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Historias y Relatos Swinger

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Puteando en la Playa

Puteando en la playa

Por Nalgona Puta

 

Como lo prometí, aquí está el relato de mis vacaciones de una semana en el hotel Punta Serena, ubicado en las playas de Jalisco. Ojalé te guste y te anime a acompañarme en mi próxima aventura. Podrás leerlo cronológicamente y con los hechos contados por mí, con la mayor exactitud que recuerdo.

 

Me sentía muy excitada, pues había llegado el día… Una semana entera andaría encuerada en un hotel que permite no ponerse ropa en determinadas áreas, la situación perfecta para mostrar mi cuerpo a quien lo quisiera ver y, desde luego, ofrecer mis grandes nalgas a quien quisiera gozarlas. Me acompañaría mi marido, que es un cornudo a quien le he hecho crecer la cornamenta infinidad de veces. El acuerdo estaba hecho: yo iría a coquetear, mostrarme desnuda, ofrecerme y darles las nalgas a todos quienes me gustaran, en tanto que él iría en calidad de sirviente, facilitando las cosas para que yo gozara con otros e, incluso, servir como criado mío y de mis amantes, aceptando lo que sea.

 

Y es que nuestra relación se había vuelto así, incluso, desde que éramos novios. A pesar de que nos amamos profundamente, nos dimos cuenta de que en el sexo él no podía satisfacerme por dos razones esenciales: yo soy una mujer muy ardiente… Puta, para decirlo con todas sus letras, me gusta la variedad y me excita entregarme a muchos hombres, mientras que él tiene el pene muy pequeño y, aunque a mí me gustan las vergas de todos los tamaños, su grano (como me divierte decirle a su micro pene) es tan chico que con trabajos entra en mi panocha; para colmo, tiene dificultades de erección. Por eso, convenimos que lo mejor y más sano para nuestra relación sería que aceptara que otros hombres me dieran el placer que él no puede darme.

 

Así fue como me convertí en una puta cínica y descarada, y el cornudo de mi marido parece disfrutarlo. Me encanta coquetear con otros hombres cuando vamos al cine o a algún restaurante; él se da cuenta y no dice nada, quedando como pendejo (lo que en realidad es y se acepta como tal); incluso, muchos hombres, al ver mi atrevimiento, no dudan en acercarse a conocerme, sin importarles (ni a ellos ni a mí) que mi esposo esté presente: si me gustan, les doy mi teléfono y hasta he llegado a irme con ellos, dejando ahí al cornudo, quien me espera en la casa… cuando llego.

 

Por eso, cuando vamos de viaje, él sabe que voy excitada ante la posibilidad de ser poseída por otros hombres; me gustan especialmente las playas y los hoteles en los que puedo andar encuerada o con muy poca ropa y, generalmente, mi marido sirve para que esos encuentros con otros sean más placenteros. Al principio, mis amantes esporádicos se asombran de lo cornudo y pendejo que es mi esposo, pero después aprovechan la situación para que, además de tener una puta en la cama, echen mano de un criado que está dispuesto a hacer lo que le ordenen: sirviéndonos los tragos mientras gozamos, arreglando la cama donde vamos a coger, preparando el jacuzzi, dándonos masajes en los pies mientras nos besamos, boleando los zapatos de mis amantes e, incluso, acepta y goza humillándose sexualmente: enjabonándonos a ambos mientras nos tocamos en la regadera, masturbando a mis amantes mientras les hago un strip tease, mamando sus vergas cuando se lo indican, poniéndoles el condón con sus manos y hasta con su boca, lamiéndoles los huevos en señal de respeto y hasta ofreciendo su cara para que la llenen de semen y tragando los mecos de quienes se cogen a su mujer (incluso, los ha lamido del piso). Pero lo que más me divierte es encuerarlo, ponerle un mandil y verle las nalgas desnudas mientras nos atiende, carcajeándome cuando a alguno de mis amantes se le ocurre darle una nalgada para apresurarlo.

