más floja y caprichosa.  Empezó a sentir atracción por chicos mayores de su colegio y por algunos estúpidos cantantes de moda. Había alcanzando una estatura considerable, superando a la mayoría de sus compañeros de escuela. Pero conservaba una figura delgada y espigada, sus pechos apenas se perfilaban bajo su blusa y sus caderas no se habían ensanchado. Sólo  un ojo experimentado en las mujeres como el mío, podía captar algunos leves cambios en el cuerpo de Helen: sus muslos se estaban fortaleciendo y sus pequeñas nalgas empezaban a redondearse. Se maquillaba y peinaba con esa gracia un poco afectada y ridícula de las mujeres que ni son niñas ni son adultas. En ocasiones se asemejaba a un payaso y me costaba contener la risa.
Confieso que no sentía ningún tipo de atracción sexual por ella, pero procuraba observar, discreta y furtivamente, los imperceptibles cambios que se operaban en su cuerpo y su personalidad, tratando evitar cualquier infundada sospecha de su madre, quien no pocas veces detectó esas miradas de soslayo.
Cuando pernoctaba en casa de mi novia, dormía con ella en una habitación cerrada. Cuidábamos de que Helen no tuviera el más mínimo indicio de que  nos revolcábamos frenéticamente en la habitación contigua, a unos pasos de su cama. Pero debo admitir que que me provocaba un poco de morbo que Hellen pudiera sospechar que yo fornicaba con su madre, que su cuerpo era mi fuente favorita de placer y el más codiciado receptáculo de mi semen. En mis adentros me burlaba de la ingenua adolescente, que hacía escandalosos berrinches por acontecimientos superficiales (como cuando yo le regalaba flores a su madre), sin sospechar que por las noches trataba ésta como a una vil ramera en la cama, casi en sus narices. Beatriz era mía, era mi hembra favorita y Helen no podía impedir compartirla conmigo. Así que, ocasionalmente, para reafirmar mi poder sobre mi dulce novia, la colocaba en cuatro patas y la embestía agresivamente por el culo para hacerla gritar, o le exigía que gimiera en voz alta cuando estaba logrando un orgasmo, o me movía con tal ímpetu que los maderos de la cama crujieran ruidosamente mientras la follaba. Pero todo era infructuoso, porque al despertar, Hellen relataba que por la noche había escuchado aplausos en la calle, gatos maullando o crujidos de origen desconocido. A fin de cuentas, Helen sentía celos de que su madre fuera mi pareja, y eso me bastaba para  sentirme complacido y orgulloso.

Beatriz era una mujer ardiente y fogosa. Sin embargo, se sentía cada vez más tensa e insatisfecha. No podía dar rienda suelta a sus  apetitos sexuales sin que su hija lo pudiera percibir. No se atrevía a gritar ni a moverse a sus anchas durante nuestros coitos y le temía a la posibilidad de que su retoño pudiera descubrirnos copulando en la cocina, la sala comedor o la ducha. Además, por su cabeza empezó a dar vueltas una pregunta insidiosa: ¿cómo explicar a Helen qué es el sexo? Su desesperación llegó a tal extremo que terminó por dejar atrás su pudor. Repentinamente se volvió temeraria y audaz, según voy a narrarlo a continuación. Beatriz y yo nos hallábamos retozando bajo las sábanas en nuestra habitación, cuando ella recordó súbitamente que no habíamos puesto el seguro de la chapa y que Helen podía entrar inesperadamente. Me lo dijo al oído. Estábamos sudando copiosamente. Enfadado mordí con delicadeza su cuello, retiré mis labios, saqué mi pene húmedo de su vagina y me levanté para dirigirme a la puerta. Una mezcla viscosa  y espesa de fluidos  pendía de mi pene y se balanceaba mientras caminaba a tropezones. Antes antes de que pudiera tomar la manija, escuché en medio de la penumbra unas palabras: "Quizás sea mejor que Helen abra la puerta y nos descubra para que pueda entender de lo que se trata ésto". Me escandalicé de una a posibilidad tan aberrante, pero no respondí nada y regresé a la cama a concluir lo que se había suspendido. Retiré las sábanas que nos cubrían para que nuestros cuerpos quedaran expuestos el resto de la noche. Beatriz tenía aún las piernas abiertas y resplandecía entre ellas una blanca espuma, de la la que emanaba una fragancia exquisita. Estaba un poco avergonzada pero no le tomé importancia. Mi única respuesta  consistió en un brutal reforzamiento de mi erección, que ella detectó sin duda, pues emitió un suspiro de dolor cuando mi pene atravesó nuevamente su cálida vulva. Estuvimos cogiendo mucho tiempo con la esperanza y la emoción de que nuestra cándia invitada hiciera acto de presencia. Pero Helen, para bien o para mal, no se acercó a la habitación esa noche y se perdió una valiosa descripción gráfica del coito.

