Historias y Relatos Swinger
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Historias y Relatos Swinger
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Mi mujer y su cogida "de negocios".
Cuando supe que Mony había bebido de más y que había pasado
la noche fuera de casa, inmediatamente supe que debía ser castigada, y también
supe cómo hacerlo.
Habíamos ido a un concierto, donde conocimos a un grupo de
chicos y chicas, muy buen rollo todos. Bebimos moderadamente y la pasamos muy
bien entre baile, charla y todo lo necesario para una noche de lo más
divertida, tanto que ahí amanecimos, en un lindo y pequeño antro de Madero, en
el Centro Histórico del DF, donde habían cerrado un callejón.
Por la mañana los chicos nos invitaron a un “after”. Yo no
quise ir, pero Mony sí. Irían a una zona boscosa por Xochimilco, donde la
fiesta sería mucho más grande todavía, pues venían Dj´s de varios países.
Mony prometió volver cerca del mediodía o por la tarde, a
más tardar, pero a esa hora su voz se oía animada y relajada. Estaba un poco
borracha y me dijo que conoció a un tipo que le parecía muy guapo y que, quizá,
se dejaría querer un poco, si yo le daba permiso. Pásala bien, pero cuídate ―le
dije.
Su celular se apagó y en mi mente se forjaban las imágenes
de lo que allá sucedía, como si mis orejas fueran grandes antenas y mi cerebro una
computadora que podía saber, con detalles, todo lo que sucedía. Se la estaban
cogiendo recargada en algún árbol, con la falda subida hasta la cintura,
mientras ella jadeaba y se meneaba violentamente. Se veía clarito, pero no era
real, yo no tenía idea de lo que ocurría allá, solo lo sospechaba.
Cerca de las seis de la tarde, ella llamó para decirme que
su móvil no tenía pila, que con el chico apenas y se había besado, y que su
intención era simplemente seguir bailando “¿Cómo voy a coger aquí entre tanta
gente? ¿Estás loco?” respondió a mis dudas.
Me confesó que el chico la había dejado prendida, pero que
más prendida estaba con el concierto y con las botellas de Moët & Chandon
que habían comprado. Entonces, en mi mente, surgió el plan.
Entré al chat de pasión liberal, para buscar a un afortunado
que me ayudara a quitarle las ganas a Mony. Hice una convocatoria, quien
propusiera la idea más original se llevaba el premio, que era ella.
Tristemente, todas las propuestas eran huecas, algunas
incluso asquerosas: La mayoría se limitaban al clásico “yo la espero, nos
conocemos y si se da algo, me la cojo”. Qué hueva. Otros proponían amarrarla,
ponerle medias o nalguearla. Nada original.
Me sentí frustrado, todos pensaban en coger, pero sólo en
coger. Esperaban llegar, meterla un rato y marcharse, insisto, qué hueva.
Cuando estaba a punto de salir del chat, me habló Joel, un tipo que realmente
había dormido bien la noche anterior y traía la mente fresca.
Me dijo que a él le gustaban los juegos de roles, y comenzó
a hacerme propuestas medianamente interesantes, pero lo suficiente para que me
mantuviera conectado y las escuchara. “Puedo decirle que soy un cliente tuyo,
muy importante y de mucho dinero, y que ella sienta ganas de coger para cerrar
el contrato”. Aunque algo trillado, no sonaba mal. Joel estaba no sólo
dispuesto, sino interesadísimo en llevar a cabo toda la actuación y la labor de
convencimiento.
Llamé a Mony para pedirle que volviera a casa cuanto antes.
Ella rechistó un poco, pero andaba ya algo bebida y accedió. Ahí voy ―dijo.
Joel, listo para la ocasión, llegó vestido muy formal a
pesar de ser domingo por la tarde. En un auto deportivo y lujosísimo. Estuvimos
ensayando el guion un rato, desde los detalles del “contrato” hasta los nombres
de nuestras empresas. Todos unos businessmen.
Mony llegó un ratito después. Apenas bajó del auto de los
chicos subió al de Joel, pues fuimos por algo de beber. Hasta entonces supe qué
tan tomada estaba: no demasiado, simplemente alegre y desinhibida, muy desinhibida.
Ya en nuestro depa, empezamos a hablar de mil cosas. El
trato era que él trataría de seducirla, pues ella siempre creyó que realmente
era una junta de negocios. Primero una amena charla de temas “equis” y luego
asuntos más personales. “Muéstrale nuestra terraza mientras preparo unos tragos”,
le pedí a Mony. Ella accedió y como buena anfitriona subió con él. Pasó un rato
y bajaron, ya con los rostros sonrojados. Algo había iniciado.
Ella quería wiskey, pero hacía falta agua mineral. Joel se
ofreció a ir por ella, pero no. “Quédate a acompañarla”. No hizo falta que
dijera nada más.
Cuando volví, 10 minutos después, él ya tocaba sin mucha
discreción sus piernas y no dejaba de alabar su belleza. Ella me llevó a la
cocina y me dijo que él se había “propasado” bastante, que si no me molestaba.
Le dije que si no le incomodaba a ella, a mí tampoco. Se rio y se dirigió al
sillón, justo al lado de Joel.
Después de este punto ya no hubo más teatro, pura acción. Él
acariciaba el cuerpo de Mony sin limitaciones, frente a mí. Le dijo que sus
piernas eran hermosas, pero que lucirían más con una minifalda. Ella sonrió y
fue a la habitación. Luego salió con un microvestido que resaltaba esas piernas
de artista. Apenas le cubría las nalgas, y los tacones eran el tiro de gracia.
Para no aburrirte, te cuento que tras el faje y el palabreo
él se sacó el pene, sin pudor. Ella sabía qué debía hacer: Mamarlo.
Honestamente, era la verga más gruesa que habíamos visto, aunque un poco corta
(tenemos un video del oral, pero nunca pudimos subirlo a este portal).
Esa tranca corta tenía una ventaja: podía clavársela toda en
la boca sin asfixiarla y la escena parecía de una buenísima película porno. Se
la tragaba toda, hasta los huevos.
Tras un rato, se la llevó al cuarto, donde no perdió tiempo en
hundírsela toda, a la primera. La puso “patitas al hombro” y la levantaba de
los tobillos para que fuera el culo de ella el que se ensartara. Luego la
empinó y le repitió la dosis. Entonces
no pude contenerme y de pronto ya me la mamaba a mí, ya se la mamaba a él, en
un sube y baja de cuerpos que siempre tenían a Mony como destinataria. Ambos
nos venimos tres veces, él con condón, obviamente.
Al terminar ella estaba cansadísima y amablemente le pidió
que se fuera, pues ya le urgía dormir. Estaba exhausta. Él accedió, no sin
antes agradecerle repetidamente sus “favores” y halagar, de nuevo, su blanquísimo
cuerpo y su hermoso rostro.
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