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Don Esteban se coje a la puta de mi mujer

Por trabajo me tuve que ausentar unos meses. Estando lejos de mi esposa y ella de mí, las ganas y la calentura se disparan. Estamos en una edad bien caliente, y eso no ayuda. Al principio hablábamos diario, ella me decía que tenía unas ganas locas. Hacíamos videollamadas y terminábamos viniéndonos los dos, pero para ella ya no era suficiente. Necesitaba algo caliente, palpitante, de verdad dentro de ella… y que la dominara de una vez.

Arriba de donde vivimos hay un vecino de unos 60 años, el don Esteban. Buena onda el viejo, siempre saludaba, pero nunca pensamos en algo más, menos con gente del edificio. Un día se cruzaron y empezaron a platicar. Salió que yo no estaba, y parece que el don pensó bien rápido. De ahí en adelante empezó a salirle al quite a mi esposa: primero pláticas triviales, cómo estás, qué te gusta… Pero los días pasaron y la cosa subió de intensidad.
Le contaba de sus tiempos de joven, que era bien garañón, que se había echado a cuanta mujer podía y que nunca hubo quejas de sus artes amatorias. Decía que no era por hablador, pero que estaba bien dotado y que sabía cómo poner a una mujer en su lugar. Mi mujer le seguía la corriente, con risita y todo: “¿A poco sí?”. Y él, sin rodeos: “Claro, mamacita, cuando gustes te la enseño… y te enseño a obedecerla bien. Lástima que eres casada”. Ahí le sembró la espina, la duda que le picaba… y la calentura que la hacía mojarse solo de imaginarlo.
Pasaron los días entre risas y coqueteos. Sabe Dios si los demás vecinos los vieron platicar y pensaron que soy un cornudo por andar mi mujer de coqueta. Y es que no ayuda: la mujer que amo tiene esa cara de sexosa, de que le gusta que la cojan a lo cabrón y que la manden.
El don la convenció de verse en un lugar más tranquilo. Obvio no en el edificio, así que quedaron en un hotel cerca de Metro Constitución. Mi esposa iba con algo de pena, le daba cosa que la vieran entrar con un hombre mayor, pero el don pagó y entraron a la recámara.
Cerró la puerta y se transformó en puro macho dominante. La tomó por la cintura con fuerza, la pegó a él (ya traía la verga parada contra su vientre), y empezó a besarla con lengua profunda, metiéndosela lo más hondo posible mientras le apretaba las nalgas con las dos manos como si fueran suyas. “Ay, mamacita, desde cuándo tenía ganas de ponerte en tu lugar”, le decía. Le hacía lengua en puntita y parecía que ya la estaba cogiendo por la boca, controlando el ritmo con una mano en la nuca.
Venía tan caliente que se bajó el cierre, sacó la verga y estaba brillosa de líquido preseminal. La sentó en la cama de un jalón suave pero firme, acercó la verga a su boca y le ordenó: “Abre, puta… trágatela despacio al principio, que yo te digo cuándo acelerar”. Ella se sorprendió: no era exageración lo que decía. Fácil 19 cm y bien gordita. Mi esposa tragaba y tragaba, solo se oía glup glup glup glup. El don: “Así, puta, así… trágatela toda, mamacita. Sabía que eras una puta sumisa, tienes toda la carita de que te gusta que te manden”.
Después la tumbó en la cama. Besos en la boca, orejas, nuca, cuello… mientras bajaba le desabrochó la blusa con dedos expertos, vio el brassier y soltó: “Ay, mamacita, qué tetas tan ricas para morder”. Le quitó el bra de un tirón, empezó a chuparle las tetas, le lamía los pezones y los mordía fuerte, subiendo el dolorcito placentero. Cuando le mordió más cabrón ella gritó y gimió; al don le encantaba eso, ver cómo se retorcía un poquito bajo su control. Se las dejó marcadas y chupeteadas con chupetones rojos. Bajó besando el abdomen, le quitó el pantalón y dejó solo la tanguita. Le ordenó: “Date vuelta, perrita… pon el culo en alto”. Acercó la cara a la panocha, olió y dijo: “Huele a puta en celo… mojada y lista para que la dominen”. Hizo a un lado la tanguita: “Mira qué puta, está chorreando. ¿No que no querías? Te hacías la difícil, pero bien que te prende que te manden”.
