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Historias y Relatos Swinger

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El roomie afortunado que se “cenó” a mi chava

Nuestra vida transcurría con normalidad. Teníamos poco de haber llegado al DF y debido a los problemas para conseguir un fiador con propiedades en la capital, no podíamos rentar un departamento. Entonces mi chava ingresó a una página de Internet, donde algunos usuarios ofrecen compartir gastos y depa.

 

Estuvimos buscando y encontramos uno, dos, tres, siete, pero mientras en uno tendríamos que vivir con una ancianita ―con el debido respeto―, en otro se veía que era puro relajo y temíamos hasta que se perdieran nuestras cosas. Ya en el séptimo, un tanto hartos, conocimos a un chavo buena onda, era arquitecto.

 

Vivía en un depa bonito, nunca estaba en casa y tenía un amplio cuarto extra. No le estaba yendo muy bien de dinero, así que pensó en compartir e hicimos en trato: 4 mil pesos al mes, más servicios, nada mal.

 

Sin llegar a ser los grandes confidentes, entablamos con él una relación bastante buena, de respeto y hasta cierto punto de amistad. Su carga de trabajo bajó así que empezó a freelancear desde la casa. Yo me iba a trabajar a las 7 de la mañana, mientras que Mónica, mi mujer, una hermosa chava de ojos grises y tremendas piernas, se iba a trabajar poco antes del mediodía.

 

Un día mi novia fue con sus amigos al Patrick Miller, un ¿salón de baile? de la Roma. Yo fui con mis amigos a una fiesta tranquila en una casa. Esteban, mi roomie, acompañó a Mony y se la pasaron bailando, todo bien, hasta las 3:00 de la mañana cuando mi mujer dejó de responder mis mensajes de pronto, algo inusual, pues cuando se va a dormir al menos se despide. Se le acabó el saldo  ―pensé.

 

Cuando llegué a casa, la mañana del día siguiente, no sospechaba nada. Abrí la puerta y fui a mi recámara. Nada. Mony no estaba, pero sí sus tacones y parte de su ropa. El cuarto de Esteban estaba cerrado, ¿estaría ella ahí? Mi duda se despejó pronto. Si estaba. Salió con una resaca estampada en el rostro y por si cabía alguna duda, traía sólo puesto su blusón, de la cintura para abajo nada. Esteban seguía dormido.

 

Ya en nuestro cuarto, me contó que las cosas se salieron de control cuando bebieron, llegaron juntos a casa y él la invitó a beber un par de cervezas más. Apenas las abrieron. De inmediato se fueron al cuarto y ella comenzó a mamarla. Y que si sabe mamarla, ¡Dios!

 

Me contó que lo hicieron dos veces, pero durante un buen rato. La segunda había terminado apenas un rato antes de que yo llegara. ¿Segura que te cuidaste? ―Claro.

 

¿Ahora qué iba a hacer? Esteban no sabía que éramos swingers, ¿tendríamos que irnos? La solución fue la más sencilla que me pasó por la mente: Todos fingir que no pasó nada. Él creería que yo nunca me di cuenta, y seguiríamos siendo buenos roomies. Funcionó.

 

A las pocas semanas, mi chava me dijo que realmente le había gustado mucho. Por la mentalidad de Esteban, posiblemente podría adaptarse al ambiente swinger, si no es que ya era. Una aventura, un trío, una “noche loca” era algo agradable, ¿pero vivir con eso? Tendríamos que pensarlo.

 

Una noche estábamos los tres viendo televisión. Esteban sacó un cigarrillo de mariguana y nos ofreció, ―cómo no. Fumamos los tres y nos relajamos un poco, no tanto. Seguimos viendo la película, una de David Lynch, y entonces a Mony, como todas las veces que ha fumado, le dio sueño y fue a acostarse. Esteban y yo seguimos viendo la movie.

 

Un rato después mi amable compañero de piso sacó una botella de vino, un Rioja, que tanto me gusta. No tenía sacacorchos y le dije que podía tomarlo de mi recámara, estaba en la mesita de noche.

 

Tras un rato fui al cuarto a ver si lo había encontrado… y lo encontró. Él estaba de pie mientras mi chica ―en posición de gata― se la chupaba. No tenía el pene grande ni pequeño. Normal. Pensé en unirme a la aventura, en lanzarle un reclamo fingido, pero no. Me fui a seguir viendo la película. Mony, si quería, podría llamarme para incluirme, sabía que yo sabía, pero no fue así. No me invitó.

 

Cada que iba al baño echaba un ojo al cuarto. Vi que cogían en al menos tres posiciones distintas. Ella totalmente desnuda y jadeando. Como murciélago, podía “ver” la escena a través de los sonidos, y así supe que él terminó en su boca. Los gemidos de él, mezclados con los bufidos ahogados de ella no dejaban lugar a dudas, ella tenía la boca llena mientras él terminaba. Simple lógica.

 

¿De ahí qué siguió? Se los cuento después, mi chava me espera en este momento, para ir a ver unos depas que queremos rentar. Avísenme si saben de alguno bonito y accesible en la Delegación Cuauhtémoc.  Es neta. 



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