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Una noche en Oaxaca

Aclaro esta hustoria no la escribi yo, m encantan los relatos y no puedo esperar por escribir y recivir cmentarios, saber lo que ala gente le causa que le remueve hasta el ultimo aliento que lo exita, y tal vez se vuelva en una fantasia a realizar, por el momento solo puedo compartir una cualumna de uno de mis escritores favoritos espero les agrade.

 

Una noche en Oaxaca

Por Eusebio Ruvalcaba

Para Teresa Mondragón

“Y abiertamente consagré mi corazón a la tierra grave y doliente, y con frecuencia, en la noche sagrada, le prometí que la amaría fielmente hasta la muerte, sin temor, con su pesada carga de fatalidad, y que no despreciaría ninguno de sus enigmas. Así me ligué a ella con un lazo mortal”.

Johann Christian Friedrich Hölderlin: La muerte de Empédocles

 

I

Siempre lo supe. No quiero que se piense que soy idiota, que la vida habría de darme esa lección como se alecciona a un aprendiz de carpintería. Sin duda la vida se la pasa dando lecciones, y yo soy el primero en aceptarlas, y me mantengo con los brazos abiertos a su espera, pero aquí no se está hablando de dar o recibir lecciones sino más bien de asumirse como una cucaracha cuando le encienden la luz a la mitad del trayecto del bote de la basura al fregadero y no le queda más remedio que correr y refugiarse. O morir.

Y yo opté por morir.

La vi venir desde las primeras veces que hacía el amor con ella. Nos entregábamos con tanta pasión como si nos hubiesen quitado las amarras. Y los dos nos comportábamos exactamente como perros. Yo tengo más de cincuenta y nueve años y Amaranta apenas ha rebasado los treinta. La gente se nos queda viendo cuando caminamos en la calle -algo hay en nuestros cuerpos que nos delata, aunque ni siquiera vayamos tomados de la mano. O cuando comemos o bebemos en un bar. Porque de inmediato nos calentamos. Yo más que ella. O es que Amaranta sabe exactamente qué mecanismo accionar en mi cabeza que me acelero y me disparo como proyectil en llamas arrojado por una catapulta.

Hubo varias pistas que debieron haberme alertado.

En el automóvil -de ella, yo prefiero no sacar mi carro si no es totalmente necesario- sufrimos una experiencia atroz. Estábamos en mi barrio -barrio es un decir, vivo en la colonia Cuauhtémoc-, en el fragor de la noche, digamos hacia las once, cuando nos sorprendió una patrulla. No es difícil imaginarse lo que pasó. Amaranta se encontraba practicándome una felación cuando la luz de la lámpara de los patrulleros iluminó la escena. Por supuesto que no alcancé a cubrirme con la suficiente rapidez. Pero lo curioso, lo verdaderamente curioso, es que los patrulleros nos dispensaron de cometer faltas a la moral sólo y nada más por mi edad. Entre bromas de mal gusto, miradas de franca obscenidad dirigidas a Amaranta -que no hallaba cómo cubrir su escote y que sin embargo se reía, muy sutilmente pero lo hacía-, me palmearon la espalda y me dijeron, no sin un dejo de admiración, que yo no era cualquier viejo, que más bien tenía actitudes de adolescente y que de cuáles camarones comía para mantenerme en forma. Todo quedó en doscientos pesos, cien por cabeza. Cuando nos subimos al auto e intenté arrancarlo -Amaranta prefiere que yo maneje porque de noche su vista falla por los brillos de las luces-, se aproximó y volvió a extraerme el pene, aun con más furia que como lo había hecho antes. Quise apartarla pero no pude. Le rogué que se estuviera en paz, que no tardarían los patrulleros en regresar, que fuera sensata. Pero fue como si mis palabras hubiesen significado exactamente lo contrario. Se prendió peor. Me succionaba como si fuera nuestra última oportunidad. Yo intentaba mirar los espejos. Percatarme de lo que sucedía a nuestras espaldas. Inútilmente. Si los patrulleros nos descubrían ahora sí no habría dinero que nos sacara del aprieto. Por el espejo retrovisor vi pasar las luces azules de una patrulla, pero siguió su camino hacia la derecha. Decidí guardar mis temores en la guantera y dejarme ir. Y juro que ha sido de las felaciones que más he gozado. Por cierto, cuando esa noche llegué a casa, mi esposa Carmina quiso que la amara. Increíble que eso haya acontecido. Cada vez estamos más separados, pero finalmente se impuso. Estaba con ella y lo que yo veía era la boca de Amaranta. La oía gemir y lo que yo escuchaba eran los gemidos de Amaranta. Sentía sus manos ásperas y grandes -Carmina ha trabajado toda su vida- y lo que yo sentía eran las manos pequeñas y frágiles de Amaranta. Supongo que gracias a estas introproyecciones, logré excitarme y concluir.