 

Pero, bueno, después de este resumen de quiénes somos, con el objetivo de que me conozcas mejor, comenzaré mi relato de cómo estuve puteando de los lindo en Punta Serena:

 

 

Lunes

 

Salimos muy temprano hacia el aeropuerto; mi equipaje era muy ligero, pues como sabía que iba a estar encuerada casi todo el tiempo, era muy poca la ropa que necesitaba: sólo algunos vestidos transparentes y falditas a mitad de la nalga, para ir a los lugares del hotel en donde se exige ropa, como el restaurante pues, incluso en esos lugares, quería que todos vieran lo puta que soy al ir ataviada con prendas que traslucen todo mi cuerpo o faldas que con trabajos cubren la mitad de mis nalgotas y, por supuesto, sin una sola prenda de ropa interior.

 

Al aeropuerto me fui con una micro falda que muestra mi culo al bambolearse y una blusita con la que se ven claramente mis pezones; procuro menear las nalgas lo suficiente para llamar la atención, agacharme “distraídamente” y sonreírle a todo el mundo, y con ese ánimo nos subimos al avión que nos llevaría a Manzanillo. Una vez en el aire, me di cuenta con agrado, que un apuesto caballero me sonreía desde el asiento de junto, separándonos solamente el pasillo; mi marido se sentó junto a la ventanilla, dándose cuenta de que yo procuraba mostrarle las piernas desnudas a ese hombre y algo más al levantarme la falda ocasionalmente. Sabiendo perfectamente mis intenciones, el cornudo se hizo el dormido y mi admirador, desde luego, se dio cuenta de mi coqueteo, pues le sonreía constantemente y no dejaba de verme las piernas y las tetas, pero no pasó de eso… Eso sí, cuando bajamos del avión, cuidé de ponerme delante de él, sintiendo su deliciosa verga parada contra mis nalgas, pues se pegaba a mí descaradamente y yo, cínica, empinaba y movía un poco el culo para sentirla.

 

Alquilamos un auto en el aeropuerto de Manzanillo, que está como a 45 minutos de Tenacatita, la hermosa bahía que aloja al Punta Serena: se trata de un hotel pequeño que domina el Pacífico en las alturas, como colgado de un risco; tendrá, a lo máximo, unas quince habitaciones hermosas y acopladas para darnos gusto a quienes nos gusta exhibirnos, pues las terrazas pueden verse desde cualquier punto del hotel y los ventanales permiten, incluso, que quien pase vea lo que pasa dentro del cuarto, a menos que el huésped decida cerrar las cortinas, algo que el cornudo y yo sólo hacíamos cuando íbamos a dormir. Tiene una hermosa alberca rodeada de camastros para asolearse, junto al área de bar en la que es una delicia tomar un coctel totalmente encuerada: una de las cosas que más me excitan es pedir mi copa en la barra, sin más encima que el bronceador, pues me permite poner las tetas sobre la barra para que las goce el barman y, a la vez, empinar el culo, para que todos lo miren.

 

El restaurante se encuentra por encima del bar, al que se puede entrar a través de una escalera, pero ahí se exige ropa, lo que no me detenía para que meseros y huéspedes vieran mi descaro al ir a desayunar, comer y cenar en vestidos de escándalo: completamente transparentes y con medio culo al aire, sin ropa interior y con una gran sonrisa que intentaba decirles a todos: “Sí, soy una puta y ando buscando verga”. En los ojos de los meseros, en sus miradas lascivas y descaradas hacia mis tetas cuando estaba comiendo, podía ver lo que callaban quizá por no meterse en problemas: “Esta nalgona es tan puta que no se conforma con andar encuerada casi todo el tiempo; su descaro es tal que se presenta a comer como una zorra”. Y, sí, así era…

 

El hotel también tiene gimnasio con sauna y vapor, además de hermosos jardines y canchas de tenis, pero lo mejor de todo son dos jacuzzis públicos enclavados en un peñasco, desde donde se puede dominar el Océano Pacífico y en los que, desde luego, una puede disfrutarlos en traje de Eva, además de que las burbujas permiten hacer travesuras por debajo del agua; la playa es privada y tiene una serie de palapas y camastros, en los que se puede gozar de la brisa del mar con la panocha, las tetas y el culo al aire y, como está apartada del hotel ya que hay que bajar muchos escalones para estar en ella, se facilita coger en sus camastros y empinarse para recibir una buena verga mientras las olas rozan tu cuerpo.