La adolescente crecía velozmente con los años sin mostrar signos de madurez en otros ámbitos. Ocasionalmente formulaba algunas preguntas, pero el sexo continuaba siendo un misterio para ella, por no decir que un tabú. Tan sólo observar el torso desnudo de un hombre la escandalizaba. Y sus relaciones afectivas con otros chicos eran tímidas e inestables.  Pero no podía evitar que sus compañeros profirieran vulgares palabras con alusiones sexuales, que exhibieran su poderío reproductivo bajo las cremalleras o que hicieran alarde de sus nuevas proezas con las mujeres. Helen simplemente no entendía nada y se asustaba un poco. 

Hace poco Beatriz me invitó a bailar con ella para celebrar un éxito académico de Helen. Por supuesto, la festejada nos acompañaría y ésta eligió no un antro, sino un salón de salsa, decisión que nos pareció muy conveniente. Pensé que Helen, siendo tímida por naturaleza, prefería rodearse de personas adultas en un salón tradicional de baile, que de adolescentes imberbes en un antro. Llegamos al salón  ya entrada la noche y estuvimos bailando por unas dos horas. La pista estaba repleta de parejas. Mi novia llevaba puesto un vestido azul corto, algo ajustado, que me gustaba mucho. Noté que su cuerpo había cambiado considerablemente con los años. Ya no era la chica menuda que pasaba desapercibida entre los hombres. A fuerza de coitos constantes y salvajes, yo había logrado cincelar su cuerpo a mi gusto: sus senos eran opulentos, sus caderas se habían ensanchado  y  sus nalgas eran más apetitosas. Esa noche no tuve empacho en sujetarla del trasero mientras bailábamos  y en darle algunas sonoras nalgadas a la vista de su hija. Helen por su parte, llevaba tenis, un pantalón cholo de mezclilla  y una chamarra de cuero negra cerrada hasta el cuello. Antes de pisar la pista dejó la chamarra en una silla, mostrando un top corto y suelto que dejaba su ombligo al descubierto. Nunca lo había observado: era un orificio grande y oblongo, simétrico, oscuro y profundo. "Un agujero..." pensé para mi mismo   Sacudí la cabeza para pensar en otras cosas. Madre e hija tenían la cabellera negra y lucían un peinado similar. Sus rostros eran muy parecidos, pero sus cuerpos no. Beatriz era voluptuosa y  había acumulado un poco de grasa en el abdomen. Hellen, en cambio, seguía siendo una chica menuda, con una cintura diminuta. Sudábamos. Mi novia le permitió beber a Helen con moderación por primera vez algunos cócteles. Yo bebí poco, pero procuraba que mi novia lo hiciera abundantemente, a sabiendas de que sería más accesible en la cama por la madrugada. Los caballeros miraban, por encima de los hombros de sus esposas, las piernas torneadas de mi novia. Pero observaban con más lujuria a la joven y lozana Helen. Lo cierto es que ambas eran muy atractivas. Extasiado por el baile, la alegría, el sudor y las copas, intenté ver a Helen con otros ojos, lo que conseguí a medias. Su figura espigada era llamativa. Durante dos piezas tomé su cintura con mi mano. Nunca habíamos tenido un contacto físico tan cercano. La suave piel de su espalda se erizó involuntariamente al contacto con mis dedos. Pero sus senos y nalgas pequeños apagaban mi lascivia. Así que decidí concentrar mi atención ni novia el resto de la velada. Poco a poco Beatriz se emborrachaba más...