Viene a mi mente otra experiencia.

Amaranta vive en casa propia. Miguel, su padre, se la heredó en vida por la simple razón de que su hija viva en un lugar seguro. Pues bien. En cierta ocasión invité a un par de amigos a beber a la casa. Está en la colonia Escandón, sobre las calles de Martí, a unos pasos de Patriotismo. Bebimos bastante. Como siempre. Digo que tengo casi sesenta años, pero por mi trabajo -soy dueño de un taller de motos- estoy rodeado de jóvenes. Y los jóvenes -y algunos viejos, como yo- siempre están ávidos de vivencias, de tocar fondo. Aquella vez, Amaranta llevaba una falda que casi en su totalidad dejaba al desnudo sus muslos. Pero no he dicho lo hermosísima que es. De verdad. Esto puede sonar exagerado e insistiré en que no lo es. Hasta las mismas mujeres -una mesera, una empleada de librería- han ponderado su belleza, sin más le han dicho lo bonita que es. Así pues, invité a dos de estos amigos a beber de un tequila que recién había adquirido yo en un viaje fugaz que hice a Ciudad Guzmán, Jalisco. Ella también bebió, y mucho. Todo era cordialidad y buena vibra, pero de pronto el tequila empezó a hacer de las suyas. La mirada sin dobles intenciones de aquellos hombres pronto se tornó grave y torva, y de sus labios escurrían palabras que más sonaban a procacidad que a gentileza. La conversación de ella, en cambio, era demasiado alegre, demasiado gentil. Como si en lugar de poner un hasta aquí a la presencia de los intrusos, los animara a no abandonar la casa por los siglos de los siglos. Yo me enfurecí. ¿Qué esperaba de ella?: ¿un gesto de solidaridad?, ¿una mueca en la que me diera a entender que no había que guardar temor alguno? No lo sé, aunque confieso que alcancé a percibir una sonrisa que a mí me pareció de complicidad. En fin. Claramente me percaté de que estaba radiante, de que para ella esa noche era el escenario de su estrellato. A la primera oportunidad los despedí. Desde luego ella se molestó y casi los obligó a beber más, con tal de que se quedaran otro rato.

 

II

La ciudad de Oaxaca siempre ha representado para mí una extraña mixtura del cielo y el infierno. Conozco ciudades que tienen fama de intensas, como Chicago, Nápoles, Estambul, pero Oaxaca no les pide nada. No sé por qué razón, pero todo en Oaxaca roza en el extremo. O la gente es amable y cálida o desconfiada y hostil. Y esta misma sensación se respira en sus calles. En el mercado. En sus rincones y recovecos. Aunado al mezcal. Para los turistas, el mezcal es algo así como el guía insobornable. El mezcal es un demonio. Quien lo bebe, sabe que va a emprender un viaje hacia sus interiores más profundos, a su propio precipicio, allí donde nadie se atreve a meter la nariz más de la cuenta.

Y yo lo hice. Al lado de Amaranta. Puse en sus labios la copa de mezcal con que Oaxaca nos dio la bienvenida.

Fuimos por insistencia de ella. Desde hacía mucho me lo había estado pidiendo. Quería caminar de mi cintura por aquellas esquinas, por aquellas avenidas peatonales. Y aclaro que de mi cintura porque en la ciudad de México siempre pesa sobre nosotros -más sobre ella que sobre mí- la sombra de Carmina, mi esposa. En cualquier momento se nos va a aparecer, dice, sonríe con cierto desafío, y me suelta la mano. Yo mismo sé que eso podría acontecer. Pero me la juego porque también sé que la vida es una moneda al aire. Que todo se puede venir abajo por circunstancias ajenas a nuestra voluntad. Aunque todo esté armado a la perfección. Que hay cónyuges que se cuidan hasta rayar en la demencia y que de pronto se atraviesa algún incidente que nadie hubiera supuesto. Así que decidí echar todo eso por la borda y exhibirme con Amaranta sin ninguna precaución. Comérmela a besos donde se me diera la gana. Si la moneda caía águila o sol ya no era asunto mío sino del azar. Y si esto lo hacía en la ciudad de México, con mayor razón en Oaxaca. Desde los amigos con los que me topé, oaxaqueños de buena cepa, cuyas mujeres son amigas de mi esposa, hasta los lugares que visitamos. Galerías que suelo visitar precisamente con Carmina para adquirir pinturas de artistas oriundos de aquellas tierras. Acaso alguien se pregunte cómo es posible que el dueño de un taller de motocicletas coleccione pinturas y yo podría contestarle que el arte siempre me ha fascinado. Quizá porque mi padre fue un escritor frustrado que jamás en la vida publicó un libro, pero que siempre me inculcó el gusto por la literatura y la plástica. Toda mi vida he devorado libros. Mi casa está abarrotada de volúmenes de poesía y de novela y he comprado tantas pinturas que ya no caben. Llegó un momento en que las paredes fueron insuficientes. Hasta el baño fueron a dar. Y en la misma medida el motociclismo me atrae. Creo que es de las pocas sensaciones verdaderamente emocionantes a las cuales puede aspirar un hombre de nuestros días. Tuve una educación que iba de la universidad a la conducción y arreglo de motos. Me vanaglorio de no haber seguido la carrera de comunicación. Los grilletes vienen por otro lado.