 

Al llegar al lobby nos recibió Juan, un empleado de recepción al que se le iban los ojos y me devolvía las sonrisas descaradas que le regalaba, mientras mi marido arreglaba nuestro ingreso. Le pregunté si los empleados podían tener relaciones sexuales con los huéspedes, a lo que me contestó que lo tenían prohibido, pero cuando le dije: “Qué lástima”, volteó a ver a mi esposo, esperando tal vez una discusión entre nosotros, pero el muy cornudo sólo agachó la cabeza y sonrió tímidamente, lo que le dio valor a Juan para decirme: “Lo tenemos prohibido pero, con todo respeto, con mujeres como usted algunos estaríamos dispuestos a arriesgarnos”. Sonreí ante su respuesta y le di las gracias, sin importar que mi esposo estuviera quedando como un pendejo al ver a su mujer ofrecerse de esa manera y al empleado seducirla como si su marido no estuviera presente.

 

Juan nos llevó a la habitación con un empleado que cargaba las maletas y no dejaba de verme las nalgas detrás de mí, lo que yo aproveché para moverlas de más; el cuarto era hermoso y tenía la ventaja de compartir una terraza con otra habitación que estaba junto a nuestro ventanal, la situación perfecta para exhibirme a nuestros vecinos. Su vista al mar me dejó eclipsada y me recargué en el barandal, sabiendo que la micro falda que traía se levantaba dejando ver al menos la mitad de mis nalgotas y sabiendo también que tanto Juan como el maletero estarían disfrutando de “la hermosa vista”.

 

Cuando el pendejo de mi marido y yo nos quedamos solos, ya eran las cinco de la tarde, por lo que decidí dormir un poco para descansar del viaje; el cornudo, diligentemente, guardó los pocos y minúsculos trapos que yo llevaba, además de su ropa y, antes de entregarme a Morfeo, le ordené que fuera a la Recepción y averiguara qué actividades podríamos practicar allende de disfrutar de las instalaciones del hotel. Me desnudé por completo, abrí las cortinas y me quedé dormida, tanto que no escuché cuando regresó mi esposo; ya eran casi las ocho de la noche cuando desperté con hambre, por lo que le propuse a mi marido que fuéramos a cenar.

 

Como lo expliqué, no podía ir desnuda al restaurante, lo cual a veces es más excitante por la oportunidad de lucirme provocativa y los más puta posible, así que decidí ponerme un vestido blanco de gasa, completamente transparente, zapatos… y nada más. Me miré al espejo y vi con satisfacción que se veían perfectamente mis pezones, así como la raya de mis nalgas y mi pucha; habría que ser ciego para no darse cuenta de que no traía nada debajo y así me fui. Al llegar al restaurante y sentarnos, el mesero sonreía pícaramente al verme las tetas, que yo mostraba y ofrecía orgullosamente; me di cuenta con tristeza de que la mayoría de los huéspedes venían en pareja, lo que dificultaría su acercamiento y por lo mismo, reduciría mis posibilidades de gozar de un gran número de vergas. Las mujeres me miraban con odio, mientras sus maridos no perdían oportunidad para hacerlo con lujuria cuando aquéllas no se daban cuenta.

 

Durante la cena, el cornudo me comentó las diferentes actividades que podríamos hacer y decidimos ir a dar un paseo, a la mañana siguiente, por los manglares de la zona y por la bahía de Tenacatita; habría que apartarlo, por lo que mientras comía el postre, mandé a mi marido a hacer la reservación; el camarero que no había dejado de mirarme las tetas durante toda la cena me sonreía y yo le correspondí. Desde la mesa de al lado, un hombre de cabello cano, visiblemente extranjero, no paraba de mirarme las piernas, aprovechando que quien parecía su esposa me daba la espalda y no se daba cuenta.

 

Todo esto me calentó por lo que, cuando el cornudo de mi marido regresó con la reservación hecha para el día siguiente, le pedí que fuéramos a la habitación. No bajaba por completo la escalera del restaurante cuando me despojé por completo del vestido que llevaba, quedando completamente desnuda a la vista de todos. Le di la prenda al pendejo, quien más cornudo se veía al cargar el trapo que su esposa se había quitado para mostrarse descaradamente ante los demás; caminé así a mi habitación, encuerada y contoneando las nalgas, que lucían el tatuaje de jenna que me hice recientemente con la leyenda “I Love Sex”, y mostrando por los pasillos y jardines mi bien rasurada pucha que sólo tiene una delgada línea vertical de vello, como las actrices porno.

