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Historias y Relatos Swinger

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Una experiencia repugnante.

Un domingo por la tarde es, como siempre, un día de flojera. Mi güerita y yo veníamos de un día divertido y ajetreado y nos disponíamos a volver a casa, cuando pasamos por el Cinema Río, muy cerca de Metro Allende.

Llevábamos varios meses con curiosidad, y ese era el día. Mony lucía muy bonita pero poco provocadora, con su pantalón de mezclilla, tacones y blusita sin escote. Linda.

Lo pensamos un poco y decidimos entrar, pero desde que llegamos notamos que en la banqueta y cerca de la entrada había hombres sospechosos. Al llegar a la taquilla, vimos que había una sección sólo para parejas y eso nos animó a entrar. 

Nos encontramos con un mal gesto. Una pareja, bastante, bastante mayor y de aspecto muy sucio ―literalmente, con mugre―estaba comprando sus boletos, estuvimos a punto de recular, pero vimos que les negaron la entrada.

El anuncio decía “Parejas, 100 pesos”. Llegué y pagué los cien, y el tipo de la taquilla, de pelo largo según recuerdo, le dijo en un tono muy grosero a mi chava “te cobro 100 pero nada más vas a entrar tú”. No entendimos de inmediato, ni nos explicó, estaba viendo La Academia.

Me molesté, pero entonces Mony pagó los doscientos pesos. Por lo descuidado del lugar, me pareció una estafa, hubiera pagado 500 de entrada con tal de que barrieran.

Al entrar a la sala la luz del proyector me deslumbró, y no vi que justo a mi lado había tres tipos dándole a una chava. Ya hasta que estuve en las butacas de arriba me fijé bien, mi chava sí lo vio desde el principio.

Nos sorprendió que la mayoría de las parejas estaba, cuando menos, mamándose sus partes, a veces el hombre, a veces la mujer, a veces la mujer a varios hombres, pero nos sorprendió aún más ver la edad de quienes allí estaban, no sabíamos si habíamos entrado a la sala para parejas o a la sala para cachondos de la tercera edad. Arrugas y lonjas dominaban el paisaje, entre ese aroma dulzón del semen rancio y el látex de los condones chafas. No toques nada ―le advertí a Mony. Perdón por la descripción, pero mejor se los describo y les ahorro que lo vivan en nariz propia.

Nos sentamos en la zona más despejada de toda la sala. No pasaron dos minutos cuando ya teníamos una horda de sujetos rodeándonos mientras se jalaban un montón de pellejos donde debería haber un miembro erecto. A mi chava le sorprendió que de seis tipos, a ninguno se le viera dura. Ni cómo ayudarlos.

Destacaban dos tipos, uno con la playera del América y otro del Guadalajara. Ambos eran jóvenes, morenos, bajitos y pelosnecios. Daba risa ver su antítesis, dos equipos rivales, una naquez que los hermanaba.

Cuando estaban ya a unos dos metros de nosotros, apuntándonos con sus pellejos pegajosos, tuve que echarles “la mirada”, un gesto que aprendí de mis perros chihuahueños cuando era niño y que me ha servido para ahuyentar a las lacras toda mi vida. Funcionó muy bien.

Poco después se acercó otro, mucho mayor de edad, y persistente. Estuvo más de media hora rondándonos muy de cerca, haciendo ruidos como de mapache y jadeando como cerdo agónico. Otra vez “la mirada” funcionó.

En las butacas de arriba comenzaron a amontonarse muchos hombres, dejando solas a sus parejas. Al verlos por separado, comprendimos que había varios tipos no tan viejos, acompañados de mujeres mucho más mayores que ellos. Inferimos que estos muchachos buscaban señoras muy necesitadas para poder entrar. Ellas no hacían nada, sólo esperaban.

Arriba, una mujer que para nuestra sorpresa lucía joven y atractiva, se la chupaba a dos tipos mientras otros diez o doce le ofrecían sus gelatinosas vergas, sin resultados. Ella estaba acompañada de un chavo joven, a quien le pedía permiso cada vez que quería mamar una verga, y cuando por fin encontró una lo suficientemente firme como para penetrarla, le puso un condón y tuvo unos tres minutos de feroz sexo ante las miradas delirantes de quienes los rodeaban.

Después uno de ellos habló con el “novio” y algo pactaron, pues se la llevó a unos como privados o baños. No supimos bien que eran, y no queríamos saberlo.

La función estaba por terminar y le dije a Mony que saliéramos de allí cuanto antes. Sería terrible ver, con plena luz, los rostros de esos sujetos repugnantes. Quizá encontraríamos a algunas parejas buena onda y aseadas, pero esas podemos encontrarlas en muchos otros sitios sin tener que enfrentar a una tropa de orcos sexópatas.

Salimos antes que nadie, pero afuera ya nos esperaba un tipo bajito, vestido con pantalón “tumbado” y una sudadera como diez tallas mayor que él. Se revolvía sus verijas mientras emitía algo así como chillidos para llamar nuestra atención. La escena era entre cómica y dantesca. Saqué mi celular para “inmortalizar” el momento, pero entonces huyó. Caminamos en busca de un taxi y de pronto Mony me apretó la mano muy fuerte y me echó una mirada de asco y desesperación. Vi atrás y un tipo muy moreno y regordete que nos seguía mientras se masajeaba el bulto. Aquí ya estaba pasando de lo folclórico a lo peligroso. Le dije a mi chica, “nos metemos al Metro, si sigue tras nosotros le parto su madre, ni modo”. Afortunadamente ya no nos siguió al entrar y pudimos irnos a casa con algo de nervios, risa y la promesa de no volver a pisar ese cine porno jamás.

Les agradeceremos si nos comparten alguna experiencia o consejo. Del cine Erótika ni nos hablen, una vez pasamos por fuera y vimos tirados condones con caca, un asco increíble.

Un saludo a todos!!



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