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Poseída por vez primera (parte 2 de 3)
Llegué al punto de la cita, y en los primeros 3 minutos pensé “tal vez no se atrevió”, “debimos cruzar teléfonos”, etc.; sin embargo, ví a lo lejos el vehículo que me describió, y puedo decir que con alivio, lo ví detener la marcha donde yo estaba. Entré, saludé y aprecié a un caballero de porte español, delgado, bien conservado a sus más de 50 años, barba y pelo gris, y no tuve ningún inconveniente en que así fuera. De hecho, tenía una buena corazonada de todo esto. Charlamos brevemente de los pormenores ocurridos antes de nuestro encuentro, y nos enfilamos a un motel al que le recomendé ir, por la zona aduanal, dado que es menos probable que te vea entrar la gente. A unos metros de entrar, por discreción para ambos, recliné el respaldo de mi asiento, y en general me sentí a gusto, dado que no lo ví vacilar en ningún momento, ni tenía poses de arrogancia ni nada por el estilo.
Entramos a la habitación, y saqué la botella de Whisky, que serví en directo en un par de vasos que llevaba. Le pedí disculpas por no llevar hielo, bromeó al respecto, y dijimos salud. Yo empiné todo mi vaso para relajarme en breve. Le pedí me esperara un momento, tomé la bolsa con mis cosas, y fui al baño. Apagué teléfono, y posteriormente supe que él también había apagado el suyo, lo que se me hizo muy considerado por ambas partes. Me tomó varios minutos vestirme. Como no tenía tiempo de maquillarme, usé un antifaz tipo carnaval o mascarada, que solamente cubría el área de los ojos, para dar una apariencia más femenina. Me pinté los labios, y salí sabiendo que ahora menos había marcha atrás. El whisky me hacía sentir un poco de calor, un calor excitante.
Al salir ví la expresión de agrado y deseo de Luis, quien ya estaba
desnudo, y le dí un vistazo a su pene, aún en reposo. No parecía amenazante, pero sabía que eso no
era pequeño. Se me acercó gentil con
otro vaso de whisky, con el que volvimos a brindar. Me lo tomé de inmediato, y me coloqué en unos
pequeños escalones que dan de la salita hacia la cama. Subí un escalón, y subí otro más con mi otra
pierna, para darle a Luis un mejor panorama de mis redondas nalgas surcadas por
la tanga negra que había elegido.
Llevaba un liguero negro de encaje, medias negras, la tanga, y un minivestido
sexy con la espalda descubierta. Aún
subida en los escalones, Luis me rebasaba en estatura desde el piso de la sala,
cosa que aprecié cuando el se acercó decidido por detrás de mí. Sentir el roce de sus dedos largos en mis
nalgas, acariciarlas con firmeza pero al mismo tiempo con delicadeza, y
colocarme su miembro que empezaba a erectarse entre mis nalgas aún con la
tanga, fue muy intenso para mí. Sentí
que mis mejillas se encendían, y él seguía acariciándome casi con ternura, y me
fue conduciendo a la cama. Me dijo
“¿puedo hablarte en femenino, como a una chica?” Yo contesté “por favor
hazlo”. En la cama me puse de espaldas
a él y un poco recostada sobre una moldura que hace las veces de cabecera, pero
que a su vez puede funcionar como una especie de mesa alta atrás de la cama, de
forma que yo estaba hincada, y ligeramente inclinada hacia adelante. Mis nalgas estaban ya a su disposición, y
vaya que la experiencia cuenta, y cómo agradezco habérmelo encontrado. Él ya me acariciaba con maestría, y me
hablaba suavemente, como si le hablara a un caballo de carreras nervioso que en
cualquier momento puede salir corriendo.
Me decía, “Shhhh… ya, nena… tranquila, deja todo en mis manos”, y cosas
por el estilo. En ese momento yo tomé
del buró donde había dejado mi bolsa, un
dilatador anal, que es un juguete parecido a un cono, estrecho por la punta y
se va agrandando en la base, rematando al final con una curva suave, y que se
amolda al orificio anal con el fin de ensancharlo y prepararlo para una
penetración mayor. Le puse un condón,
lo lubriqué, y haciendo a un lado la tanga me lo metí, sin embargo, Luis no me
dejó hacerlo por mí misma. Pronto me lo
metía y sacaba sin esfuerzo, por lo que estaba lista para algo más. Dejé el dilatador y tomé un consolador, que
compré de tamaño más bien estándar, y Luis lo tomó y me lo metió en pocos
segundos hasta el fondo. “Ahhh!, me lo
metiste todo…”, exclamé. Él acarició mi espalda,
bajaba a mis nalgas y palanqueó un poco el vibrador. Le dije, “despacio, por favor”, y él mantuvo
el ritmo, pero efectivamente fue despacio.
Ya me lo metía y sacaba lentamente, y lo volvía a palanquear cuando
estaba todo adentro. En un movimiento
atrevido, deslizó su mano libre en mi entrepierna, y la colocó sobre mi sexo,
que estuvo todo el tiempo aprisionado por la tanga. Ya no tuve dudas, el deseo me arrasaba y
consumía totalmente. Sentí que la cama
iba a arder. Yo me arranqué con ansia el
vestidito. Me dijo “ponme el condón”, y
volteé a ayudarlo. La vista no podía
ser más ardiente: un hombre desnudo, maduro, entre delgado y fornido, alto, con
vello en todo el cuerpo y una abundante mata en su entrepierna, en fin, rasgos
totalmente masculinos que contrastaban con mi cuerpo al que había depilado
previamente, vestido con lencería sexy.
Para rematar, bajé la vista a ver dónde colocaría el condón, y volví a
sentir una oleada de placer previo, aunque también un poco de temor. Le puse lubricante abundante antes de
colocarle el condón, para tratar de hacerle sentir lo más natural posible, y
tomar ese pito entre mis manos me puso aún más caliente. Grande, duro, grueso… Al deslizar el condón hacia la base de su
pene, aprecié que le quedaba apretado.
Le dije “te queda muy justo, nene.
No me va a caber. Está realmente
grande”. Aunque lo dije con sinceridad,
también lo dije con mucho deseo, y con el afán de encenderlo aún más. Tratando de evitar una desgracia, lo embarré
totalmente de lubricante. Vacié casi la
mitad del tubo. (continúa)
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