Historias y Relatos Swinger
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Pasión en el paraíso.
Para esta historia a mi esposa la llamaremos Luz, a mi Javier y a su amigo Alex. Luz por su trabajo tiene que viajar mucho, en esta ocasión ella tuvo una reunión de trabajo con el equipo que coordina, la asamblea fue en un hotel con cabañas, balneario de aguas termales que se encuentra al sur del estado de Zacartecas, llamado Paraíso Caxcan.
Al terminar el primer día de trabajo, Luz cerró la laptop, eran las 7:00 p.m. y el último colega había abandonado el salón minutos atrás. Afuera, el sol tocaba las montañas, tiñendo el cielo de púrpura y rojo. El aire acondicionado zumbaba, pero no podía enfriar el fuego que ya le ardía entre las piernas. Había pasado todo el día conteniéndose: cada vez que cruzaba las piernas bajo la mesa, recordaba la promesa del mensaje de Alex al amanecer: “Cuando termines, te cogeré hasta que no te puedas sentar”.
Yo le doy permiso de salir con su amigo, pero el no sabe que estoy de acuerdo, ellos durante la semana pasada se pusieron de acuerdo para verse en el hotel y pasar la noche juntos, ella como siempre al regresar me cuentas todo, con lujo de detalles y en ocaciones trae videos que graba con su celular.
Le sudaban las manos mientras recorría los pasillos entre los pastos verdes y las albercas. Ya no era la conferenciata impecable: el moño perfecto se había deshecho, mechones negros pegados a la piel morena del cuello por el sudor; la blusa blanca adherida a la piel, marcando los pezones endurecidos bajo el encaje del sosten.
*Javier sabe*, pensó, y esa certeza la hizo apretar los muslos. Tomó su celular y entró a WhatsApp, tecleó un mensaje simple pero directo: "Ya voy a la cabaña de Alex, al rato te cuento como me fue."
No solo le había dado permiso; había elegido la lencería esa mañana, deslizando una tanga de encaje entre sus dedos con una sonrisa traviesa le dije: *“Para que él te arranque con los dientes”*.
La puerta de la cabaña se abrió sin llave —Alex la esperaba dentro— y el impacto fue inmediato. Él estaba sentado en un sillón su camisa blanca desabotonada hasta la cintura, con un pantalón de lino.
—Ven aquí — señaló el otro lado del sillón.
Luz dejó caer el maletín al suelo, cruzó la sala en tres pasos, el tacón de sus zapatillas clavándose en la alfombra. Cuando llegó a él, se sentaron juntos y Alex la tomó por la nuca y la besó con pasión contenida, un beso largo e íntimo: la lengua invadiendo, un gemido llegó muy pronto. Ella respondió con la misma hambre, arañando su espalda, sintiendo la piel caliente y ligeramente humeda por el calor de la tarde que él había pasado en la terraza de la cabaña. Los besos duraron tiempo suficiente para que los jugos vaginales fluyeran entre su intimidad.
Se pusieron de pie y el la apretó contra su cuerpo tomándola por la cintura.
—Te he tenido en la mente todo el día —susurró él contra su boca, mientras presionando la verga erecta contra su vientre.
La levantó en peso, Luz envolvió sus piernas alrededor de su cintura, sintiendo la dureza de su verga a través de la tela, frotándose contra ella mientras la llevaba a la cama. La depositó sobre el edredón blanco con brusquedad calculada, haciéndola rebotar. La ventana estaba abierta de par en par; con vista al jardín y a lo lejos las albercas ya vacías. Cualquiera huésped ontrabajador que pasará caminando por la acera de la cabaña podría ver hacía adentro, no cerraron las cortinas.
Luz quedó en el borde de la cama con los pies en el piso. Alex se arrodilló entre sus piernas, subiendo la falda hasta la cintura. La tanga negra estaba empapada, la tela adherida por el líquido lubricante natural. Él lo observó un segundo, antes de enganchar un dedo y tirar a un lado. El aire le golpeó su sexo expuesto, haciendo que su clítoris palpitara visiblemente.
—Preciosa, estás chorreando —susurró, separando sus labios con los pulgares. La visión de su vulva rosada, brillante de deseo hizo que se pusiera más caliente. Bajó la cabeza y lamió desde la entrada hasta el clítoris en una pasada larga y lenta. Mi esposa gimió, arqueando la espalda. La lengua de él era caliente, húmeda y experta: círculos alrededor del capuchón, succiones suaves, luego fuertes, chupando, lamiendo, tan bien calculado todo que la hacían temblar. Lo tomó de la nuca y sus dedos se hundieron en su cabello, tirando con fuerza mientras él introducía dos dedos curvados, buscando ese punto esponjoso en su interior, el punto G.