 

Las miradas de los pocos huéspedes y empleados con quienes nos cruzamos intentaban ser discretas, pero no podían evitar observar mis carnes desnudas, que lucía con tal desparpajo. Uno, que también parecía ser extranjero, se olvidó por completo de mi marido y, luego de pasar a mi lado, se quedó parado mirándome el culo con descaro. Todo esto me calentó más y, llegando a la habitación, abrí las piernas acostada en la cama, ordenándole a mi esposo: “Chúpame la panocha, cornudo, y deja abierta la puerta; a ver si pasa un verdadero hombre que sí pueda cogerme”. Soportando la humillación, mi marido clavó su cara entre mis piernas y comenzó a mamar y succionar mi clítoris. Excitada, le hablaba del hombre del avión que me había restregado su verga, de Juan el recepcionista que con tanto descaro me miraba y me elogiaba en sus narices, del maletero que se llevó una buena postal de mis nalgotas, del mesero que no paró de verme las tetas, del huésped canoso que me miraba las piernas y de aquél que se detuvo a mirar el bamboleo de mis pompas; le decía que todos ésos eran más hombres que él y que hubiera preferido estar con cualquiera de ellos en ese momento; su respuesta fue mamarme la pepa con mayor fruición, tocándose su grano mientras lo hacía.

 

Luego de que me vine en su boca nos besamos en los labios, me metí a bañar y caí rendida en la cama, perdiendo la conciencia escuchando la regadera que duchaba a mi marido…

 

 

Martes

 

Me levanté como a las ocho de la mañana y, luego de un regaderazo, estaba lista para ir a desayunar; me puse una tira de tela blanca que asemejaba ser una falda, tan corta que bien hubiera podido ser un cinturón ancho; por el tamaño de mis nalgas (miden 96 centímetros de circunferencia), la mitad de los cachetes quedaban al aire y, como la pseudo-falda era pegada, al caminar se me subía hasta la cintura si no la bajaba constantemente. Arriba me puse una mascada que amarré a manera de top pero, como es transparente, se me veían las tetas perfectamente. Obviamente, no me puse ni brassiere ni tanga…

 

Era tan escandaloso mi aspecto que hasta mi marido, que está acostumbrado a verme muy ligera de ropa, me pregunto: “¿Así vas a ir al paseo?”. “¿Qué tiene?”, le respondí, agregando: “¿Me veo mal?”, a lo que contestó que para nada, pero que en el paseo iríamos en una lancha, por lo que se me vería todo, a lo que yo, cínicamente, agregué: “Pues de eso se trata, ¿no?”.

 

Desayunamos rápidamente, ya que teníamos que estar en la playa a las 9:00 de la mañana; me lavé los dientes y descendimos los interminables escalones que llevan a la playa hasta encontrarnos con Ismael, el lanchero y guía de turistas que nos llevaría. Bronceado, de cuerpo musculoso y con rasgos indígenas, su mirada de deseo cuando nos fuimos aproximando fue sumamente descarada, tanto que saludó a mi marido con un apretón de manos, pero sin quitarme la vista de encima, y me llamó “preciosa”. Yo sonreí, dándole los buenos días, coqueteándole descaradamente, dejando a mi esposo como lo que es: un pendejo.

 

Ismael subió primero a la lancha, para ayudarnos a embarcar; como abordamos desde un muelle que quedaba alto y gracias al minúsculo tamaño de mi falda, estoy segura de que me vio toda la panocha desnuda cuando me tomó de la mano ayudándome pues, por su posición, mi pepa sólo le quedaba a centímetros de su cara. Con todo descaro, me senté junto a mi marido en un extremo de la lancha, abriendo ligeramente las piernas, pero lo suficiente para que cualquiera que estuviera de frente observara a detalle mis labios vaginales, e Ismael tenía una vista perfecta de ellos.

 

Acompañado de risas nerviosas y con los ojos clavados en mi coño, Ismael trataba de explicarnos lo que íbamos viendo; el vaivén de la embarcación me dio el pretexto perfecto para ir abriendo cada vez más las piernas, al grado de que Ismael podía contemplarlo absolutamente todo. Primero paseamos por el extremo norte de la bahía, buscando delfines que nunca aparecieron; Ismael nos daba una explicación de lo que íbamos viendo, sonriéndome cada vez más descaradamente y yo, desde luego, le devolvía las sonrisas.