 

III

Llevábamos varios mezcales, cuando el hambre me hizo pensar en mi condición de diabético. No puedo sobrepasarme más de unas cuantas horas sin alimento, así que nos propusimos buscar un sitio donde comer. Nos encontrábamos en el Instituto de Artes Gráficas de Oaxaca y alguien nos recomendó un restaurante de comida istmeña. Nos fuimos para allá -con un pintor oaxaqueño que se nos unió en el instituto- y apenas pusimos un pie en el restaurante, el mesero nos ofreció un mezcal de prodigio (ésas fueron sus palabras). Bebimos y casi de inmediato ordenamos de comer. Todo transcurrió sobre ruedas, como se esperaba; aunque para ser sinceros, yo no le quitaba la vista a mi amigo el pintor. Amaranta lo había inquietado. De vez en cuando depositaba sus ojos en los ojos de ella -profundamente verdes, si es que el verde puede ser profundo-; por segundos, porque de inmediato los míos se interponían. La botella de mezcal fue bajando ostensiblemente. Si hubiésemos llevado la cuenta por copa, estoy seguro de que la habríamos extraviado siglos ha. Pero no sé este comentario a qué viene, porque a quién le puede importar llevar la cuenta cuando lo que se consume es mezcal. Sin embargo, por muy borracho que estuviera, me repetía que Amaranta no me podía engañar. Que encima de todo mi amigo el pintor me era leal. Leal como una carretera que no cambia al paso de los años.

Por fin terminamos y nos salimos de ahí. Más bien sumidos en el silencio, nos alejamos del restaurante. La avenida Macedonio Alcalá se abrió ante nosotros como un mar de posibilidades. Aunque mi amigo salía sobrando.

Cierto es que siempre he sido proclive a compartir a las mujeres con las que ando. Sea el tipo de relación que sea. Lo mismo si se trata de la esposa que de la novia, de la amante que de la amiga ocasional. Y curiosamente ellas han accedido. Como si el hecho las atrajera. Como si desafiar ciertas normas les resultara inequívocamente atractivo. Acaso por peligroso. Pero en este ¿juego? ¿deporte? ¿entretenimiento?, siempre hay un lado de dolor y congoja, de desconsuelo y desdicha: ver a la mujer que amas en brazos de otro, o imaginártela, es un estímulo increíble para tu adrenalina sexual, pero también es un golpe a tu estructura: sientes que todo está perdido, que en medio de ese placer todo se está desmoronando. Y sobrevienen los celos más abyectos y devastadores. Quedas hecho polvo, mejor aún: ácido corrosivo del que gota a gota perfora metal y granito. Me pregunto por qué es tan fuerte y tan brutal. Y por qué no puedo dejar de hacerlo. O cuando menos de provocarlo.

En cuanto lo perdimos de vista, Amaranta me empezó a echar en cara por qué había despedido a mi amigo. Me dijo que yo era un cobarde y que en el fondo de mi corazón todo en mí era pusilanimidad. Que ni había sido artista ni corredor de motocicletas -aspiración, ésta última, que alguna vez, en mi juventud, había contemplado- y que finalmente no era yo más que un mediocre y un cobarde -palabras que decía en un tono cantadito.

Yo ni le respondía. Qué caso hubiera tenido. Ya la conozco. No era la primera ni sería la última que afloraba una parte suya desagradable y provocadora. Dejé que el tiempo transcurriera y nuestros pasos nos llevaron a una cantina que se le conoce como La Muralla, que está enfrente del mercado 20 de Noviembre. No es precisamente la más recomendable para llevar a una mujer hermosa y distinguida. Pero esas cosas tampoco se piensan cuando el alcohol ha tomado el poder. Nos metimos y lo primero que hice fue preguntar por mi amigo, el dueño: Alejandro Cabrera. Pero no estaba. Nos sentamos hasta el fondo y pedimos nuestra jornada de mezcales. Que finalmente fueron cuatro. Cuatro rondas. La mirada libidinosa de los borrachos revoloteaba alrededor de la mesa. A tal punto que me empezó a inquietar más de la cuenta. Y eso para no hablar de las ganas de orinar de Amaranta. Cada vez que iba al baño me obligaba a levantarme e ir tras ella. Hasta que me harté. Pagué y salimos de allí.