Conduje lentamente el vehículo por las avenidas vacías y tranquilas. Helen se sentó en el asiento trasero, detrás de su mamá , como era costumbre desde hacía varios años. Observé por el espejo retrovisor el rostro radiante de Helen: estaba jubilosa por la celebración y mostraba sus dientes blancos cuando sonreía. En sus ojos brillaba una chispa inusual. Beatriz iba a mi lado, exhibiendo sus espléndidos muslos. Sin soltar el volante, y sin preocuparme excesivamente por la chica que iba sentada atrás, metí la mano derecha entre sus muslos tibios y húmedos. Confiada de no ser observada, mi compañera los separaba un poco para abrirle paso a mi mano. Después tomé una de sus manos y la deposité firmemente en mi pantalón, justamente sobre mi tieso órgano sexual, pero ella, alarmada, la retiraba rápidamente mostrando una sonrisa nerviosa. Sus ojos irradiaban deseo. Beatriz y yo solíamos experimentar algunas fantasías dentro del carro. Solía masturbarme mientras conducía pero ahora era dm imposible, pues llevábamos una testigo a nuestras espaldas, por no decir que a una severa juez. Ignoro si Hellen nos alcanzaba a observar o no, pero yo no le tomaba importancia. Todos estábamos contentos.

Antes de llegar a su casa compré unas bebidas alcohólicas refrescantes en un Oxxo. Las destapé y se las puse en las manos para que las bebieran.Ya en casa subimos las escaleras sin soltar las bebidas. Yo iba detrás y debajo de Beatriz. Subió la escalera tambaleándose. Los tacones de sus zapatillas resonaban fuertemente en los peldaños, mientras yo me deleitaba con los movimientos de su trasero. Sus nalgas carnosas, propias de una hembra madura, rozaban entre ellas: una se contraía y congestionaba empujando a la otra, y luego a la inversa, en un compás hipnótico. Se me antojó separarlas con las manos y lamer en toda su longitud el profundo y oscuro surco que las dividía. Madre e hija pasaron sucesivamente al baño para orinar. Afiné el oído para escuchar el sonido de sus vejigas descargándose. Mi novia, que había bebido en exceso, emitió un chorro abundante y largo, como una cascada, mientras suspiraba aliviada. Helen fue más discreta y solo pude escuchar unas pequeñas y breves descargas de orina, espaciadas. Imaginé a cada una sentada en la taza. El monumental trasero de Beatriz seguramente cubría toda la taza. Hellen, por su parte, tendría que hacer un hábil ejercicio de equilibrio para que su pequeño trasero no cayera dentro. ¿Cuál sería la apariencia de la orina que brotaba de entre los muslos de esas dos mujeres? ¿Sería dorada o cristalina? ¿Sería tibia o ardiente como el fuego? ¿Cuáles serían las expresiones de sus rostros en la intimidad del WC? Sumido en pensamientos tan perversos sentí una leve incomodidad en el vientre. 

