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A CIEGAS
Nos contactamos por medio de esta página de contactos sw. El me dijo que tenía la fantasía de ver a su mujer cogiendo con otro, y que le encantaría hacer un trío. Me dijo también que ella ya estaba convencida, pero quela detenía la pena, el pudor, el pensar que un día no esperado, pudiera encontrarse en la calle con el hombre que junto con su esposo le haya dado sexo. Tanto ellos como yo, vivíamos en Querétaro.
Vi sus fotos y me pareció sumamente atractiva. Preciosa, diría yo. Nos citamos él y yo para platicar, conocernos personalmente y ver si nos dábamos confianza para ver cómo le hacíamos para realizar esa fantasía de él. Nos vimos en el restaurante California de la calle Zaragoza. Nos caímos bien. Mi experiencia de 8 años en el medio sw le dio a él la seguridad de que yo sabía lo que había que hacer, y de que no intentaría pasarme más allá de lo que él autorizara.
Después de buscar opciones para acabar de convencerla, se me ocurrió la idea que se convirtió en definitiva: si el problema es la pena que le da, y el que ella sienta que un día me va a encontrar en la calle, tápale los ojos, le dije a él, de modo que nunca me vea ni yo le vea la cara a ella. Así, tú tendrás tu fantasía, yo tendré placer, ella también, y si no quiere verme, no me verá, ni yo a ella. Le puedes tapar los ojos y dejar a su decisión si se los destapa o no.
Acordamos entonces un día tentativo para la cita. Sería en la tarde temprano. Ellos llegarían primero al motel, y quince minutos después entraría yo. Para cuando yo entrara, él ya le habría dado una copa para desinhibirla, le habría puesto un antifaz para taparle los ojos, y la tendría ya casi lista para la acción.
El día de la cita llegó. Hubo algunos imprevistos y un poco de descoordinación en la cita, pero finalmente, en términos generales, así se dio. La cita fue a las tres de la tarde en el motel Maya suites, por la avenida 5 de febrero. Ellos entraron en un taxi, y yo que estaba cerca de la entrada me di cuenta de ello. Quince minutos después entré yo (él ya había avisado que yo llegaría, y había pedido que me dejaran entrar). Para cuando entré los encontré ya casi desnudos, ella acostada en la cama, él acariciándola y ella un poco nerviosa. El traía solo su camisa y ella una tanguita.
Entré silenciosamente. El me dijo que ella estaba nerviosa, me pidió que fuera sutil y suave, para que la fuera tranquilizando, y me pidió que si finalmente ella se oponía, que los disculpara y me retirara. Lo acepté, me desvestí y me acerqué a ellos mientras él la seguía acariciando. Le toqué a ella los hombros, comencé a masajeárselos suavemente y me di cuenta que ella se estremeció al darse cuenta de que las manos en sus hombros no eran las de su esposo, que en ese momento estaban en sus nalgas.
Me acerqué y le di un suave beso en el cuello, y le susurré que se tranquilizara, que no se preocupara, que nada malo le iba a pasar, y que si acaso no quería seguir, lo dijera y yo me detendría. Ella seguía con su antifaz puesto, y con voz muy baja solo me dijo “Ajá”, mientras afirmaba con movimiento de cabeza.
El la besaba y yo le acariciaba la espalda. El le besaba el cuello y yo ya acariciaba su cintura. El le chupaba las tetas y yo acariciaba sus bellas nalgas. Al sentir que ella ya se iba calmando, poco a poco acerqué mi cuerpo al de ella, y ella pudo sentir mi excitación cuando mi verga se acercaba a su s nalgas. Yo me le acercaba y le besaba el cuello mientras le acariciaba las tetas. El la besaba en la boca. Mi mano bajó a su pubis y por encima de su tanga le acaricié con suavidad su cosita.
El le pidió que se acostara boca arriba y ella obedeció. Eso me permitió besarle el cuello, bajar un poco y chuparle con mucha suavidad sus pezones. Sus tetas estaban deliciosas, pequeñas pero bonitas y firmes. Bajé un poco a besarle el ombligo mientras con mi mano acariciaba su pubis. Ella tenía aún su tanguita puesta, pero se sentía que se estaba humedeciendo. Ella solo gemía suavemente. El acercó su verga a la cara de ella, y ella comenzó a mamársela suavemente. Yo le quité la tanga y con mi dedo acaricié su clítoris, suavecito, mojadito y caliente. Estaba ya mojadísima.
