Historias y Relatos Swinger
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Fuiste la reyna.
Desde la primera vez que conversamos por Messenger sentí que eras sincera. Me dijiste que tú y tu esposo tenían la fantasía de hacer un trío. Te mandé por mail información y fotos mías y no tardaste mucho en decirme que te parecía buen prospecto para ser su invitado. Nos pusimos de acuerdo sin muchos rodeos y le pusimos fecha al posible encuentro. Sería 3 semanas después, en el vips de Celaya, a las 8 de la noche, un domingo, que era cuando ustedes tenían oportunidad. Platicaríamos un rato y si nos caíamos bien, de ahí nos iríamos al motel.
Unos días antes de la cita todavía hicimos unos cambios. Acordamos vernos mejor a las 6 de la tarde, para terminar temprano y regresar a nuestras casas no muy noche. En eso quedamos.
El día del encuentro, por la mañana que me bañé me rasuré perfectamente el pene y al área de los testículos, para que no te picaran los pelitos que ya me crecían, ya que tengo la costumbre de rasurarme porque eso les gusta mucho a las damas que comparten conmigo la intimidad. Te mandé un mensaje telefónico para confirmar que todo fuera de acuerdo a lo planeado y me confirmaste.
Por la tarde se nos complicaron las cosas. Los mensajes se cruzaron: que cambiamos la hora, que mejor no nos vemos, que sí, que ya voy en camino… total que en lugar de vernos a las 6 de la tarde, fue a las 8 de la noche, como originalmente estaba planeado. Estaba lloviendo. Llegué al vips a las 8 con minutos y ustedes estaban estacionados fuera del restaurante, en su camioneta. Nos llamamos y nos encontramos en la puerta del restaurante. Seguía lloviendo. Decidimos, sin mayores rodeos, mejor no entrar al restaurante e irnos directamente al motel. Del primer vistazo me gustaste, y creo que igualmente del primer vistazo te gusté, porque no hubo dudas de tu parte ni de la mía. Nos fuimos en medio de la lluvia, dejamos mi auto afuera del motel Los Abetos, entramos en su camioneta, pagamos el extra y llegamos a la habitación. Seguía lloviendo y comenzaba a oscurecer.
Ustedes llevaban una botella de tequila. Tomaste una copita casi de un solo sorbo, como para darte valor. Te noté un poco nerviosa, me acerqué a ti, quise darte tranquilidad diciéndote que la pasaríamos rico, que estaríamos a gusto y que no haríamos nada que tú no quisieras. “Esta noche serás nuestra reyna”, te dije abrazándote por los hombros. Te sentí un poco más tranquila. Me metí a bañarme y por la puerta de vidrio de la regadera vi como tú y tu esposo comenzaban a calentar motores. Se abrazaron, se besaron, y él comenzó a quitarte la ropa. Para cuando yo salí del baño ya tú estabas solo con tu bra y tu panti puestos. Me acerqué y te abracé por la espalda mientras él te besaba. Te besé el cuello y los hombros mientras te abrazaba por la cintura y te apretaba un poco contra mí. Yo ya estaba desnudo, y mi verga se paró solo al sentir tus nalgas pegarse a mí.
Tus manos se dirigieron hacia atrás para tomar mi verga. Me la acariciaste mientras yo te seguía besando el cuello y apretándote. Tu esposo te levantó las copas del bra y los dos te acariciamos las tetas, pequeñas pero bonitas… suavecitas, calientitas y con los pezones parados. Yo te desabroché el bra y te lo quité. Seguimos acariciándote entre los dos.
Tú te hincaste y te fuiste directo a mamarnos las vergas. Saboreabas y acariciabas una, y después te cambiabas a la otra. Lo hacías muy bien. Tu boquita caliente se sentía muy rico, tu lengua acariciaba y tus labios apretaban. Yo sentía riquísimo. Estuviste un rato saboreando nuestras vergas y luego te paraste. Entre los dos te quitamos tu panti y comenzamos a acariciar tu puchita. Se sentía suavecita, rasuradita de la parte de los labios y con unos pelitos en el pubis, tal y como me gustan. Mojadita ya, por la excitación.
Tu esposo me pidió que me acostara en la cama boca arriba para que tú me siguieras mamando la verga mientras él te acariciaba las nalgas. Así estuvimos un rato. El te recogía el cabello para ver cómo me la mamabas y te decía “qué rica te ves mamando verga, mamacita” y te acariciaba las nalgas. Se acomodó y te la metió un rato de a perrito. Yo seguía acostado boca arriba, recargado en mis codos, viéndote como me la mamabas delicioso.