Beatriz y yo nos recostamos hombro con hombro en la cama. Para nuestra sorpresa, Helen no  tenía sueño y colocó una silla a un costado de la cama para sentarse y continuar conversando con nosotros. El foco de la habitación estaba apagado y sólo nos alumbraba la luz mortecina de las luminarias de la calle. aunque estaba animada, mostraba cierta pereza. Se había puesto su pijama, que consistía en una playera holgada y un short ajustado. Noté que en la playera se perfilaban sus pezones, síntoma de su calentura. Pero mientras estuviera Helen ahí poco o nada se podía hacer. Estuvimos platicando banalidades y recuerdos en voz baja.  En algún momento guardé silencio y pensé que la situación era muy inusual. Nuestra habitación era casi un lugar sagrado y Helen tenía prácticamente prohibida la entrada. Ahora estaba yo con su madre sobre sobre mi pecho, mientras ella nos contemplaba sentada en una silla a un paso de distancia. La voz de la jovencita siempre me había relajado, casi hasta sumergirme en la inconsciencia  Era una voz delgada, tierna y con muchos matices. El calor de su cuerpo y el aroma de su perfume juvenil llegaban hasta mi a través de la atmósfera tranquila del aposento.  Del otro lado estaba mi novia, estrechamente abrazada a mi tórax,  hablando con su voz cálida y perfectamente modulada. Su aliento tenía una ligera fragancia alcohólica. Me sentí acorralado entre las dos hembras que mejor había conocido en la vida. Las rodillas de Helen casi rozaba mi costado. Me puse nervioso. Mi pene finalmente se rindió ante un escenario tan estimulante y decidió despertar definitivamente y yo decidí darle plena libertad. Un bulto alargado empezó a perfilarse en mi pantalón. Beatriz tenía los ojos cerrados y Helen parecía no haberse percatado de mi excitación, no obstante tener los ojos bien abiertos. Ellas seguían conversando entre sí. Maliciosamente, decidí alimentar mi erección con pensamientos morbosos mientras clavaba la mirada en el rostro de la chica, para captar sus reacciones. Como un pez que está a punto de ser atrapado por una red, el bulto de mi pantalón empezó a retorcerse de manera autónoma. Era imposible que Helen no pudiera notarlo Por fin, noté con perversa satisfacción que la chica paseaba la mirada por mi vientre y la desviaba bruscamente, sin duda porque había notado un movimiento inusual en un lugar inusual. Voltee  a ver a Beatriz para asegurarme de que no estuviera enterada de nada. Continuaba con los ojos cerrados aparentemente. Pasaron unos minutos cuando, sorpresivamente, la mano de mi novia se deslizó sobre mi pantalón y comenzó a acariciar mi verga, a la vista de todos.

 Casi di un salto y Hellen se sobresaltó, tomándose cubriéndose automáticamente la boca con las manos. Mi novia continuaba con los ojos cerrados. Antes de que la chica intentara salir de la habitación, mi novia le pidió con los ojos cerrados que cerrara la puerta. Se volteó hacia ella aún acostada, le dirigió una mirada y, sin soltar mi pantalón empezó a decirle: "Mauro ha sido mi novio por muchos años y le tengo una confianza absoluta. Nos ha cuidado y acompañado por mucho tiempo. Siempre nos ha querido y respetado...". Mientras hablaba su mano frotaba mi pantalón suavemente sin detenerse. Los ojos de Hellen se abrieron aún más de asombro, sus pupilas estaban dilatadas, sus mejillas se volvieron càrdenas y su boca se abrió involuntariamente. Se frotaba las piernas con ansiedad. Pensé que saldría corriendo de la habitación en cualquier momento, presa del miedo. Su mamá continuó: "Hay asuntos que no he podido explicarte y que han impedido que madures como cualquier otra joven