Historias y Relatos Swinger
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¿Me prepararías a mi esposa?
“¿Me prepararías a mi esposa?” ―pregunté. A Antonio le sonó
extraño.
“Quiero que pongas a Mony a punto para cogérmela, yo te haré
el mismo favor con tu esposa”. Accedió.
Antonio y Mariana, pareja joven y alivianada, se iniciaron
en el mundo swinger apenas unos meses
después de nosotros. Ya tenían experiencia.
Luego de tratarlos en el chat, decidimos que era momento de
invitarlos a nuestra casa, pero no para el clásico intercambio maquilado, ya
saben; vernos en un café o bar, hacer o
no química, ir a un lugar privado y coger, no, no, eso no era lo que queríamos.
Las chicas valoran el pre mucho más que nosotros, les
interesa mucho ese lapso dedicado a las caricias, besos y tocamientos, así que
pensamos en arrancar con eso, y las reglas eran claras: Dispondríamos de quince
a veinte minutos a solas con la pareja del otro para prepararla. Después cada
quién se cogería a su esposa.
Nos vimos en el departamento de ellos, pero desde el
principio las chicas se sentaron con su “banderillero”. La charla fue realmente
amena y el intercambio parecía total. Cualquiera allí hubiera creído que mi
esposa era Mariana y no Mony.
“Señores, los dejo un rato a solas” ―les dije. Mariana me
rogaba con sus caricias que empezáramos. Y yo no quería impacientarla.
Ya en la habitación, no hizo falta desnudarla. Su
culivestido se levantó fácilmente, y su tanga se recorrió para dar paso a mi
lengua y mis dedos. Su postura me recordó a la de los gatos cuando se estiran:
el culo queriendo alcanzar el cielo, pero las garras ancladas al piso.
Mariana era malvada. Sabía que no podría cogérmela, así que
se dedicó a calentarme lo más posible y a darme una mamada tan deliciosa como
tortuosa, pues la interrumpía de pronto para pedirme que le chupara su conchita.
Para estar parejos hicimos un 69.
Luego me pidió que frotara mi vara en su culo, la fricción
se sentía riquísima, y la prohibición lo hacía mucho más interesante. Realmente
estuve a punto de mandar al carajo las reglas, eso es lo que ella quería,
llevarse mi leche como trofeo, como prueba de un hombre que no pudo resistir
unos minutos sin clavársela, pero resistí.
Ya era hora de la “estocada”, pero con diferente “matador”. Antonio
y yo cambiamos de cuarto, desnudos, casi sin mirarnos. Ambos estábamos ansiosos
de ver a nuestras mujeres. Unos minutos después, el depa era una orquesta de
jadeos y gritos. Luego vino la calma, chupeteadas, risas, y más gritos.
Ya vestidos y en la sala, yo estaba más que agotado, pero
sentía esa calentura que sólo Mariana me podía quitar. Seguramente Antonio sentía
lo mismo por Mony, pero por disciplina nos quedamos con las ganas los cuatro,
para desquitarnos con todo en el siguiente encuentro.
Y tú ¿me prepararías a mi esposa?
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