Te cambiaste de posición. Te acostaste boca arriba, abriste la boca para darme a entender que ahí querías mi verga y abriste las piernas para que tu esposo entendiera que querías ser mamada. La vista era espectacular: tú mamándome la verga mientras tu esposo saboreaba tu puchita. Yo de vez en cuando me inclinaba a chuparte las tetas, sin sacarte la verga de la boca. En la habitación solo se oían nuestras respiraciones agitadas, nuestras bocas chupando… y la lluvia que seguía, acompañada de algunos relámpagos que iluminaban la escena, porque tú no quisiste que hubiera luz encendida. Lo que tú quieras, preciosa, te dije… como tú digas… esta noche tú eres la reyna. Y tu esposo te decía “disfruta, mamacita… disfruta”.
Cambiamos de posición. Tu esposo ocupó mi lugar, tú mamándole la verga, y yo me fui a saborear tu deliciosa puchita. ¡Qué delicia, reinita!. Suavecita… jugosita… calientita. Un sabor muy agradable que funcionaba como afrodisíaco, porque en cuanto saboree sus jugos, mi verga se puso aún más dura. Verdaderamente una delicia. Yo me quería pasar las horas saboreando esos ricos labios… ese clítoris… pero había que seguirle.
Cambiamos nuevamente. Me tocó acostarme y apuntar mi verga hacia arriba, para que tú te montaras y te la metieras, y tu esposo, de pie parado en la cama junto a mí, te pusiera la verga en la boca. La vista que yo tenía era cachondísima: Veía tu silueta, en la semioscuridad del cuarto, mamando verga y cabalgando. Tu esposo estaba feliz, viéndote cómo disfrutabas, y te decía que gozaras, que las dos vergas eran para ti, y te preguntaba si lo estabas gozando, y tú, con la respiración agitada, le decías que sí mientras seguías moviéndote encima de mi cuerpo. Yo te pedía que disminuyeras la velocidad para que mi eyaculación se retrasara. Tanto estaba yo gozando que quería prolongar la experiencia.
Te preguntamos si querías una doble penetración y dijiste que sí, por lo que nos acomodamos para ello. Yo seguí abajo. cogiéndote por la vagina, te pedí que te inclinaras un poco, para que tu culito quedara apuntando hacia arriba, y le dije a tu esposo que yo traía un tubo de lubricante, que te pusiera un poco en el culito y te la dejara ir. Así lo hizo él, se acomodó y poco a poco te la metió. Por primera vez en tu vida, tenías una verga en la vagina y otra en el ano. Yo veía en la oscuridad tus expresiones de placer. Tu esposo tuvo que hacer un alto para no venirse, y después te la volvió a meter. Tú disfrutabas tremendamente y él también, así que él no pudo detener más su eyaculación y explotó dentro de tu culito. Siguió bombeando un rato y cambiamos nuevamente de posición.
Él se hincó en la cama para que tú le mamaras la verga, tú estabas agachada, y yo me acomodé detrás de ti para cogerte de perrito. ¡Qué vista! Tus nalgas preciosas apuntando hacia mí me invitaban a meterte la verga hasta el fondo. Te acaricié las nalgas un poco, te di unas nalgaditas y puse la punta de la verga en la entrada de tu vagina para metértela. Hasta el fondo te la dejé ir mientras tú seguías mamándole la verga a tu marido, que estaba feliz viendo la escena que seguramente muchas veces había imaginado. Te bombié un buen rato así, viendo tus bellas nalgas golpear contra mi abdomen, y mi verga que se perdía en tu vagina.
Te la saqué y la dirigí a tu culito, que ya estaba listo para recibirla. Como ya estaba oscuro, con los dedos toqué tu culito y acomodé la cabeza de mi verga para metértela. Te le dejé ir y tú solo gemiste de placer. Estaba riquísimo tu culito. Suavecito… apretadito y calientito. Te la estuve metiendo un rato y luego, con tus manos me empujaste hacia atrás, con lo que entendí que querías que te la sacara. Te la saqué, te la metí nuevamente por la vagina y ya sin piedad y con fuertes y rápidas arremetidas, me vine, me vine, me vine… me vine en medio de gruñidos y empapado en sudor. Seguía lloviendo y relampagueando, mientras dentro de la habitación solo se oían nuestros jadeos.
Ya que mi verga perdió su erección, te la fui sacando y me fui a bañar. Ustedes se quedaron acostados, abrazados. Sus caras denotaban placer. Él te abrazaba y tú descansabas. Salí de bañarme, platicamos un rato y me despedí. Ustedes se quedaron ahí acostados. Me dijeron que descansarían y luego se echarían otro palito. Qué envidia. Me hubiera gustado acompañarlos en el segundo, pero tenía prisa de volver a Querétaro. Además, el que nos habíamos disfrutado había estado fenomenal. Salí caminando del motel y subí a mi auto que habíamos dejado afuera para tomar carretera.
Ya estamos solo recordando esa que para ustedes fue la primera experiencia en trío, y para mí no fue la primera, pero sí fue una de las mejores que he tenido. Ya estamos planeando la repetición. Por lo pronto, esa noche tú fuiste la reyna.
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