de tu edad. Ya es tiempo de que los conozcas y Mauro nos va a ayudar. Confía en nosotros". Se irguió sin soltar mi pantalón y le pregunto: "¿Sabes lo que es un pene?" Hellen tenía un nudo en la garganta y sus ojos se inyectaron de sangre. Estaba a punto de sollozar de nerviosismo como si fuera una niña. Mi corazón se había acelerado y sentía que me sofocaba. "Quiero que mires" le dijo. Volteó la cabeza hacia mí y me dijo casi como si fuera una orden: "Muéstralo". Su mirada era serena y fría, sin ninguna traza de excitación. Entonces dejó de acariciarme. Yo desabroché mi cinturón y bajé el cierre obedientemente. Empecé a buscar mi paquete pero era difícil sacarlo por la erección, que era brutal. Dudé y busqué la mirada de la joven que había sido como una hija por varios años, sabiendo que esa etapa iba a concluir. Ella se había calmado y ahora miraba con curiosidad como mi mano buscaba algo bajo el pantalón. Beatriz también observaba con frialdad. Al fin saqué mi pene, que se irguió como un obelisco de mármol blanco, recto y desafiante a la tenue luz de las luminarias. Hellen suspiró tratando de recobrar el aliento. Recordé que su madre solía hacer lo mismo para liberar la tensión. Ambas lo observaban. Mi novia acercó su mano y empezó a acariciarlo con las uñas y las yemas de los dedos con mucha delicadeza. "Los deberás acariciar para que se levanten y se endurezcan. Puedes hacerlo con cuidado o con más energía". Y mientras lo decía lo envolvió con los dedos y cambió de ritmo, subiendo y bajando. Yo sentía la gloria. Beatriz y yo habíamos fantaseado con ser observados por un voyeurista, pero ni en mis sueños más temerarios hubiera pensado que nuestro testigo sería su propia hija. Movía mi pene como una palanca de velocidades y terminó por apuntarlo hacia su hija, pará que pudiera ver claramente su glande. Hellen seguía con la boca abierta, pero noté que sus labios se habían humedecido. Un instante después, Beatríz, bajó más los dedos acarició mis testículos "También tendrás que acariciarlos. Aquí se produce el semen". La inexpresividad del rostro de mi novia y su convicción me tenían perplejo y excitado. En ningún momento había volteado a ver a su hija pero le daba las instrucciones como si de una tarea escolar se tratar. Sin duda sentía una profunda vergüenza pero se había resignado a que una lección así era necesaria para liberar a Hellen de su inocencia y que yo era el conejillo de indias más confiable y apropiado. "Acércate y acarícialo", le ordenó. Hellen se acercó con rigidez a la cama y se sentó frente a su madre. Como era diestra, giró la cintura para quedar de perfil y observar de frente mi verga, evitando así mirar a su mamá. Acomodó su cabello del lado derecho, para cubrir aún más su rostro del lado en que estaba su madre. Entonces acercó su mano y empezó a acariciar con suavidad. Después lo envolvió con la palma y empezó a chaquetearlo torpemente. Mantenía la mirada baja, fija en mi miembro, pero poco después entornó los ojos para mirarme, sin que su madre lo pudiera notar. Sólo uno de ellos me miraba, pues el otro se escondía bajo su negra cabellera. Su mirada había cambiado y estaba inundada de curiosidad y de un brillo malicioso. En estos instantes pensé que dirigir una mirada fija y penetrante al otro era una forma de poseerlo. Hellen también era mía y tal infidelidad debería ser sepultada para que Beatriz no lo pudiera saber nunca. Descubrí por primera vez que los bodys de Hellen ojos eran hermosos. En cambio, sus manos no eran delicadas y elegantes como las de mi novia, pero sentirlas jugando con ese largo apéndice de mi cuerpo me hizo estremecer. 