Empezó a chuparle la panocha en posición de perrito, lamiendo con lengua plana y luego metiendo dedos mientras le daba nalgadas suaves al principio, probando. “Qué ricos jugos, qué rica panocha… y qué bonita se ve así depiladita y obediente”. Chupe y chupe, nalgada tras nalgada hasta que subió la intensidad y mi mujer no aguantó: se vino en su cara gritando. Él: “Mira cómo eres de caliente, putita… te gusta que te castiguen poquito. Pero esto fue solo el aperitivo, ahorita te va el plato fuerte… y vas a pedir permiso para venirte”.
Mi esposa ya andaba espantada y excitada: la verga del don era más larga que la mía y mucho más gruesa. La puso en misionero porque quería verle la cara al clavársela y controlar sus gestos. Al meterla despacio ella empezó a gemir, cerrar los ojos, apretar los labios. Primero suave, luego acelerando, sujetándole las muñecas arriba de la cabeza con una mano. “Estás bien rica, mamacita… estás muy apretada. Parece que tu wey no te coge como se debe… ni te domina”. Ella gemía sin parar, rendida.
Luego se acostó él y le ordenó: “Móntame, puta… ensártate sola y muévete como yo te diga”. Se ensartaba solita en toda la verga, gimiendo fuerte. Él chupándole los pezones con mordidas, apretándola con las manos en las caderas para marcar el ritmo. Mi esposa se vino otra vez: “Ay qué rico, don Esteban… no es mentira lo que decía, sí sabe dominar y satisfacer”. Él: “Así es, mamacita… así se trata a las putas sumisas como tú, así se les da placer cuando obedecen”.
Después le pidió que se pusiera en cuatro, cerca del borde de la cama. La empezó a coger de perrito, embistiendo con fuerza. Las nalgas chocaban contra sus huevotes: clap clap clap. Entonces subió el BDSM: empezó a darle nalgadas fuertes que retumbaban, dejando marcas rojas. La tomó del cabello con firmeza, la jaló para atrás para que lo viera y le dijo: “Entonces, putita… dime, ¿quién te está partiendo el coño?”. Ella, jadeando: “Usted… usted, don Esteban”. “¿Quién te va a coger y dominar de ahora en adelante, tu wey o yo?”. Otro jalón más fuerte: “Usted… usted, don Esteban”. “Dime que estarás disponible cuando yo quiera cogerte, castigarte o ponerte a cuatro”. Otro jalón: “Sí… cuando tú quieras, don Esteban… soy suya”.
No aguantó más: se vació dentro de la panochita de mi mujer. Soltó chorros y chorros, palpitando fuerte, mientras le apretaba las nalgas y le daba una última nalgada sonora. Estuvo un rato así hasta que se le hizo chiquita. Se acostaron besándose, él todavía dándole órdenes suaves: “No te limpies todavía, mamacita… quiero que sientas mi leche adentro mientras te vas”.
Ya era hora de irse (tenemos niños), mi esposa quería meterse rápido a la regadera, pero el don se lo prohibió: “No, putita… vas a irte así, con mi semen escurriendo y mis marcas en las nalgas y tetas. Para que te acuerdes quién manda”. Se puso la tanga, el pantalón, el bra y la blusa tal cual, solo se lavó la cara (los dos sudaron cabrón). Se dieron un beso apasionado, él le dio un apretón fuerte de nalgas y un mordisco en el cuello como marca, diciendo “esto ahora ya es mío… y la próxima vez traes algo para que te ate las manos”. Se fueron por rutas diferentes.
Al llegar a casa, mi mujer estaba empapada del semen del don Esteban, bien escurrida, con nalgadas rojas y chupetones. Se tomó fotos de su panocha depilada, abierta y llena de leche, con las marcas visibles, y me las mandó. Por fin había tenido lo que quería: una verga caliente palpitante dentro de ella, leche… y que la dominaran de verdad.
Desde entonces han cogido varias veces más, y cada vez el don sube un poco más el control: órdenes, nalgadas, pelo jalado, permiso para venirse… Este es nuestro pseudo cuckold: el don Esteban cree que me pone los cuernos a mis espaldas, en plan infidelidad clásica… pero no sabe que mi mujer me cuenta cada detalle, cada orden que obedece, cada nalgada que le prende. En cierto modo, se puede decir que es nuestro macho dominante: se coge seguido a mi esposa, la domina como ella necesita, y a mí me prende saberlo todo.



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