Historias y Relatos Swinger

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Mi primer experiencia como sumisa

Mi nombre es Angélica y mi vida cambió para siempre aquella noche.Todo comenzó cuando mi esposo empezó a dar largas y más largas para pagar una deuda de cuatro millones de pesos que tenía con Alejandro. Yo lo acompañaba a veces a las reuniones de negocios y ellos siempre me veían de arriba abajo, comentando entre sí lo buena que estaba. Sabían perfectamente quién era yo.Un día Alejandro me mandó un mensaje diciendo que necesitaba verme urgentemente en un bar elegante del centro para “arreglar unos papeles” que ayudarían a mi marido a resolver el problema. Fui con engaños, creyendo que realmente iba a ayudar. Me vestí elegante, con un vestido rosa transparente y tacones altos.Llegué al bar. Alejandro me estaba esperando en una mesa privada. Me saludó con una sonrisa amable y pidió dos copas de vino. Charlamos un rato sobre negocios, pero yo empecé a sentirme extraña: mareada, con mucho sueño. No entendí qué pasaba hasta que todo se puso negro.Cuando desperté, ya no estaba en el bar. Estaba completamente desnuda, tirada en un colchón frío dentro de una habitación equipada como calabozo: paredes negras, cadenas colgando del techo, ganchos en las paredes, luces tenues rojas y un fuerte olor a cuero y sexo. Tenía puesto un collar de cuero grueso con anillo dorado y las muñecas atadas a la espalda con cuerdas apretadas.Alejandro estaba parado frente a mí, mirándome con una sonrisa cruel.—Bienvenida, Angélica… zorra. No viniste por voluntad propia, pero ya estás aquí. Tu marido me debe cuatro millones de pesos y lleva meses dándome largas. Como no paga, tú vas a pagar con tu cuerpo. Te puse un somnífero en la copa del bar para traerte sin problemas. Ahora estás en mi calabozo privado.Intenté gritar, pero tenía la boca seca y la cabeza todavía me daba vueltas por la droga.Alejandro se acercó y me jaló del pelo con fuerza.—Esta noche vas a aprender lo que cuesta una deuda.Me arrastró hasta el centro de la habitación. Me puso una barra separadora entre las piernas, abriéndolas al máximo. Me ajustó el collar más apretado y enganchó una cadena pesada. Luego entraron dos hombres más, los mismos que después supe que le habían pagado 200 mil pesos a cada uno a Alejandro para cogerme.Durante más de seis horas los tres me cogieron sin piedad. Me ponían de rodillas y me cogían la boca por turnos, metiéndome sus vergas gruesas hasta el fondo de la garganta. Uno me agarraba la cabeza y me follaba la boca como si fuera una concha mientras yo me ahogaba y babeaba. Otro me cogía el culo con fuerza, abriéndome el ano sin misericordia, y el tercero me metía su verga gruesa como un puño en la concha de un solo golpe.Me cogían en todas las posiciones posibles: me tenían suspendida con cadenas, me ponían en cuatro patas, me sentaban en una verga mientras otra me penetraba el culo y la tercera me follaba la boca. Me escupían, me jalaban el pelo, me daban nalgadas y me insultaban:—Así se paga lo que debe tu marido, puta casada —decía Alejandro mientras me reventaba el culo—. Chilla más fuerte, perra.Cuando ya no podía más, llegaron al clímax. Uno me llenó la garganta de semen espeso, obligándome a tragar. Otro me inundó la concha y Alejandro me descargó todo en el culo. Después me llevaron a una bañera dentro del calabozo y los tres me hicieron la lluvia dorada: me orinaron en la cara, los senos, el pelo, el culo y las piernas mientras yo lloraba humillada.A la mañana siguiente desperté todavía en el calabozo. Alejandro me ordenó quedarme desnuda solo con el arnés de cuero. Mientras me maquillaba frente a un espejo pequeño, completamente expuesta, me insertó dos consoladores de aluminio fríos y pesados: uno bien profundo en el ano y otro en la vagina, conectados a un control de descargas.De repente, sin avisar, me dio una descarga. Grité como loca, me paralicé y empecé a tener espasmos violentos en el suelo. Perdí el control de ambos esfínteres y me retorcía tirada en el piso, soltando todo mientras temblaba sin control. Alejandro se quedó parado, disfrutando la escena con una sonrisa sádica.—Ese fue el nivel uno, puta. Si te portas mal, te pongo el nivel cinco. Ahora límpiate la mierda y los meados que te provocaste.No podía levantarme. Dos muchachas del servicio tuvieron que ayudarme. Totalmente desnuda y temblando, me apoyé en ellas para llegar a la bañera. Alejandro abrió el candado del arnés, les quitó los consoladores y las dejó bañarme. Mientras me lavaban, él se sentó elegante con traje, bebiendo vino caro y mirándome satisfecho.Después de bañarme, me puso un vestido tipo baby doll de seda negra, muy corto y provocativo, que apenas me tapaba el culo. Debajo llevaba el arnés con los dos consoladores de nuevo. Me calzó unos tacones altísimos que me impedían caminar rápido o escapar.—Si intentas pedir ayuda o escaparte, solo aprieto el botón y te vas a retorcer de dolor frente a todos —me advirtió.Me sacó del calabozo y me llevó a desayunar a un restaurante elegante en Polanco. Los dos hombres que me habían cogido la noche anterior estaban sentados en una mesa cercana, mirándome con sonrisas burlonas. Durante todo el desayuno sentí los consoladores moviéndose dentro de mí y el terror de que Alejandro presionara el control.Cuando terminamos, me llevó al coche. Apenas arrancamos, cerró los vidrios polarizados y me ordenó:—Arrodíllate, puta. Todavía no terminaste tu desayuno.Me obligó a bajarle la cremallera y me metió la verga en la boca. Me cogió la garganta con fuerza, empujando profundo mientras me sujetaba la cabeza con las dos manos.—Chúpala bien y trágatelo todo —gruñó.Me folló la boca sin piedad hasta que se corrió directamente en mi garganta. Me obligó a tragar hasta la última gota de su semen espeso, mirándome fijamente a los ojos.—Buena perra —dijo mientras me limpiaba los labios—. Esto es solo el principio.El coche seguía avanzando por la ciudad. Yo iba sentada a su lado, con el sabor de su semen todavía en la boca, los consoladores dentro de mí y el miedo creciendo cada vez más.Alejandro me miró con esa sonrisa fría y me dijo en voz baja:—Tu marido tiene treinta días para pagar los cuatro millones. Si no lo hace… te volveré a llamar. Y la próxima vez no será solo una noche. Tengo planes mucho más largos para ti, Angélica. Vas a aprender a servir como mi puta exclusiva, mi amante y mi esclava sexual.Mientras miraba por la ventana, con el corazón latiéndome fuerte, solo podía pensar:¿Qué va a pasar si mi marido no paga?Y en el fondo, sabía que Alejandro ya no me iba a soltar tan fácilmente…



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