historias reales de nuestros usuarios
Conoce las historias calientes de nuestros usuarios.
Hace unos años había un bar aquí, donde vivo. Era un sitio
relativamente céntrico, pero nada concurrido. Siempre que fui, creo que era yo
el único cliente. El local tenía un tapanco, al que se subía por una escalera; en
la planta de arriba había, pegado a la pared, un sillón con cojines y una mesa.
El mesero subía, te daba la carta, y dejaba una campana. Te decía que cuanto quisiera
algo, tocaras la campana y subía. Después, literalmente te abandonaba.
Conocí el lugar porque un buen amigo me invitó a tomar un
trago. Pasó por mí, y mi sorpresa fue que iba con su esposa, una dama de unos
35 años, preciosa, con cuerpazo, a la que siempre había observado con morbo
pero discretamente, para no cometer el error de que alguien (sobre todo mi
amigo) se diera cuenta de que me encantaba su mujer.
Aquella vez ahí estaba, en el asiento delantero del carro en
el que pasaron por mí. Entré atrás y saludé. Mi amigo me pregunto: “¿cómo te
va?... Espero que no te incomode que venga Susi…” Obviamente dije que no, que,
al contrario, era un placer que nos acompañara. Llegamos al lugar que, como
dije, nunca había visitado. Entró primero ella, seguida de su marido, y luego
yo. Saludaron al mesero que ya los conocía y subimos al piso superior.
Pedimos, ella una margarita, mi amigo una cuba, yo un vodka
tónic, y una tabla de quesos y carnes frías. Le llevaron, el mesero dejó la
campana y me explicó mi amigo cómo funcionaba la cosa. Nos abandonaron ahí, pusieron
música instrumental suave, y éramos los únicos ahí. “Nadie más viene”, me dijo
mi amigo. “Creo que nosotros mantenemos el lugar”, añadió, refiriéndose a él y
a su mujer.
Ella llevaba un top con los hombros descubiertos y una falda
corta, de mezclilla, apretada, que dejaba ver sus formas y sus bien contorneadas
piernas, que yo nunca había apreciado tan de cerca.
La plática fue amena pero irrelevante: hablamos de política,
de deportes, de artistas, brincando de un tema a otro. Ella platicaba pega a su
marido, abrazándolo, con sus exquisitas piernas cruzadas, dejándome ver sus
muslos y sus pantorrillas, perfectas. Olía exquisito. En más de un momento,
cuando se inclinaba a tomar un pedacito de queso o su trago, como estaba de
frente a mí, de dejaba ver que traía una tanga…
Después de los primeros tragos, ella se paró al baño.
Entonces pude ver que tenía un trasero firme y bien formado…paradito. Dijo que iba
al tocador y cuando se paró mi amigo le dio una nalgadita. Quizás fue porque me
había tomado dos vodkas, pero ya no pude evitar contemplarla en su camino al
baño, que estaba en la misma planta de arriba del bar. Mi amigo me miró observándola.
Me sentí descubierto. Bajé la mirada y me tomé de un trago el resto del vodka.
“Preciosa mi mujer..”, dijo mi amigo. “Sí, muy guapa”, añadí.
“Suertudo”, le dije. Mi amigo agregó: “Y déjate…tiene unas tetas increíbles…
grandes, duras. Y unas nalgas maravillosas… pero esas ya las vista, ¿no?”. Yo nada
más sonreí. “Es inevitable”, dije. Pregunté si pedía otros tragos, me dijo que
sí, y sacudí la campana. El mesero subió rápido y ordené más alcohol para
todos.
“Me gusta exhibirla”, me dijo mi amigo “Que la miren, que la
deseen… a ella le encanta que la contemplen, ¿sabes?”.
“Ok”, dije. “¿No te dan celitos?”, pregunté. “Para nada”,
dijo él. “Al contrario… entonces, ¿te parece atractiva?”. “Sí, claro. ¿A quién
no le gustaría contemplar ese monumento… Y sí, está muy bien…”, dije ya un poco
más atrevido. “Tú mírala todo lo que quieras”, me dijo mi amigo. “No hay
problema… por eso le pedí que viniera… para que pudieras mirarla”.
En eso, regresó ella del baño. Se sentó de nuevo, suspiró y
le preguntó a su marido:
- ¿Qué tal? ¿ya le dijiste?
- No…- contestó él. Espera…
Entonces mi amigo empezó a besar a su mujer…en la boca, en
el cuello que también lamía junto con el lóbulo de la oreja de Susi, que nada
más gemía despacito. Entonces él comenzó a meter su mano debajo de la falda de Susi.