Fui bajando con mis besos y mi lengua hacia su sexo, y con la punta de mi lengua le acaricié el clítoris. Bajando y subiendo con la lengua, y recorriendo sus labios vaginales. Ya cuando sentí que ella se relajaba, de plano le chupé con suavidad el clítoris y me di vuelo saboreando su sexo, que estaba delicioso. Sus gemidos me decían que la estaba gozando. Una lengua en su sexo y la verga de su esposo en la boca, era un placer para ella. Disfruté de su sabor por un largo rato y ella disfrutó del placer que mi lengua le daba en su clítoris y sus labios.
Sentí que era el momento de ver hasta donde llegaba su excitación. Le pedí a él permiso para acomodarla a ella a que me hiciera 69 y él lo autorizó, y hasta la ayudó a acomodarse, ya que ella seguía con los ojos tapados. Ella se acostó encima de mí para hacer un rico 69. Pude sentir cómo disfrutaba de mi lengua en su sexo, y cómo con verdadero apetito devoraba mi verga.
Pidió cambio de posición. Me pidió que me acostara boca arriba para mamármela estando ella acostada boca abajo, para que él se colocara encima de ella y así la penetrara. Ella tenía dos vergas dentro: la de su esposo en la vagina y la mía en la boca. Ya de su nerviosismo no quedaba nada y se dedicaba a disfrutar. Pidió cambio de posición para sentir mi verga dentro. Se acostó boca arriba, recostando su cabeza en las piernas de él y abrió sus piernas para que yo me colocara dentro de ella. Estaba mojadísima. Caliente y húmedo su sexo. Se la metí y su gemido me hizo saber que lo estaba disfrutando. Le dí varias arremetidas mientras ella seguía gimiendo.
Cambiamos nuevamente de posición. Él se acostó boca arriba y ella se sentó en su verga, mientras mamaba la mía, de pie yo en la orilla de la cama. Nuevamente cambiamos. El se recorrió para apoyar la cabeza en la almohada, abriendo las piernas para que ella se colocara en medio y le mamara la verga y ella quedó agachada, con sus bellas nalgas hacia arriba, apuntando hacia mí. La invitación al “perrito” era evidente. Se la dejé ir y fue ese el momento en que más disfrutamos los tres. Ella mamaba la verga de su esposo mientras yo se la metía, y él disfrutaba de ver a su mujercita convertida en toda una hembra en celo, disfrutando la sesión.
Fue ahí tanta la excitación de él, que se vino abundantemente en la boquita de ella, mientras yo ya bañado en sudor seguía arremetiendo contra sus nalgas, viendo como mi verga entraba y salía de su delicioso sexo. Al ver que él ya había terminado, y queriendo terminar yo también, le pedí que se volteara, se acostara recargando su cabeza en las piernas de él, mientras sus nalgas quedaban en la orilla de la cama. Le levanté las piernas y le dejé ir la verga hasta el fondo. Era excitante ver cómo mi verga se perdía perforando su bellísima y deliciosa puchita. Escucharla gimiendo y verla temblando de placer mientras yo disfrutaba enormemente. Por fin, así me vine. Me vine abundantemente, no sin antes preguntarle si le estaba gustando la cogida, a lo que ella me contestaba moviendo afirmativamente la cabeza.
Me vine, y seguí moviéndome cada vez más lentamente, hasta que mi verga perdió la erección. Me retiré para ir al baño a quitarme el condón y a darme un regaderazo. Al salir, los vi acostados, abrazados, ella aún con el antifaz puesto. Se estaban besando tiernamente, y el le agradecía el haberle hecho realidad su fantasía.
Le pregunté en voz baja si quería verme y me dijo que no con un movimiento de cabeza. Le agradecí el momento de placer, le dije que cuando quisiera yo estaría a su disposición, le di un fuerte apretón de manos a él y con un además me despedí.
Ella nunca me vio. Solo sintió mis besos en su cuerpo, mi lengua en su sexo y mi verga dentro. Yo nunca vi su cara, solo disfruté de su bello cuerpo: su delicioso sexo, sus bellísimas nalgas y sus tetas. Si nos vemos en la calle, seguro que no nos conoceremos. Pero seguramente, por mucho tiempo nos recordaremos.
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