Después de masajear suavemente mis testículos, Beatriz la apartó con el brazo, dirigió la cabeza hacia mi pene y comenzó a lamerlo y chuparlo. Su larga y sedosa cabellera negra se derramaba sobre mi abdomen y mi vientre, ocultando toda la escena. Hellen regresó a la silla silenciosamente. La excitación me había hecho perder toda inhibición. Mientras ella se alimentaba con mi cálida carne empecé a tocar sus nalgas y con la otra mano recogí su pelo, con el propósito de que su hija pudiera ver con claridad la felación. Una de las mejores cualidades de mi novia en la cama era su habilidad y creatividad para mamar un pene. Siempre supuse que tenía mucha experiencia en ello. Pero también me desesperaba que no pudiera introducirse más que una tercera parte de la longitud de mi miembro en su boca. No había remedio. Hellen estaba nuevamente sorprendida. ¡Estaba presenciando su primera penetración oral y la protagonista era su propia madre! Beatriz giró un poco la cabeza, sacó mi verga de su boca y, sin dejar de lamerla y besarla, dijo a su cría: "Ésto les encanta a los hombres". Y luego volvió a comérsela con hambre. Yo empezaba a emitir algunos gemidos. Solté la cabellera de mi novia para que Hellen y yo pudiéramos cruzar una mirada larga y profunda. Nuestras miradas eran más tiernas. La cabeza de mi novia, con su abundante cabellera ocultando su rostro, subía y bajaba sobre mi vientre. Entre tanto, Hellen y yo le éramos infieles con la mirada. Después de unos minutos, Beatriz se irguió, recogió su cabellera desordenada con una mano y con el reverso de la otra se limpió bruscamente la saliva que escurría de sus labios. La pintura labial y el delineado de sus ojos se habían esparcido por sus mejillas y sienes, lo que la hacía ver desaliñada pero atractiva. Parecía como si hubiera llorado. Entonces le dijo a su hija que repitiera fielmente lo que había hecho conmigo. Yo, que había sido un objeto para ellas, tomé está vez la iniciativa. Me bajé el pantalón y abrí las piernas indicándole a Hellen que se acostara en medio de ellas para iniciar su examen práctico. Beatriz seguía ebria y su mirada estaba perdida y confundida, como si mirara un horizonte lejano. Eso nos dio confianza. Hellen se aproximó entre mis piernas. Tomé su rostro entre mis manos y la acerqué a mi pito para que lo lamiera en toda su longitud. Su lengua era muy cálida y húmeda. Lo hacía como los ojos cerrados. "Abre los ojos y escupe en mi verga". La palabra la hizo temblar, pero obedeció. Ahora nos mirábamos descaradamente, porque su mamá estaba en un extraño trance. Sin mirarnos, su madre susurró : "Comételo todo". Ella abrió su boca juvenil lo más que pudo y lo introdujo. Solté un alarido de placer y me retorcí, buscando el cuerpo de mi novia, que permanecía impasible. Mientras Hellen me felaba yo acariciaba a su madre sobre el vestido, hasta que bajé su escote y se mostraron sus tetas. Se estaba durmiendo. Hellen continuó intentando en vano metei todo mi pene en su boca. La tomé por los cabellos y empujé su cabeza para alcanzar su garganta hasta que la náusea la obligó a retroceder. Cuando la observé con lágrimas en los ojos y con la boca llena de carne, noté que era muy bella y que podría superar a su madre en hermosura y en habilidades sexuales. Beatriz se fue inclinando vencida por el sueño, con los ojos cerrados de nuevo, pero antes de tenderse en la cama profirió una palabras con voz tenue: "Dile que es una puta" y se durmió. Hellen se sobresaltó, sacó mi pito de su boca y se indignó. La sujeté por los hombros. Hellen había sido insultada en innumerables ocasiones por sus compañeros de escuela con adjetivos como aquél. Le expliqué que a los hombres nos gusta humillar a las mujeres en la cama y que no estaba mal que ella se comportara como una ramera conmigo. Añadí que eso le encantaría a sus parejas futuras y que por eso su madre me había pedido que se lo dijera. Por si fuera poco le expliqué que yo muchas veces me había expresado así con su mami. Beatriz ya roncaba a nuestro lado, con los pechos descubiertos y mostrando sus bragas bajo el vestido. La noche era cálida y sudábamos copiosamente. Los muslos de Beatriz reverberaban a la luz de la luminaria. Hellen continúo saboreando mi pene mientras yo le acariciaba el cabello. “Ahora eres también mi pirujita". Aunque había tres cuerpos en la cama, Hellen y yo estábamos solos por primera vez en nuestras vidas, libres de la vigilante y severa mirada de Beatriz. Reflexioné: "¿Que debo hacer a continuación?".



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