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Enseñando a Miriam
Miriam es una jovencita sencilla, originaria del área rural, dueña de esa belleza natural que caracteriza a nuestras jóvenes mexicanas que aún no se acostumbran a usar maquillaje y ropa de moda. Éramos compañeros de trabajo, y yo notaba que ella me veía con simpatía y a veces con algo más. Notaba como que yo le gustaba, pero como era tan seria, no me atrevía a hacerle comentario o propuesta alguna. Un día llegó y me dijo que se iba a casar. Tenía apenas 22 años, y su novio 25. Le pregunté por qué tan joven y me contestó que esa era la costumbre en su rancho. Ya entrados en el tema, como no queriendo fui llevando la plática al tema sexual: que cuantos hijos pensaban tener, que si ya sabían de medios anticonceptivos, etc.
Ella me confesó que ya había tenido relaciones sexuales con su novio, pero que no le había gustado, que le había dolido mucho. Me confió que con él perdió su virginidad, pero que al parecer ninguno de los dos tenía la suficiente experiencia como para disfrutar realmente del sexo. Me confesó también que ya había hablado del tema con sus amigas de la ciudad y hasta había visto algunas películas porno, pero que lo que le platicaban y lo que veía en las películas no se acercaba para nada a lo que vivía ella con su novio. Me dijo que los dos eran muy conservadores, de misa cada semana, que pensaban tener todos los hijos que Dios les diera y que su novio ni por asomo pensaba en sexo oral, que alguna vez hablaron del tema y él le dijo que eso era sucio, cosa de depravados. Total que estaban los dos muy lejos de disfrutar de los placeres del sexo.
Con mucha sutileza y mucho cuidado, fui llevando la plática hasta el punto en que le ofrecí que si quería, solo si ella quería, podría yo enseñarle a disfrutar y hacer disfrutar a su novio de los placeres del sexo. Le ofrecí mucha discreción, respeto, seguridad y hasta cariño. Mi condición de hombre casado, mayor de cuarenta años, operado de vasectomía, pareció irle dando confianza (además, admitió que yo le gustaba) y de una negativa (“ay no, como crees”) al principio, fue cambiando poco a poco a un “me da miedo, pero déjame pensarlo”, para terminar en un “a lo mejor sí, pero será solo antes de que me case, y ya casada nunca lo volveremos a hacer, porque quiero serle fiel a mi marido”. Me puso algunas condiciones: Si a la mera hora se arrepentía, no quería que yo la forzara, no quería ir a hotel, por lo que yo tendría que buscar otra opción, tendría que ser con condón, aunque el riesgo de embarazo era nulo, y después de un primer encuentro, ella decidía si había otro o ya no.
Yo acepté todas sus condiciones y me apliqué a conseguir un depa prestado con un amigo. Lo conseguí y le pusimos fecha al encuentro: sería un viernes por la tarde, después de salir del trabajo. Ambos nos inventamos en casa algún pretexto y nos preparamos. El día de la cita, ella estaba muy nerviosa. Le di la dirección del depa y la esperé dentro. Ella llegó en taxi. Desde que entró iba tensa, por lo que le ofrecí una copita para que se calmara. Ya con la copita se aflojó un poco y me permitió que la comenzara a besar. Otra copa y de plano dejó salir su fogosidad.
Era una belleza la muchachita. Senos pequeños, pero ricos y duritos. Una cinturita muy sexy y unas nalguitas paradas deliciosas. Piernas duras por el ejercicio. No vestía lencería sexy, pero igual se veía preciosa. Al desnudarla le vi la mata de vellos naturales, no recortados ni depilados. Se impresionó un poco al ver que yo sí me rasuraba los vellos del pene y los testículos, y me recortaba los demás.
Le gustó mi verga, dijo que se veía bonita, limpiecita, y que estaba bien dura. Le mamé sus tetitas, le comencé a acariciar su puchita con mis dedos y noté que estaba mojadita, mojadita. Fui bajando de besar su cuello a sus tetas, su vientre y después me fui a su rico sexo. Al principio como que no quería, pero después de algunos lengüetazos, ya de plano me dejó que la saboreara a mis anchas.
Estaba deliciosa. Sin dejar de saborear sus jugos, fui cambiando de posición hasta que quedé debajo de ella, mamándole su puchita. La acomodé para que su cara quedara frente a mi verga y la dejé decidir. Poco a poco, primero me la apretó con sus manos, después me la besó en el tronco, luego me lengüeteó los huevos y después, poco a poco, me comenzó a lengüetear la cabeza y luego de plano me la comenzó a mamar, primero solo la cabeza y después ya se estaba comiendo todo lo que podía. Por la falta de práctica, noté que no se metía toda la verga a la boca, pero hacía su esfuerzo.
Ya cuando la sentí lista y super mojada, cambiamos de posición, me puse el condón y la acomodé primero en la clásica del misionero, la acosté, le puse una almohada bajo las nalgas, y poco a poco le fui metiendo la verga. Ella tenía los ojos cerrados y los labios apretados. Cuando terminé de metérsela, me comencé a mover, y fue cuando ella cambió su cara de tensión por la de placer. Le di un buen rato, hasta que sentí que se vino abundantemente y dejando salir algunos grititos de placer.
Cambiamos de posición. La puse de perrito y le comencé a dar nuevamente. La vista que yo tenía era bellísima: mi verga entrando a su puchita peluda por en medio de unas preciosas nalguitas me excitaba y me hacía disfrutar. La volví a poner de misionero, le dí un rato más hasta que me vine cuando ya los dos estábamos bañados en sudor. Ya ella de plano ponía cara de placer y me decía cosas como “qué rico, qué rico”.
Ya descansando y secándonos el sudor, me dijo que esa había sido la primera vez en su vida que había experimentado un orgasmo, porque su novio solo sabía subirse, metérsela, moverse y venirse. Me dijo también que aunque mi verga estaba más gruesa que la de su novio, no le había dolido cuando se la metí y aceptó que le había gustado mucho. Ese mismo día le pusimos fecha a la segunda “clase” (jejeje) y comenzamos a planearla.
A la segunda sesión, ya mi rancherita fue convertida en una mujercita sexy: llevó tanguita y bra sexy, se recortó el vello púbico (me dijo que su novio se sacó de onda cuando le vió la puchita, pero que ella le dijo que así le gustaba más) y se comportó mucho más desenvuelta. Me mamó la verga más rico, deleitándose al saborearla, hicimos más posiciones, disfrutamos más, ya ella soltó sus gritos de placer sin restricción y cogimos, cogimos y cogimos delicioso.
Terminamos y me dijo que le habían gustado mucho nuestros dos encuentros, pero que no nos volveríamos a ver así, porque al día siguiente tendría que ir a confesarse, y que confesaría lo que habíamos hecho para descargar su conciencia, en una semana más ella se casaba, y ya no quería serle infiel a su marido, que no merecía eso porque era bueno. Me prometió que trataría de aplicar con su marido lo que había aprendido conmigo, convencerlo de hacer las cosas que a él no le gustaban por “depravadas” y me dijo que guardaría un bello recuerdo mío.
Nos invitó a su boda a mi esposa y a mí, y obviamente fuimos. En la fiesta, de vez en cuando nuestras miradas se encontraban, y solo sonreíamos para nuestros adentros, recordando nuestras travesuras.
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