 

Atracó en un pequeño pueblo cercano que se llama La Manzanilla, donde hay un cocodrilario en el que la gente alimenta a los lagartos a través de una reja. Mi marido bajó primero de la embarcación e Ismael me dio la mano para ayudarme a descender y ahora fue la visión de mis nalgotas la que le quedó casi en la cara pues, con el movimiento natural y gracias a la minúscula falda que llevaba, mis cachetes quedaron íntegramente al aire y al alcance de sus ojos que los admiraron por completo.

 

Al salir del bote, me bajé la falda para medio cubrirme, volteando coquetamente a ver a Ismael, quien tenía clavada su mirada en mi culote. A sabiendas de que traía la mitad de la cola de fuera, y como Ismael caminaba detrás de nosotros al retrasarse por anclar la lancha, meneaba exageradamente mi trasero, sabiendo que a cada balanceo se me subía un poco más la micro falda y, cuando sentía que una vez más la totalidad de mis cachas estaban de fuera, la volvía a bajar tímidamente.

 

Decidimos alimentar a los cocodrilos, por lo que compramos un poco de pescado en restos que venden junto al cocodrilario; la escena parecía de película erótica, pues mientras el pendejo de mi marido aventaba el pescado a los reptiles, yo me recargué en la reja empinando un poco el culo que, para esos momentos, se salía de la falda casi por completo, en tanto que Ismael y otros lugareños gozaban de la vista de mis dos globos que se mostraban y ofrecían generosamente inmorales, muchos sin poder creer que fuera tan zorra al mostrarlos de esa manera.

 

Cuando salimos de ahí, al cornudo le dieron ganas de ir al baño, por lo que Ismael nos condujo a una miscelánea en la que hay sanitario y la dueña es su amiga, pues el pueblo es tan pequeño que no había otra posibilidad. Me quedé sola con Ismael, quien aprovechó para decirme que estoy preciosa, lo cual agradecí, y fue más allá al confesarme que le gustaban las mujeres como yo: desinhibidas y que lucían “tan bien” una falda como la que traía. Sólo atiné a preguntarle: “¿Te gusta?”, a lo cual respondió: “Me encanta”. La plática hubiera subido de tono, pero mi marido salió del baño y nos dirigimos a la lancha, para continuar el viaje. Ismael se dio cuenta de que mi esposo consentía que yo coqueteara con otros y que no le importaba que admiraran los encantos de su putona esposa o, de plano, ya no le importaron sus cuernos, pues el descaro en sus miradas y sus sonrisas ya resultaba evidente.

 

El lanchero volvió a ayudarme a subir al bote, pero esta vez no se conformó solamente con verme la panocha, sino que también me acarició un muslo. Aproveché para quitarme la mascada que cubría mis pechos, sin dar una sola explicación, y cruzamos la bahía. Formábamos un trío bastante peculiar: un marido pendejo que hacía como que no se daba cuenta de nada, una esposa putona con las tetas de fuera y un trapo que no cubría nada de sus nalgas y su pepa, y un lanchero con la verga bien parada (se le notaba a leguas bajo sus bermudas) que me miraba todo el cuerpo con lujuria.

 

Al llegar a los manglares, Ismael redujo la velocidad de la lancha y siguió ilustrándonos acerca de las maravillas naturales de la zona; durante todo el trayecto por la bahía, mientras “Cornelio” y yo admirábamos el mar, Ismael se deleitaba con una pucha y unas tetas desnudas, por lo que se me ocurrió la genial idea de darle una buena vista de mi culo: con el pretexto de ver mejor los manglares, me senté dándole la espalda (más bien las nalgas) a Ismael y, ya sin recato alguno, me subí la micro falda hasta la cintura, por lo que todos mis cachetes quedaron al descubierto; en algunos puntos y gracias a la baja velocidad de la embarcación, me levantaba para que Ismael pudiera verlas completas y me empinaba para “analizar alguna planta”, sabiendo que en esas posiciones, el caliente lanchero no sólo me veía las nalgotas por completo, sino también el ano y la pepa.

