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La segunda noche
Un mes después de nuestra primera incursión en el mundo sw, convencí a mi mujer de realizar una nueva visita al club que nos habían recomendado. Para mi sorpresa, ella no opuso mayor resistencia, pues dijo que le pareció un lugar seguro, con gente agradable y, sobre todo, respetuosa de lo que queríamos realizar. Como recordarán, la primera ocasión le pedimos a uno de los anfitriones -a quien llamaremos Ricardo- que acariciara a mi mujer; le pedimos que le hiciera sentir las manos de un hombre diferente a mí, pues hasta entonces, despues de catorce años de casados, sólo había sentido las caricias de mis manos. Con todo respeto y comedimiento, él la acarició suavemente. Le pasó sus manos por la espalda, por el rostro, por sus brazos, por sus nalgas y por sus senos. A petición mía le metió las manos bajo la tanga y acarició su sexo. Por incitación mía, ella metió su mano en la bragueta de él y sintió su herramienta. No pasó más y ahí quedó todo. Llegamos al hotel y ella y yo cogimos como locos, hasta entrada la mañana.
Para esta segunda ocasión, mi mujer dijo que asistiría con una condición: que le comprara cosas nuevas para ir esa noche: zapatos, vestido, brassier y tanga. Le compre lencería dorada, un brassier hermoso y una tanguita que dejaba sus nalguitas al aire y su sexo apenas cubierto. Eso, sin mencionar unas zaptillas negras sencillas, pero elegantes y bellas.
Llegamos al club. Había unas ocho parejas. Bailamos, participamos en juegos cachondos y, puedo decir que, por lo menos, tres hombres andaban sobre mi mujer con el consentimiento de sus mujeres. Una de estas mujeres me propuso ir a un hotel porque a su marido le había encantado mi mujer y quería estar con ella en la cama. Le respondí que eso sólo podría ser con el consentimiento de mi esposa. Le pedí esperar a ver qué decía.
Uno de los responsables del club me preguntó si estábamos a gusto o si había gente impertinente para poner orden. Le dijimos que todo estaba bien porque, en efecto, aunque más de tres querían con mi mujer, todo ocurría en un marco de respeto... El baile favorecía la competencia entre ellos. Mi mujer bailaba y yo lo permitía sin dudas y sin celos...
Pasadas las tres de la mañana, algunos de los que querían acostarse con mi mujer empezaron a ocupar los cuartos oscuros con las otras mujeres, y empezaron a tener sexo intercambiando parejas. Yo observaba a mi esposa y le preguntaba qué quería hacer. Me dijo que le gustaría irse, pues los hombre que estaban allí le parecían mayores a nosotros, lo cual era cierto. Acepté, pero le propuse que antes de irnos volviera a aceptar las caricias de un hombre diferente a mí. Le pareció bien y llamamos a uno de los anfitriones -a quien llamaremos Paco-.
Paco vino y fuimos a un cuarto oscuro. Preguntó qué podía hacer. Le dije que bajara los tirantes del vestido para besar los senos de mi mujer. Luego, yo mismo quité su vestido y quedó en su lencería dorada. Quité sus medias y luego su tanga. Le pedía Paco que le acariciara su cuerpo. Desde su rostro hasta sus pies. Él aceptó y con mucho cuidado la fue acariciando. Tomó su tiempo en el sexo de mi esposa.
Paco la tenía parada como un mástil. Le dije a mi mujer que tomara esa herramienta en sus manos y lo hizo con docilidad. Le pregunté si le gustaba y dijo que sí. Le pedí a Paco que se pusiera condón para que mi esposa pudiera meterse esa herramienta en la boca -de unos 18 cms-. Mi esposa lo hizo. Luego le dije: amor, recuéstate en la cama. Ella lo hizo. Cuando esperaba que yo la penetrara le dejé mi lugar a Paco. La cogió de misionero y luego hizo que ella lo montara. Yo me masturbe como loco. Cuando Paco terminó mi mujer quedó con ganas de más, pero temerosa de qué iba yo a decir.
Cuando llegamos al hotel, mi mujer me preguntó si la quería. Le dije que no la quería, que la adoraba por haberme regalado esa noche de placer. Cogimos como locos hasta bien entrada la mañana...
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