El primer orgasmo la tomó por sorpresa. Vino en oleadas violentas: contracciones internas que apretaban los dedos de Alex, chorros de humedad que empaparon su barbilla. Ella jadeó, y las caderas moviéndose solas, presionando su rostro mientras él bebía cada gota. Cuando el clímax retrocedió, Luz estaba temblando, pero él no le dio tregua.
—Quítate todo —le dijo, levantándose para desabrocharse el pantalón.
Ella obedeció, quitándose la blusa, el brassier, quedando completamente desnuda. Alex se despojó de la camisa y el pantalón; su verga saltó libre es grueso, venoso, la cabeza brillante es realmente grande. Ella lo conoce bien, muchas veces la recibido por la boca y por su vagina, han hecho el 69 y más, a ambos les encanta el sexo oral.
—Date vuelta, esa posición que te gusta—dijo él.
Ella se puso a gatas en la cama, el culo en alto, la cara hundida en las sábanas. Alex se colocó de pie detrás, frotando la punta de su erección contra su entrada, cubriéndola de sus propios jugos. Luego, sin aviso, la penetró de un solo empujón, le dejo ir sus 24 cm hasta la base. Luz gritó, ahogando el sonido en la almohada; el estiramiento vaginal era brutal, pero delicioso, llenándola por completo, sintió que no le cabría ni un centímetro más. Él se quedó quieto un momento, dejando que ella se acostumbrara, antes de empezar a cogerla con embestidas profundas y lentas.
Cada golpe llegaba al fondo, rozando su cervix. El sonido era obsceno: piel contra piel, húmedo, rítmico, mezclado con sus gemidos y los jadeos de él. Alex agarró sus caderas con fuerza, y le dió una nalgada, dejando marcas rojas, y aceleró el ritmo.
—Cambio —dijo, sacándola de golpe.
La volteó boca arriba, levantando sus piernas sobre sus hombros. Ella recostada en la cama y el parado en el piso, se inclinó un poco para quedar a la altura. El nuevo ángulo era estremecedor: cada embestida golpeaba su punto G directamente. Luz clavó las uñas en sus antebrazos, sentía el orgasmo construyéndose otra vez, más grande, más profundo. Alex bajó una mano y frotó su clítoris con el pulgar, círculos rápidos y firmes.
—Dime quién te coge así —exigió, la voz quebrada por el esfuerzo.
—Tú... —gritó ella, y el orgasmo la rompió.
Esta vez fue cataclísmico. Su cuerpo se convulsionó, sus jugos dejaron empapadas las sábanas. Sus paredes internas se contrajeron con tanta fuerza que él casi tuvo que detenerse. Luz gritaba, gemía, su visión borrosa por la intensidad. Pero él no había terminado.
La bajó de la cama, la puso de pie frente al ventanal abierto. El jardín estaba ya a oscuras, solo la luz exterior iluminando sus cuerpos sudorosos. Luz se calentaba más de pensar que alguien podría pasar por la acera, ellos cogiendo pegados a la ventana abierta serían vistos a centímetros, se tomo del marco e inclinó el cuerpo hasta que sus pechos tocaron el frío del metal, el culo levantado para que se la pudiera meter completa. Alex se hundió en ella desde atrás, una mano en sus senos, la otra sujetando la de las caderas.
—Mírate —susurró en su oído, obligándola a mirar su reflejo en el vidrio—. Mírate mientras te la meto toda como una puta.
Luz vio a una mujer empalada, totalmente desnuda, las piernas separadas, las caderas levantadas, el cabello revuelto, boca abierta. El desnudo colocado atrás de ella, medio inclinado para poder tomar su seno y jugar con él. Alex embestía con fuerza, sus huevos golpeando el clítoris con cada metida. El sonido era salvaje: *slap-slap-slap*, húmedo, desesperado.
Comenzó a sentirla cada vez más dura y supuso que estaba por terminar.
—Dentro —suplicó ella, la voz rota—. Quiero que me los eches dentro...
Alex gimió. Sus embestidas se volvieron erráticas, profundas, y cada vez más lentas. La mano en su seno apretó ligeramente, intensificando todo.
Con un gemido gutural, se enterró hasta el fondo y eyaculó. El primer chorro fue tan potente que Luz lo sintió golpear su cervix, caliente, espeso. Luego vinieron más: la verga daba pulsos fuertes y abundantes que la llenaron por completo, desbordándose por sus muslos y chorreando por sus piernas. Alex siguió moviéndose, prolongando el placer, hasta que el último espasmo lo dejó vacío.
Se quedaron así un minuto eterno: él aún se la tenía toda dentro, su semen resbalando por las piernas de ella. Asi duraron hasta que su verga fue disminuyendo de tamaño y dejando de estar dura Finalmente, la giró suavemente y la besó, lento, profundo, casi tierno.
—Mañana repetimos —murmuró contra sus labios.
Luz sonrió y le dijo.
—Y la noche aún no termina.
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