 

Eran ya como las tres de la tarde cuando llegamos al final del paseo; el sol caía a plomo y aproveché el último trayecto para untarme bronceador en las tetas. Al frotármelas descaradamente frente a Ismael, el lanchero no aguantó más y se sobaba su hermoso paquete delante de mí, como si quisiera que me percatara de que se masturbaba por encima de la bermuda, lo cual me arrancó una sonrisa coqueta y me hizo abrir un poco más las piernas, para que contemplara por enésima vez mi panocha. ¿Y mi marido? Bien, gracias…

 

Al llegar a la playa, cuidé que fuera el cornudo el primero en desembarcar, por lo que Ismael me ayudó una vez más, pero esta vez se arriesgaría a lo máximo pues, ya sin importarle la presencia del pendejo de mi esposo o lo que pudiera opinar, me puso una mano sobre las nalgas, acariciándome el ano con uno de sus dedos; la verdad es que ese contacto duró sólo unos cuantos segundos, pero fue sumamente excitante para mí y, sin duda, también para él.

 

“Te portaste putísima”, me dijo el cornudo de mi esposo mientras caminábamos rumbo al hotel, a lo que respondí con una sonrisa. Nos dirigimos rápidamente a la habitación, nos bañamos y fuimos a abastecernos de alimento, pero el restaurante ya había terminado su servicio de comida, por lo que tuvimos que ir al bar de la alberca a devorar unas hamburguesas. Comí completamente desnuda y luego me tendí en un camastro a tomar los últimos rayos de sol de la tarde. Como siempre lo hago, abrí las piernas generosamente, por lo que cualquiera que pasaba no sólo veía mis tetas al aire, si no también mi Monte de Venus y mis labios vaginales abiertos o, si me asoleaba de espaldas, todas mis nalgotas e, incluso, mi ano caliente y dispuesto.

 

Me sentía algo decepcionada pues, a pesar de las insistentes miradas de los hombres, todos venían en pareja y no se atrevían a acercarse; se daban cuenta de lo poco que me importaba la presencia de mi esposo, pues coqueteaba abiertamente estuviera o no presente, pero sus mujeres definitivamente les impedían buscar algo más. Como si fuese una mercancía, de tiempo en tiempo me paseaba encuerada por todo el lugar, moviendo las nalgas y sonriendo coquetamente. Las miradas se posaban en mi culo principalmente, aunque otras las sentía en la panocha y en las tetas; con todo descaro, yo les miraba la verga y los huevos a quienes estaban desnudos, pasándome la lengua por los labios, para que se dieran cuenta de cuánto se me antojaban.

 

Durante la cena, decidí ser un poco más atrevida (¿más?) y sólo me puse encima un vestido rojo de red, con agujeros tan grandes, que la totalidad de mis pezones quedaban al aire; por supuesto, no llevaba brassiere y era como si prácticamente anduviera encuerada, pues se veían perfectamente mis pompas desnudas y el vello de mi pepa. Por un momento pensé que me pedirían ponerme algo más decoroso, pero el mismo mesero de la noche anterior hasta pareció alegrarse de nuestra llegada. Al traer los pezones de fuera, sus ojos no podían despegar la mirada de ellos, por lo que me daba cuenta de que casi todos ya sabían lo pendejo y cornudo que es mi marido, pues huéspedes y empleados, en su mayoría, me miraban y sonreían descaradamente, saludándome con la confianza que da acercarse a una mujer que más parecía traer un adorno o un bulto al lado, que un esposo. Se daban cuenta de que él no sólo no decía nada al ver a su mujer coqueteando descaradamente con todos, sino que el muy cornudo sonreía tímidamente o hacía como que no se daba cuenta, y se quedaba en silencio ante los piropos que algunos me regalaban.

 

Fue el caso del mesero que, al acercarse a darnos las cartas del menú de la cena, no tardó en decirme: “Qué guapa se ve esta noche”, mirándome las tetas e ignorando al pendejo de mi marido, y es que cuando le respondí: “Gracias; qué bueno que te guste”, no sólo él, sino que cualquiera se daba cuenta de que el marido no tenía más que aguantar la enorme cornamenta que le adornaba, aceptando los escarceos de la puta de su mujer.

 

Durante la cena fui el foco de atención, tanto de los meseros como de los comensales y sus esposas, aunque estas últimas me miraban con evidente molestia, mientras que aquéllos lo hacían con lujuria; al terminar de cenar, nos fuimos nuevamente al cuarto. Me sentía excitada pero, al ver el minúsculo pene de mi marido, decidí que lo mejor sería ver un rato la televisión y dormir.

