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La Constancia.
Hace algunos años, yo trabajaba en una fábrica donde había más mujeres que hombres. Los pocos que laborábamos ahí éramos felices. Entre todas las mujeres a la vista, estaba Mary, que a muchos nos gustaba y le echábamos los perros. Era una belleza de mujer, de unos 25 años, alta, espigada, bien plantada. Pero ella no tenía ojos más que para Juan, un gerente de área que era casado, con el cual tenía tres años de tener una relación de amasiato y tenían una hija. Era buen tipo el suertudo, de unos 35 años, alto, fortachón, con buen nivel económico y sobre todo con atractivo. Todos sabíamos que ella andaba con él y lo envidiábamos. Yo tendría en aquel entonces como unos 20 años y comenzaba a aprender a lanzar mis redes.
Cada que tenía oportunidad, saludaba y chuleaba a Mary, quien me trataba amablemente pero siempre me daba “el avión”. Obviamente, a mi tierna edad era difícil ser tomado en serio por ella, que aparte de ser un cuero, era la amante de un tipo mucho más experimentado y mejor plantado que yo, pero pues cuando uno es joven no pierde la esperanza. Ella era inspectora de calidad y mi trabajo era de oficina, pero tenía que relacionarme con el personal “de línea”, así que teníamos diariamente que tener algún tipo de trato. Por alguna razón, yo me había hecho amigo de su supervisora, Tere, una mujer madura que sabía la atracción que Mary ejercía no solo sobre mí, sino prácticamente sobre todos los hombres de la empresa. Tere también me trataba con condescendencia y hasta me daba consejos de cómo llegarle a Mary. Pero era inútil, porque para acabarla de amolar, Mary hasta me decía “niño”, lo cual me encabronaba porque yo quería sentirme todo un hombre frente a ella.
Un día, llegué y saludé a Mary, y como siempre, le dije que estaba muy guapa, y tal y como lo hacía casi a diario, le aventé los perros: ¿entonces qué, Mary… cuando nos damos una escapadita por ahí? Y cuál no sería mi sorpresa cuando me contestó: Pues hoy mismo, si quieres. ¡Ay, cabrón! Yo no me esperaba esa respuesta, y no sabía si tomarla a broma, pero ella estaba bastante seria, y además nunca bromeaba conmigo. Siempre que yo le hacía propuestas me sonreía, me daba evasivas, pero nunca me daba esperanzas. Y este día, así sin más ni más, me estaba diciendo que ya, hoy mismo si yo quería. Le pregunté si era en serio, me dijo que claro que sí y hasta me dio picones: “o qué… le tienes miedo a aquél?”. Me picó el orgullo, le dije que ni madres, seguimos platicando del asunto, definimos hora y lugar de la cita… y para no hacer el cuento largo, esa misma noche ya me la estaba cogiendo. Yo no podía creer mi buena suerte. Ahí bajo mi cuerpo, tenía el cuerpo más deseado de la fábrica. Yo, un pinche muchacho jodido, de 20 años, inexperto, me estaba cogiendo a la amante del cabrón más cabrón de la fábrica. No voy a entrar en detalles de cómo estuvo la faena porque no es el tema de este relato. Solo diré que estuvo de lujo, que la mujer me demostró que era una experta, que la gozamos tremendamente y que para mi edad, ella fue hasta ese momento la mejor vieja de que yo había disfrutado.
Al día siguiente, al llegar a trabajar y hacer mi diario recorrido por la línea de producción, todavía no veía yo a mi nueva conquista cuando me encontré con mi amiga la supervisora, quien me dirigió una mirada pícara y me dijo “Felicidades. Ya supe que la pasaron bien anoche tú y Mary, ¿eh?. Míralo… ¿quien te viera? Estás jovencito pero bien que tienes lo tuyo”. ¡Puta madre! Sentí que el suelo se hundía en mis pies. ¡Pinches viejas! Ya le platicó todo aquélla, pensé. Ahora falta y que su cabrón se entere y me ponga una madriza. Pero mi amiga me tranquilizó, diciéndome que nos guardaría el secreto, que entre ellas se platicaban todo. Y Tere me develó el misterio de por qué sin más ni más me había aceptado Mary la propuesta. “Lo que pasa es que se acababa de pelear con Juan, tuvieron una discusión fuerte en la mañana, y me acababa de decir que al primer cabrón que llegara y le pidiera las nalgas, se las iba a dar, para desquitarse del otro... y entonces llegaste tú. Y hoy, apenas me vio, me dijo que ya se había desquitado del cabrón de Juan, y me platicó que contigo. Me dijo que te habías portado muy bien, picarón.”. Ya no me quedó más remedio que aceptar y hasta platicar algunos detalles con mi amiga Tere. Pinches viejas…
Pues resulta que después del desquite, Mary quiso “desquitarse” otras 4 o 5 veces. Para fraseando Paquita: Varias veces te engañé: la primera por coraje, la segunda por capricho… y las siguientes por placer. Yo, obviamente, gustoso me prestaba a ser el instrumento de su desquite.
Con Mary aprendí mucho. Me enseñó en pocas sesiones muchos de los secretos del sexo. Era un mujerón. Siguió diciéndome “niño”, pero en privado me decía “mi niño”. Dejamos de vernos porque ella se arregló con Juan y no quiso arriesgar la estabilidad económica que tenía con él, y además, porque finalmente ya se le había pasado el coraje. Pero con ella corroboré la veracidad de un consejo que un maduro amigo me dio años después de esa experiencia. Me dijo mi amigo: “A las mujeres que te gusten, pídeles las nalgas todos los días. Nunca sabrás en qué momento estarán dispuestas a dártelas”. Cuando escuché el consejo, vino a mi memoria el recuerdo de la bella Mary. Y ahora se los comparto a ustedes como moraleja. A seguir buscándole, caballeros…
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