 

IV

Una vez más, emprendimos la caminata. Sin destino alguno. La quería abrazar y me quitaba el brazo de encima. Le quería hacer conversación y me eludía. Siempre me ha parecido incomprensible esta actitud de muchas mujeres, que se encierren en sí mismas y que no sea posible sacarles una palabra. Aun ebrias. Como si de ese modo las cosas fueran a resolverse.

Seguimos la orientación que caía de las estrellas y de pronto ya estábamos ordenando un mezcal más, pero ahora en un restaurante caro: Los Danzantes. Ordené además una botella de vino. Ella miraba hacia todos lados. Me voy, dijo. Pues lárgate, repuse yo. Cancelé el vino, pedí un whisky -según yo, para contrarrestar el efecto del mezcal- y un sirloin. Cené con la serenidad de un monarca que tiene todo resuelto en la vida, pedí mi cuenta -que obviamente no revisé- y me dirigí al hotel.

Pero he aquí que Amaranta no estaba.

Sentí que un relámpago me partía en dos.

Regresé una vez más a la calle y comencé a buscarla. Cada vez más preocupado, entraba a cuanto antro veía y revisaba el lugar. Nada. Nada de nada. A la preocupación sobrevino la ira y luego el nerviosismo más acuciante. ¿Dónde diablos se había metido? ¿Estaría con algún hijo de puta? ¿Me merecía yo eso? ¿O en ese momento, justo en ese momento, correría algún peligro- El alcohol -mejor dicho, el mezcal- no me dejaba pensar con claridad. Compré un whisky doble en algún antro y me lo llevé en un vaso desechable hasta el hotel. Intenté esperarla en el lobby, pero no aguante más. Subí a mi habitación, bebí de un trago el whisky que restaba y caí dormido en calidad de fardo.

 

V

No sentí cuando entró, no sentí cuando se acostó, pero sí sentí cuando se metió bajo las sábanas y me abrazó. No lo hubiera hecho. De inmediato me llegó el olor a semen. Hueles a hombre, le dije. No, no huelo a nada, bésame, hazme el amor. ¿Con quién estuviste cogiendo?, ¿quién te cogió, hija de tu puta madre?, le pregunté y le solté un golpe en la cara. Un hombre, un hombre me la metió hasta el fondo y me encantó. Pero no dejaba de pensar en ti. En que nos estabas espiando tras la ventana. Si lo hice, fue por ti, porque eso te gusta y te excita. Y yo estoy para complacerte. Ahora te amo más. Lo hice porque te amo, porque vine al mundo a hacer realidad tus fantasías. ¿Crees que lo hubiera hecho de no ser así? La puse en cuatro y la penetré. Conforme mi miembro se atascaba en su ano, no dejaba de gritarme que me amaba. Que lo nuestro era para siempre. Y yo sabía que estaba diciendo la verdad.

 

VI

Dos años han transcurrido desde entonces. Dejé a mi esposa y no me he arrepentido. Respecto de Amaranta, no es posible llevarse la fiesta en paz con ella. Vive cada día hasta las últimas consecuencias. Golpearnos, embriagarnos, herirnos con cuanta maledicencia exista, se ha vuelto el pan cotidiano. Aunque no nos insultamos, jamás. Sí suelo meter un billete bajo su calzón, pero  no nos insultamos. Como si se tratara de un acuerdo tácito. Una ley de guerra. Hemos hecho el amor con algunos cuantos amigos míos y a veces de ella. Necesito de esa sensación que me libera como se necesita del oxígeno bajo el agua. Pero aquella experiencia de Oaxaca sigue siendo la que más me ha afectado. Aquella noche me confesó que no se había ido con mi amigo el pintor sino con un joven que se ligó -¿él a ella o ella a él?, otra pregunta que quedará en el aire por los siglos de los siglos- en aquel restaurante de comida istmeña. En el baño se habían besado, a unos cuantos metros de donde yo estaba. Que se habían dado sus celulares, se habían escrito mensajes y que eso era todo. Me aseguró que nada de eso había trascendido para ella. Que de no ser por mí, le habría resultado irrelevante. Ni siquiera lo hubiera hecho. Por lo pronto no hemos vuelto a Oaxaca, ni creo que lo hagamos jamás. En cuanto a mí no he vuelto a encontrar la paz… y celebro que así sea.


 



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