 

 

Miércoles

 

Antes de ir a desayunar, se me ocurrió cambiar las toallas de playa que nos habían dado a nuestra llegada. Éstas se ubicaban en  la Recepción y, con la esperanza de encontrarme con Juan (quien se me antojaba mucho para que me metiera la verga), me fui solamente enfundada en una toalla. En la Recepción no está permitido andar desnuda, pero mi plan era solicitar el cambio y, cuando me pidieran las toallas, quitarme la que traía puesta y quedar como Dios me trajo al mundo delante de Juan.

 

Mi marido quiso acompañarme, pero le pedí que mejor me esperara en el restaurante para desayunar; quería ir sola para ver si Juan se atrevía a algo más, por lo que caminé los doscientos metros que me separaban de la Recepción enfundada en mi toalla. Un empleado de Seguridad me vio hacer todo el paseo y le sonreí, dándole los buenos días, a lo que respondió amablemente pero, cuando pasé junto a él, dejé caer la toalla, quedando desnuda a pocos centímetros de su cuerpo. Me agaché para recogerla, pero él galantemente se adelantó y me levantó la toalla; su sonrisa era más amplia todavía y exclamé un poco sincero: “Qué pena, gracias”, y me fui meneando las nalgas hasta la Recepción.

 

Efectivamente, Juan estaba en su escritorio cuando me vio entrar y me alegró escucharle decir: “Buenos días, linda”. Le informé que deseaba el cambio de toallas y se apresuró a traer unas limpias para el remplazo. Cuando regresó, yo ya estaba encuerada con la toalla en la mano y él me revisó de arriba abajo, diciendo: “¡Wow! Qué hermoso cuerpo”. Me aventuré a darme una vueltecita, para que lo admirara bien, mientras le contesté: “¿Te gusta?”, a lo que respondió que le fascinaba. Quise dejarlo caliente y, tomando las toallas, no hice el menor intento por cubrirme nuevamente y, mientras movía el culo descaradamente dirigiéndome a la salida, le espeté: “Pues… cuando quieras”. Pasé nuevamente junto al guardia que me había ayudado a recoger la toalla, pero esta vez iba totalmente encuerada con dos toallas en las manos; me sonrió y sentí su mirada en la cola durante todo el trayecto hacia mi habitación.

 

Me puse una minifalda amarilla y una blusa negra transparente; la falda era tan corta que mostraba parte de mis nalgas y la blusa dejaba traslucir todas mis tetas. Así entré al restaurante y me senté junto a mi marido, que me esperaba para desayunar; le conté lo de Juan entre risas y el muy cornudo me respondió que deseaba un mayor contacto entre el recepcionista y yo.

 

Dedicamos el resto de la mañana a asolearnos en la alberca; yo, desde luego, lo único que traía encima era el bronceador y las miradas de todos quienes pasaban. Varias veces me dirigí a las regaderas que resultaban un perfecto escenario para mostrar mis carnes y, al regresar en una de esas ocasiones, le pedí al cornudo que me pusiera bronceador. Él aceptó presto y yo me puse boca abajo, para que me untara en el culo, así lo hizo, masajeando mis globos en toda su generosa amplitud y fue muy humillante ordenarle: “Pero ábreme las nalgas, muéstrales mi ano a los demás, para ver si alguno se anima”, a lo que respondió simplemente: “Sí, mi amor”. Yo sentía como las abría por completo, sintiéndome en un teatro sexual, pues enfrente tres caballeros observaban el espectáculo, quienes podían ver perfectamente el ojo de mi culo que les mostraba, nada más y nada menos, que mi amado esposo.

 

Animada porque no me censuraron la noche anterior con mi vestido de red rojo, el que mostraba mis pezones al aire, decidí ir a comer con otra pieza de red; en este caso era un conjunto verde fluorescente compuesto por dos prendas: la superior sólo cubría parte de mis tetas, como si fuera un brassiere, pero al ser de red dejaba a la vista mis pezones, en tanto que la parte inferior es, a mi parecer, la más escandalosa: se trata de un calzón pero completamente en red, por lo que se aprecia totalmente el culo y el coño; para que lo vieran bien, recorrí todo el restaurante, como buscando mesa: todos clavaban sus ojos en mis nalgas y un caballero que estaba solo en una mesa hasta exclamó: “Mmmmh”, cuando pasé a su lado, lo cual fue escuchado perfectamente por mi marido que, como de costumbre, se hizo pendejo.

