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Historias y Relatos Swinger

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Un cornudo sumiso.

Debo aclarar que los nombres de la pareja que voy a mencionar no son los verdaderos para proteger su identidad, tengo una bonita y sexy amistad con ellos y están completamente enterados de lo que voy a compartirles, siendo franco me apoyé primero escribiendo en un Word porque pienso que a veces hay historias muy buenas aquí pero las fallas ortográficas le quitan lo cachonda que puede ser la historia. Asi que espero la disfruten como si hubieran estado presentes.


Todo empezó porque una pareja con la que ya había tenido un par de encuentros me recomendó a Laura y Daniel. Me contactaron por WhatsApp y empecé a platicar varios días solo con Daniel. Él me contaba que ya habían hecho varios tríos, pero que él nunca participaba, solo observaba. Era un cornudo de verdad. Me decía que los otros chicos que habían llevado les faltaba experiencia, que se ponían nerviosos y no cumplían sus expectativas.
“Necesitamos a alguien con más enjundia, con más huevos”, me escribió. Entendí rápido lo que buscaban: un macho que de verdad dominara la situación, que tratara a Laura como su puta y a él como el cornudo que era. Eso me ponía a mil, pero del dicho al hecho… No fue muy explícito al principio, pero quedó clarísimo que quería ver cómo otro se cogía a su mujer mucho mejor que él.
Quedamos en vernos en un parque discreto. Llegué, me subí al coche y al principio la plática fue bien vainilla. Pero ellos habían llevado unas cervezas y eso rompió el hielo rápido. Ella abrió su puerta y se pasó atrás junto a mí. La conversación se puso más caliente, empecé a mirar a Laura con ganas y me acerqué a ella en el asiento de atrás. La empecé a besar, metiéndole la lengua bien profundo mientras le agarraba las tetas por encima de la blusa. Daniel solo miraba por el retrovisor, calladito. Al rato de estar fajando con Laura (que ya hasta la dedeaba), Daniel encendió el coche y nos llevó directo al motel.
Cuando llegamos al motel, se acercó un tipo a decirnos en qué habitación podíamos entrar. Laura y yo seguimos en lo nuestro; para ese entonces yo le mamaba las tetas.
Ya en la habitación, Daniel se quitó los pantalones y ahí estaba: su verga encerrada en una jaula de castidad, bien chiquita y apretada. Se sentó en una silla al lado de la cama, listo para ver el espectáculo.
Me cogí a Laura como animal. La empecé a besar fuerte, me sentía muy desesperado y ella igual conmigo. No paraba de decirme que yo le había gustado mucho y ella a mi también. Era una morena con un cuerpo macizo. Le quité la ropa bastante rápido, se quedó solo en un hilo dental que le acentuaba ese cuerpo bien rico. Yo me quité la camisa mientras ella me desabrochaba el cinturón, la ayudé a bajarme el pantalón y el bóxer. Ya tenía la verga durísima. Entonces ella se hincó y se metió mi verga en la boca. De repente se sacó mi verga un momento solo para decirle a él con voz entrecortada pero determinada:
—Mira cornudo, esto sí es una buena verga.
No tienen idea cómo me ardió la cara de excitación en ese momento. Algo detonó en mí y de manera natural me nació decirle:
—Qué pendejo eres.
Ella solo volteó a verme un segundo con una sonrisa de admiración y luego se volteó hacia Daniel y con voz humillante y burlona le dijo:
—Qué patético eres.
Daniel soltó un gemido mientras se acariciaba por encima de su jaula. Entonces yo halé fuerte del pelo a Laura y le ordené:
—Empínate aquí, puta.
Ella obedeció con un pequeño quejido. Le ordené al cornudo:
—Ven aquí pendejo y mójale con tu saliva la vagina a tu esposa para que yo me la coja.
Él se hincó y lo hizo. Luego lo jalé del pelo y le dije:
—Ahora lubrica mi verga con tu lengua.
Le metí mi verga en la boca y él obedeció. Laura, aún en cuatro, volteaba sorprendida porque después me contaron que él nunca había mamado una verga; lo habían platicado pero decían que no estaban listos. Laura solo le permitió unos segundos y le dijo:
—Ya con eso, cornudo. Ya quiero que me metan la verga. Regresa a tu lugar.
Con toda la excitación que desbordaba en los tres, se la metí bruscamente a Laura. Ella lanzó un gemido fuerte, pero eso no me detuvo. Me movía muy duro, la sujetaba fuerte del pelo, la nalgueaba y le decía:
—Qué puta eres.
A él le decía:
—Mira pendejo cómo tengo ensartada a tu esposa.
La cara de placer que ponía Daniel cada vez que le decía algo era gratificante. Luego volteé a Laura para cogérmela de misionero. Cada que ella volteaba a verlo no dejaba de decirle que era un pendejo, un pobre pendejo. Mientras me la cogía, ella me susurró al oído que humillara más a su esposo. (Según yo, ya lo estaba haciendo) Se me ocurrió ponerla otra vez en cuatro y le dije a él:
—Ven aquí cornudo, ponte abajo de tu esposa para que veas de cerca cómo le entra mi verga.
Así lo hizo. Se acostó debajo, justo abajo de mi verga. Antes de ensartarla de nuevo, le aporreé la verga en la cara y le dije:
—Mira pendejo la verga que le voy a meter a tu esposa.
Ahí pasó algo raro: Daniel se puso a llorar (no amargamente, pero sí lloraba) y me dijo:
—Cógete a mi esposa por favor, cógetela muchas veces, quiero que me humilles mucho
(Debo admitir que en ese momento me desconcertó un poco y se me empezó a bajar la verga). Pero se la metí rápido a Laura y me volví a prender. Ella le acariciaba la jaula a Daniel mientras yo se la metía muy duro, nalgueándola fuerte y de vez en cuando sacaba mi verga y se la aporreaba en la cara, mojándolo con los jugos de ella.
Cuando sentí que me venía, aceleré el ritmo mientras ella se movia más duro. Me vine a chorros dentro de ella. Cuando terminé de eyacular, saqué mi verga y la dejé reposando sobre la cara de Daniel:
—Límpiala con la lengua.
Y así lo hizo. Mientras tanto, a Laura ya empezaba a salírsele mi leche y algunas gotas le cayeron a Daniel en el pecho. Cuando me dejó la verga bien limpia, ella le plantó su vagina en la cara para que él le limpiara todo con la lengua. Ahí estuvo lamiendo mientras ella lo acariciaba por encima de la jaula. Con la jaula puesta, Daniel empezó a venirse. Laura se quitó de encima, observó las gotas de mi leche que tenía en el pecho, las recogió con los dedos y se las metió en la boca a Daniel. No desperdiciaron nada de mi semen, se comió cada gota.
Yo, sentado en la silla, solo vi cómo ella lo abrazó y le susurró algo al oído que no alcancé a oír, pero escuché que él contestó:
—Sí, quiero serlo muchas veces.
Días después supe que lo que ella le dijo fue:
—Ahora ya no solo eres un cornudo pendejo, ahora también eres un maricón porque te vi mamarle la verga como desesperado.
Créanme que para mí también fue la primera vez que un hombre me mamaba la verga. Ya me habían hecho el planteamiento, pero solo quedaba en fantasía. No sabía si me iba a gustar… y me encantó.
Después de ese día Daniel me contactó y terminó yendo solo a mi casa. Lo puse a mamarme la verga, pero eso se los contaré en otra ocasión.



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