Historias y Relatos Swinger

historias reales de nuestros usuarios

Historias y Relatos Swinger

Conoce las historias calientes de nuestros usuarios.


Mi ex Wendy y la infidelidad que nunca esperé…

Hace unos años estuve en una relación muy bonita con Wendy, mi ex pareja. Era una mujer que desde el primer día me tenía loco con su cuerpo voluptuoso y lleno de curvas. Tenía pechos medianos, firmes y bien formados que se marcaban de una forma deliciosa bajo la blusa del uniforme. Su piel era blanca y suave como la seda, con una cintura que se marcaba bonito y unas nalgas grandes, redondas y carnudas que se movían con cada paso que daba. Cuando se agachaba o caminaba por la casa, se me hacía agua la boca solo de mirarla. En la intimidad era todavía más especial: su parte más íntima rosada, suave y siempre respondía con una humedad que me volvía loco.

Desde los primeros meses le platiqué mi fantasía más profunda. Le decía con cariño: “Amor, me pone bien caliente imaginarte con otro hombre, que te sientas deseada y que yo lo sepa”. Pero Wendy siempre se negaba con esa carita inocente. “No, mi vida, yo no soy de esas… ¿cómo crees que voy a hacer algo así? Yo te quiero solo a ti y no necesito a nadie más”, me respondía casi ofendida. “Esa idea no me gusta, no quiero ser infiel ni siquiera de juego. Soy una mujer decente”. Y yo, aunque me dolía en el alma, lo respetaba y nunca insistí más.
Pero el destino es bien cabrón y a veces te pone las cosas justo enfrente.
Wendy trabajaba en una fábrica grande como ayudante general. Se la pasaba en la línea de producción, con el uniforme que le quedaba justo y que resaltaba todas sus curvas. Ahí conoció a su jefe de turno, un señor maduro, gordo, de unos 50 y tantos años, con esa seguridad y experiencia que tienen los hombres que ya han vivido mucho. Era de complexión gruesa, barrigón, pero con una forma de hablar tranquila y segura que llamaba la atención. Un día Wendy llegó a la casa y me platicó como si nada: “Hoy el jefe de turno me estuvo explicando unos detalles de la máquina después del turno. Es bien amable, ¿sabes?”. Yo solo sonreí y no le di importancia.
Los mensajes empezaron a llegar poco a poco. Al principio eran inocentes y de trabajo: “Wendy, qué bonita te ves hoy con el uniforme, se te nota el buen humor”. Ella me los enseñaba riendo: “Mira, amor, solo es un cumplido del jefe, no es nada”. Pero los mensajes fueron subiendo de tono con el paso de los días. Él le escribía cosas como: “Me encanta platicar contigo después del turno, eres una mujer muy atractiva y me tienes pensando en ti todo el día”. Wendy me decía que solo era plática, que el señor era casado y solo buscaba conversar.
Un par de semanas después me contó que se habían quedado a platicar un cafecito después del turno. “Solo para relajarnos un rato, amor, nada más”. Esa noche llegó con las mejillas sonrojadas y me dijo que el jefe de turno le había puesto una mano en la cintura mientras platicaban: “Me dijo que tengo una figura muy bonita y que me queda bien el uniforme… me sentí halagada”. Yo sentí un cosquilleo raro en el estómago, pero no dije nada.
Los coqueteos siguieron creciendo. Él le mandaba mensajes por las noches: “Wendy, no dejo de pensar en tu sonrisa y en cómo se te marcan tus curvas cuando estás concentrada en la línea. Me gustaría conocerte mejor, fuera de la fábrica”. Ella me los mostraba, pero yo notaba que ya no se reía tanto. Empezó a arreglarse más antes de ir al trabajo: se ponía el uniforme un poco más ajustado, se maquillaba con más cuidado y sus pechos medianos se marcaban más bonito bajo la tela. Un día llegó y me dijo: “Hoy el jefe me rozó la cadera sin querer mientras me explicaba algo en la máquina… sentí un calorcito raro”.