Ella empezó a gemir más, y más todavía cuando empezó a acariciarle lo senos por
arriba de la blusa. Volteó a verme mi amigo, y me dijo que no me preocupara,
que nadie vendría a menos que sacudiera la campana.
Siguió pegándole un faje tremendo a su mujer que
entrecerraba los ojitos y de vez en cuando me veía. No sé qué le excitaba más:
si el manoseo descarado de su marido, o que yo los estuviera viendo.
Entonces le dijo a su marido:
-Oye… creo que a nuestro amigo se le está parando nomás de
vernos.
-¿Si?, dijo él. “Deberías checar eso”.
Entonces me hizo una seña y me dijo “acércate…no muerdo”. Me
acerqué y me senté junto a mi amigo. Ella estiro el brazo en lo que besaba a su
marido. Me tocó por encima del pantalón. “Uy…”, dijo. “La tiene bien parada…déjame
verla”.
Entonces me desabotonó el pantalón, y me bajó la trusa. Me
bajé el pantalón y la trusa hasta los tobillos y ella me contempló.
“Pa’ su madre”, le dijo a su marido. “¿Porqué no me dijiste
que me ibas a traer ese animalote?”
“Era sorpresa”, le dijo él. Susi se acomodó en el regazo de
su marido, quien aprovechó para levantarle la falda y acariciarle las nalgas.
Se inclinó hacia mí y comenzó a darme una mamada de lujo. Me acariciaba la
verga y le decía a su marido: “¿Te gusta que se la mame? La tiene bien grande y
dura. NI me cabe en la boca” Él le bajó el top y me mostró sus senos. “¿Ya
viste que tetotas… tócalas… tiene los pezones bien duros” Tomó mi mano y la
llevó a los senos de Susi? Se los acariciaba en lo que ella seguía dándome
placer oral.
“Creo que me tengo que sentar ahí…”, le dijo Susi a su
marido. “¿Me das permiso, mi amor?”. “Haz lo que te plazca”, contestó él.
Entonces ella se levantó, se puso de espaldas, y me dejó contemplar su
maravilloso trasero. Se lo acaricié y era duro firme… se notaba que estaba
mojada.
De espaldas, abrió las piernas, tomó mi pene y con él empezó
a acariciarse el clítoris. Efectivamente, estaba super lubricada. Despacito, se
lo comenzó a meter en su apretada vagina. Cuando lo tenía hasta adentro, gimió
un poco más alto, se recogió el pelo con la mano, y comenzó a moverse de una
forma experta y exquisita.
“Ufff… creo que me voy a venir”, dijo Susi. “Me voy a venir,
mi amor, ¿me das permiso?”. “¿En serio?”, dijo él. “Sí”, dijo ella. “Me voy a
venir durísimo, mi amor”. Comenzó a moverse más rápido mientras yo le acariciaba
los senos, grandes, firmes. “Me voy a venir, mi amor”, repitió. “Vente”, dijo
él. “Déjame ver cómo te vienes con él”.
“Me estoy viniendo… me vengo…¡me vengo!”. En eso se paró de
golpe, se acarició la vagina rápido, y soltó un squirt tremendo que me mojó
todo. “Ufff… qué rico…me vine riquísimo”, dijo y besó a su marido. “Gracias, mi
vida”. Entonces él le dijo: “mi vida, nuestro amigo todavía la tiene bien
parada, ¿Por qué no te sientas encima de frente?”. Susi giró y se montó sobre
mí. Se movía ahora despacio pero profundo, en lo que yo disfrutaba sus senos.
Le dijo a su marido: “Auchhh, amor… me voy a venir otra vez… ¡me vengo en esta
vergota!” Tembló, se vino, me abrazó, me dio un beso de lengua, y luego otro a
su marido.
Yo ya no aguantaba. Susi se siguió moviendo, y me pregunto si
iba a terminar. Le dije que sí. “Vente en mis tetas”, me dijo. Se paró, se
hincó frente a mí, tomó mi pene y lo empezó a acariciar contra sus senos. Tuve
una eyaculación que no me esperaba. Parecía que no podía parar de venirme. Ella
quedó completamente llena de mi semen. Su marido le alcanzó una servilleta para
que se limpiara y me preguntó: “¿Qué tal? ¿te gustó?”. Ufff, contesté. “De lujo”.
“¿Y a ti, mi vida, te gustó el culeadón que te dieron?”.
Ella no contestó. Le dio un beso a su marido. “Travieso”, le
dijo.
Él sonrió, y me preguntó:
“¿Qué?, ¿Cuándo venimos de nuevo?”