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Aventura en la presa.

Le hemos contado las aventuras de mi esposa con su amigo, pero hoy les contaré lo que pasó este fin de semana. Luz me da permiso de ir con alguna amiga, pero no le gusta que se lo cuente, por eso nunca había escrito nada. Hoy le dije que si podía escribir lo que pasó el fin de semana y estuvo de acuerdo, por lo que ya con permiso pues me puse a escribir toda la aventura. 

Era el sábado por la tarde, nos habíamos quedado de ver Laura y yo en la presa de Malpaso en Calvillo, Aguascalientes, en uno de los muchos restaurantes que hay en la rivera.
Cuando entré al restaurante de mariscos el corazón me latía con fuerza porque sabía que ella ya estaba allí. Laura, estaba sentada en una mesa al borde de la terraza a unos metros del agua, con esa falda corta ajustada que apenas le cubría los muslos y una blusa escotada que dejaba ver el nacimiento de sus tetas. Nuestras miradas se cruzaron y sentí cómo se me ponía dura al instante. Llevamos tiempo viéndonos solos, mi esposa nunca ha querido compartir la cama con otra mujer.
Nos saludamos con un beso inocente en la mejilla, pero debajo de la mesa mi mano se posó en su pierna. Mire para todos lados y al ver qué no nos observaba deslice unos dedos hasta tocar su intimidad.
—Estás empapada —le susurré.
Llegó el mesero y pedíamos camarones y vino. Yo pedí unos camarones al ajillo y ella empanizados.
La plática estuvo llena de picardía y doble sentido.
Apenas terminamos de comer, pedimos otro trago, pagué la cuenta y salimos. En la recepción del complejo rentamos la cabaña número 7, la más apartada, con deck directo a la presa. En cuanto cerré la puerta de la cabaña, la empujé contra la pared con fuerza. Nos besamos con intensidad mientras le subía la falda y le bajaba la tanga de un tirón. Ella me bajó el sierre del pantalón y la sacó. Le levanté una pierna, se la clavé suavemente hasta el fondo.
—Qué rica panochita tienes… —dije mientras empezaba a metérsela contra la pared.
Laura gemía como una puta, clavándome las uñas en la espalda y apretando su vagina alrededor de mi verga. Se sentía muy mojadita. La bajé, la giré y la doblé sobre la mesa del comedor. Le puse salivita en el culito, le metí un dedo mientras la pentraba de nuevo en su vagina desde atrás, en estilo perrito. Le daba nalgadas fuertes.
Le saque el dedo pulgar de su culito y le rodee la cintura para dar masaje a su clítoris en esa posición.
—Más fuerte — decía ella.
Sentí cómo se contraía violentamente. Laura se corrió con un grito ahogado, soltando chorros de jugo que salpicaban el piso.
Pero no había terminado. La saqué al deck, al aire libre, es abril y hace calor, con la presa de Malpaso oscura como único testigo. La senté en la barandilla, le abrí las piernas y me arrodillé para comérmela. Lamí su clítoris hinchado, chupé sus labios empapados y le metí la lengua dentro. Laura se agarró de mi pelo y se corrió otra vez en mi boca, gritando y convulsionando, le temblaban las piernas.
La senté encima de mí en una silla que estaba junto a una mesa de jardín, de espaldas. Su culo subía y bajaba hasta quedar perfectamente sentada. 
—Qué puta eres…—le dije.
Cambió de posición, ahora frente a mí, mirándome a los ojos mientras sus senos me quedaban a centímetros no desperdicié la ocasión y comencé a chupar sus pezones. Le chupaba y mordía los pezones duros. Se vino por tercera vez.
La cargué hasta la cama, la tiré boca arriba y le puse las piernas sobre mis hombros en misionero profundo. La cogí con todo mi peso, la tengo tamaño promedio, apenas 16 cm, pero tenía 90 kilos de empuje.
—Quiero echartelos dentro —dije.
Laura me arañó la espalda y contestó:
—Lléname, échame los calientitos.
Aceleré hasta que sentí burbujear el semen y comencé a des acelerar. Fueron varios chorros espesos y abundantes dentro de su vagina, tanto que rebosaba y le corría por entre sus nalgas. 
Nos quedamos allí, sudados, pegados, aún se la tenía dentro de ella y mi semen chorreando entre sus piernas. La presa seguía tranquila afuera, pero dentro de esa cabaña solo quedaba el olor a sexo. Nos metimos a bañar, me vestí y me despedí con un prolongado beso, yo tenía que regresar a casa y ella dormiría ahí esa noche.
Llegué a casa, Luz sabía de dónde venía solamente me preguntó:
-¿Cómo te fue?
-Bien, Laura le pone ganas.
-¿A mi no me vas a dar hoy?
Ahí comenzará otra historia.



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