La seducción fue lenta y deliciosa. Un viernes después del turno la invitó a “seguir platicando en un lugar más tranquilo”. Wendy aceptó. Esa noche llegó más tarde y me contó que habían platicado mucho. “Me dijo que soy una mujer que merece sentirse deseada todos los días, que un hombre de verdad sabe cómo tocar y cómo hacer sentir a una mujer”. Mientras me lo contaba, yo veía cómo se le ponían los pezones duros bajo la blusa. No le dije nada, pero el corazón me latía fuerte.
La primera vez que pasó algo más fue una semana después. Se quedaron solos en la oficina de turno después de que todos salieran. Él, con su cuerpo gordo y seguro, se acercó a ella y le dijo bajito: “Wendy, déjame demostrarte lo rico que se siente cuando un hombre maduro te toca como te mereces”. Le pasó las manos por la cintura, subió despacito hasta sus pechos medianos y los acarició con calma por encima de la blusa. Wendy me contó después que se quedó sin aliento, pero no lo detuvo. Él siguió: “Mira cómo se te ponen duros… qué bonita eres”. Bajó una mano y le apretó suavemente las nalgas grandes y carnudas, abriéndolas un poquito por encima del pantalón. Ella respiraba agitada y se dejó llevar.
Esa misma noche, en un hotel cercano, pasó todo. Me imagino la escena: él, gordo y experimentado, quitándole la blusa con calma, besando sus pechos medianos uno por uno, chupándolos despacito mientras ella gemía bajito. Le bajó el pantalón y se quedó mirando sus nalgas grandes y redondas, las acarició con sus manos gruesas y las abrió con ganas. Wendy, nerviosa al principio, terminó entregándose por completo. Se dejó poner en cuatro, sintiendo cómo él la tocaba por detrás, cómo sus dedos exploraban su intimidad rosada hasta dejarla bien húmeda. Cuando entró en ella, Wendy soltó un gemido que nunca le había escuchado conmigo. Él le decía al oído: “Así, mi reina… déjame sentir lo rica que eres”.
Después de eso empezaron a verse más seguido. Ella se dejaba fotografiar. Una vez le mandó una foto donde se abría su panocha con los dedos, rosada, hinchada y brillante de excitación. Otra en el espejo de la habitación, con una blusa negra transparente que apenas cubría nada, su culazo grande y carnudo al aire, tomada mientras él la tenía agarrada. Había close-ups de sus pechos medianos firmes y excitados, y de su parte más íntima abierta y usada después de cada encuentro.
Un día llegué antes de lo normal y revisé su celular mientras dormía. Las fotos estaban ahí: la de la panocha  rosada abierta, la del espejo con la blusa negra, la de sus nalgas grandes siendo abiertas por las manos gordas de él. Me quedé helado. Wendy, la misma que me decía “yo no soy de esas”, había caído completamente. El jefe de turno gordo la había seducido con paciencia, con pláticas, con toqueteos suaves que fueron subiendo de intensidad hasta convertirla en su amante secreta.
Cuando la confronté, ella lloró. “Fue solo una vez… no quería que pasara, pero me sentí tan deseada”. Pero las fechas de las fotos y los mensajes decían la verdad: fueron varias veces, en diferentes turnos, en hoteles, incluso en la misma oficina después de la jornada. Ella se había dejado tocar, besar, abrir y poseer por ese señor gordo que era su jefe.
Yo, que tanto le rogué por vivir esa fantasía de cornudo juntos, nunca lo logré con ella. Wendy no quiso ser parte de ese juego conmigo… pero terminó siendo infiel de la forma más deliciosa y dolorosa.
Ahora, años después, todo cambió. Lo que intenté con Wendy y nunca pude lograr, lo conseguí en complicidad total con mi esposa actual. Ella sí entendió mi fantasía, la aceptó y la hizo realidad. Ella elige  a los hombres, ella se entrega con gusto y me manda las fotos y los detalles para que yo lo viva con ella. Lo que Wendy me negó por orgullo, mi esposa actual me lo da con amor y morbo compartido. Y cada vez que recuerdo la historia de Wendy, me doy cuenta de que esa traición fue el comienzo de todo… y que hoy, gracias a mi esposa, por fin soy el cornudo más feliz del mundo.



Regístrate y conoce mas historias