 

Nos sentamos a comer y experimenté el acercamiento más descarado por parte de uno de los meseros pues, al aproximarse a atendernos e ignorando olímpicamente al idiota de mi esposo (como ya se estaba haciendo costumbre), me piropeó incluso tuteándome: “Qué linda te ves hoy, preciosa”, lo cual agradecí con una sonrisa, pero él agregó: “A muy pocas mujeres se les vería bien lo que traes puesto”. Le pregunté por qué y respondió: “Hay que tener unas pompas y unos senos muy lindos, como los tuyos”. Luego me enteré de que era el capitán del restaurante a quien, evidentemente, le preocupaba muy poco lo que opinara mi esposo de su atrevimiento, al igual que a mí, lo que confirmé al responderle: “Gracias, qué bueno que te gusten”.

 

Mi esposo actuó como todo un cornudo al hacerse pendejo leyendo la carta de alimentos, mientras otro hombre me chuleaba las nalgas y las tetas, ni siquiera levantó la vista cuando descaradamente le pregunté a Román, el capitán que me piropeaba: “¿No importa que enseñe todo aquí en el restaurante?”, y con su respuesta se lanzó más: “No, mi  amor; al contrario: nos alegras la vista a todos”. En ese momento, me disculpé para ir al tocador, caminando mientras le mostraba a Román todas las nalgotas que se movían excesivamente, halagadas por sus comentarios y que sentían su mirada  que no se desviaba de mis cachetes, enfundados solamente en un calzón de red, viéndolos descaradamente en presencia de mi marido.

 

Después de comer nos fuimos otra vez a la alberca; desde luego, yo me paseaba y nadaba completamente desnuda, mientras mi marido leía un libro viendo de reojo cómo coqueteaba con los demás. Fui al bar a pedir una piña colada; me gustaba como me veía las tetas el barman, muy amable pero atado de manos por la política del hotel que no permitía que los empleados tuvieran sexo con los huéspedes. Me descaré con él y, mientras preparaba mi bebida, le dije que buscaba hombres para gozar con ellos, pero que sólo veía parejas en el hotel; él me dijo que era muy difícil ver hombres solos, pero que había varias parejas que gustaban de intercambios.

 

Yo no quería intercambiar; mi objetivo eran los hombres y nunca me ha gustado hacerlo con otra mujer, ni siquiera estando presente, por lo que mis ilusiones fueron desvaneciéndose; cuando me dio mi copa, le pedí que divulgara con los huéspedes lo que buscaba, lo cual aceptó y surtió efecto más o menos dos horas después, aunque no como yo hubiera deseado…

 

Después de nadar con el culo al aire y asolearme mostrando la panocha, me levanté hacia las regaderas, cuando vi que un hombre, que estaba en el jacuzzi con su pareja, salió del jacuzzi y venía hacia mí: estaba completamente desnudo y tenía una hermosa verga semi-erecta. Se bañó en la regadera al lado de donde yo estaba, mirándome las nalgas descaradamente y, cuando me disponía a seguir tomando el sol en mi camastro, comenzó una plática que fue más o menos así:

 

Rafael: Hola… ¿me permites unas palabras?

Nalgona: Claro, dime…

Rafael: Bueno, antes que nada, estás muy bonita…

Nalgona: Gracias.

Rafael: Mira, vengo con mi esposa, somos swingers y estamos buscando una mujer con quien jugar un ratito. Ella es bisexual y le encantaste, y a mí… no se diga. Hace rato, nos dijo el barman que estabas buscando acción y no sé si te interese…

Nalgona: Te agradezco mucho la propuesta; tú también estás muy bien y tu esposa es muy linda, pero yo sólo busco hombres; no me gusta hacerlo con mujeres ni estando presentes.

Rafael: ¡Qué lástima! Mi esposa y yo siempre hemos interactuado juntos.

Nalgona: Lo siento, tal vez si vinieras solo.

Rafael: Sí… ¿vienes sola?

Nalgona: No, con mi marido.

Rafael: ¿Y a él no le gustaría un intercambio?

Nalgona: No; tiene un pene muy pequeño y sólo actúa como sirviente mío y de mis amantes.

Rafael: ¡Órale! ¿De veras?



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