Historias y Relatos Swinger
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Regalo para el socio.
Bety y yo somos más o menos de la misma edad. Desde que gracias a una página de contactos sw nos conocimos, nos hemos llevado a toda madre. Casada ella, casado yo, desde que iniciamos nuestra relación quedamos en que lo nuestro sería solo placer y cero problemas. Ni ella ni yo permitiríamos que nuestras familias se vieran afectadas por nuestras aventuras cachondas, así que siempre cuidamos los detalles y en más de una ocasión tuvimos que cancelar alguna cita debido a compromisos familiares que nos surgían, de ambos lados. “Ni hablar, otro día será”, era siempre nuestra última palabra cuando algo no se podía concretar. Primero la obligación y después la diversión. Tan bien llegamos a congeniar, que pasado el tiempo, aunque obviamente no conocíamos a nuestras respectivas familias, ya sabíamos los nombres de nuestras respectivas parejas, hijos, actividades, etc. y a menudo platicábamos de nuestras familias durante nuestros encuentros (normalmente, era el tema de plática en los momentos de relax, entre palo y palo, porque cada que nos veíamos nos echábamos dos). Yo en Querétaro, ella en Irapuato, nos citábamos en Celaya o Salamanca para asegurar la discreción. Siempre en días y horario que no despertara sospechas. Pues un día que andaba yo caliente le llamé a su celular para ver si era posible vernos pronto. Ella también andaba ganosa de coger conmigo, según me dijo. Era viernes y le propuse vernos el jueves de la siguiente semana, pero me dijo que no, porque ese día era el cumpleaños de su marido, y entonces se me ocurrió de flashazo una idea y le dije: “pues entonces vamos a vernos el miércoles, y así sirve de que te doy un regalito para que se lo lleves a mi socio”. Se rió un poco y aceptó. Fijamos hora y lugar de la cita. El día que quedamos, los dos estuvimos puntuales en el café que nos citamos, ubicado en la alameda central de Celaya. Platicamos un poco, nos tomamos un café y de ahí nos fuimos en mi auto al motel. Ella iba como toda una señora decente, con ropa que al verla se podía pensar que era una funcionaria de banco, muy formal. Yo iba un poco más casual. Pero cuando ya estábamos en el motel, y después de tomarnos unos Caribe Cooler y comenzar el cachondeo, dejó ver que debajo del blazer, la blusa blanca y la falda a las rodillas, llevaba una lencería super cachonda y provocativa. Breve tanguita de encaje negro y bra del mismo color. No es el caso extenderme en los detalles de cómo estuvo la acción. Baste decir que cogimos riquísimo, como siempre que nos vemos. Lo hicimos con calma, en varias posiciones, me mamó la verga, le mamé la puchita, le chupé las tetas, le apreté las nalgas, y cogimos primero de perrito, después ella me montó y finalmente yo me subí, le di unas arremetidas tremendas y cuando ella me lo pidió, nos vinimos juntos. Quedamos bañados en sudor, descansamos un rato y nos paramos para meternos al jacuzzi a tomarnos las siguientes Caribes. Ya en el jacuzzi, le dije que iba a darle el regalo para el socio, y se rió, me dijo que ya ni se acordaba de eso. Le pedí que se sentara en la orilla del jacuzzi, quedando dentro del agua solo sus pies, y no entendía cuál era la idea. Le dije tú sólo súbete, abre las piernas y déjame hacer. Lo hizo y entonces saqué un rastrillo nuevo que llevaba listo y le enjaboné su vello púbico. ¿Qué haces? –me dijo-. Tú déjame hacer, le contesté. Ella normalmente usaba el vello púbico recortadito, y se rasuraba solo el área del bikini. Yo comencé a rasurarle poco a poco, dándole forma al corte. Ella no entendía. Le rasuré, le rasuré y cuando ya terminé le dejé limpios de vello sus labios vaginales, y del pubis le di una forma muy coqueta. Le enjuagué y le dije “listo”, entonces se vió y se rió a carcajadas. ¡Le di forma de corazoncito a su vello púbico!. Bety no dejaba de reírse de mi ocurrencia. Se miraba en el espejo y me decía que a ella nunca se le hubiera ocurrido. Le dije que ese era mi regalo para su marido, que ella se lo daría y él nunca sabría que iba de mi parte. Reímos un rato, descansamos, platicamos, y luego nos echamos el segundo de la tarde. Me parecía muy erótico ver como mi verga le entraba, y frente a mi pubis quedaba ese corazón formado de pelitos recortados que se juntaban con los míos, también recortaditos. Se veía cachondo. Terminamos de echarnos el segundo palo, descansamos de nuevo y nos metimos a bañar. Ya cuando estábamos vestidos y comenzábamos a despedirnos, le dije que faltaba algo, me vio con ojos interrogantes, fui a mi saco y saqué una pequeña bolsita coqueta: “Esto es la envoltura para el regalo de mi socio”, le dije, y cuando ella abrió la bolsita se encontró con una deliciosa tanguita roja, que de atrás tenía hilo dental y de adelante un pequeño triangulito que seguramente alcanzaría para tapar a duras penas los pelitos de su corazón. Se rió otra vez, se guardó el regalo y me dijo “qué lindo. De seguro que a mi marido le va a encantar”. Nos despedimos con un beso (fuera de las paredes del motel solo nos dábamos besos de saludo, por discreción) y nos fuimos a donde dejamos su carro, ahí la dejé y nos despedimos. El lunes siguiente le llamé y obviamente, le pregunté cómo la había pasado con su marido en su cumpleaños. “No sabes. Se puso loco con el regalito que le mandaste. Me mordió las nalgas, me quitó la tanguita con los dientes, me lengüeteó el ano, se rió cuando vio el corazoncito, me dio unas mamadas como nunca en su vida lo había hecho, me chupó los pelitos uno por uno, se saboreó con avidez mi clítoris y mis jugos, y luego me dio dos cogidas como hacía años que no lo hacía. Se quedó encantado”, me dijo. “Qué bueno, corazón. Cuida a mi socio y de mí no te olvides”, le contesté. Y quedamos de llamarnos pronto para otro encuentro. Así es nuestra relación. Padre, respetuosa, divertida y erótica. Bety es una vieja buenísima… y a toda madre. Moraleja: Señores, ténganle cariño a su socio. Después de todo, es el que les cuida a su movida casi todo el tiempo. No lo vean como su enemigo, sino como compañero de afectos.
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