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Historias y Relatos Swinger
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EL MASAJE
Hace unos meses me contactó una pareja, en sus treintas, acordando conocernos en el hotel directamente para un encuentro de perfil cuckold por lo que, antes de entrar a la habitación, luego de presentarnos me dediqué a observar a la dama, su figura, regular, carita bonita y un vestido discreto que resaltaba sus encantos, más al poner atención en su andar, pude notar que al subir las escaleras, hacía un poco más de esfuerzo con la pierna izquierda.
Al entrar y romper el hielo, entre cachondeo y la charla previa, comenté que si algo me gusta es dar masaje a la dama, preguntando ellos si lo hago netamente por gusto o "si le sé", a lo que respondí que es algo que aprendí gracias al deporte y el medio en el que me he desenvuelto, por lo que salió el tema de la espalda y que ella se había lastimado al mover algunas cosas en casa días antes.
Pregunté si me permitía revisarla y con gusto accedió, tomando el marido el rol de espectador a partir de ése momento.
Nos pusimos cómodos y tras unas breves caricias en ropa interior, quité el cobertor de la cama y le le pedí que se tendiera boca abajo sobre éste tras colocarlo en el piso, preguntando ella si no sería mejor sobre la cama, a lo que respondí que lo mejor es tener una superficie firme para alinear aquello que pudiese estar fuera de lugar.
Terminé de desnudarla continuando el cachondeo y, mientras se acomodaba, saqué de entre mis cosas un botecito de glicerina que llevo "por si acaso se da la situación", así que retiré mi ropa interior, dispuesto a atender a mi paciente sin mayor pudor, así que me coloqué en cuclillas sobre sus piernas, con mi verga acomodada entre sus nalgas, procediendo a humectar mis manos y ocuparme de su cuello, dando un beso en sus hombros antes de iniciar, mientras mi verga acariciaba su piel desnuda casi sin intención.
Recorrí su cuello y de a poco le fui rompiendo los nudos producto de la tensión diaria, pasando a sus hombros y espalda con mis manos cada vez más tibias por la excitación y la fricción propia de la actividad.
Relajé sus brazos a partir de los hombros, tomando el tiempo necesario para que ella se relajara, bajando por su espalda, acomodando sus músculos con la firmeza necesaria, hasta llegar a la zona afectada, haciéndole percibir la diferencia con su otro costado, tomándola de la cintura, aprovechando su reacción para tallar mi verga bien dura entre sus nalgas.
Una vez relajada y compuesta la contractura, aproveché para humectar mi verga con la glicerina, para entonces alinear sus vértebras y terminar de relajar su espalda, tallando mi miembro entre sus nalgas, aprisionándolo al llegar a la parte baja de su espalda y así empezar a relajar sus piernas y muslos, sin tocar su sexo ya húmedo pues éso vendría después.
Seguí el masaje en sus piernas y pies, y al llegar al extremo inferior, le pedí que se colocara boca arriba, repitiendo el tratamiento por la parte frontal, ahora tallando mi pene sobre su vagina sin que ella opusiera resistencia, ante la complacencia y ansiedad de su marido, que entre un cigarro y su trago, no perdía detalle del espectáculo del cuerpo lubricado de su mujer, manipulado al antojo de un extraño.
Sobé sus pechos, costillas y abdomen, acomodándome para llegar a su cadera, ofreciendo ella su pelvis casi por reflejo, más controlando mis impulsos, seguí con sus piernas, elevándolas a la vez que tallaba mi verga entre sus labios vaginales, terminando de relajarla y, a la vez, humectarla por completo.
Una vez concluido el masaje, bajé sus piernas y deslicé mi verga entre sus pechos, aprisionando mi pene con sus tetas, a la vez que ella acercaba su boca y lengua para lamer la cabeza, iniciando una rica mamada que siguió conmigo colocándome a un costado de su cabeza, dejando mis manos libres para realizarle el tacto vaginal y masturbarla, poco a poco, alternando entre sus muslos y su sexo, húmedo, introduciendo mis dedos, acomodándome para un 69 que no fue inmediato, demorando el momento hasta que ella llegó al orgasmo, tras el cual devoré tan delicioso manjar hundiendo mi cabeza entre sus piernas mientras ella seguía mamando muy rico, olvidándonos de nuestro espectador.
Así seguimos hasta que detonó en un nuevo orgasmo, por lo que me retiré de su boca y, tras colocarme un condón, la penetré con fuerza, metiendo toda mi verga de un sólo golpe, en un grito de ella al sentirse poseída por su amante, apretando su pelvis contra mi con sus piernas, mientras sus manos se aferraban a mi espalda, en un bombeo que no demoró mucho en llevarla a una nueva serie de orgasmos que en mi verga se sentían como palpitaciones.
La incorporé con ayuda de su marido, quien en su mirada denotaba lujuria, y la colocamos en cuatro sobre la cama, para penetrarla de perrito con toda mi fuerza, mientras él ya se masturbaba, de pie, a un costado de la cama, a lo que ella, en algún momento, lo jaló para darle un beso profundo, compartiendo el sabor de la verga que minutos antes había devorado, para separarse y entregar por completo sus nalgas, tendiendo su pecho sobre la cama, mientras yo me despachaba a gusto, dándole nalgadas que, entre la humedad y la fuerza, seguro resonaban en las cercanías.
Tras una serie de nuevos orgasmos, con ella así, le dí sexo oral de nueva cuenta, más por mera lujuria personal que por darle placer, pues sus jugos chorreaban y, ante tal manjar, también le dí lengua por el culo, abriendo sus nalgas para lamer cuanto pudiera.
Coloqué sus pies sobre mis hombros y así la penetré, alternando sus pies entre uno y otro, en un empuje que, sin darnos cuenta, ya nos tenía a los dos sobre la cama, así que aproveché para colocarla de lado, mientras sujetaba su pierna izquierda para penetrarla, asegurándome que viera de frente a su marido hasta llevarla al orgasmo de nueva cuenta.
Así, llegó el momento de refrescarnos, por lo que su cornudo nos acercó un par de toallas para secarnos el sudor que, en su piel bien humectada, resbalaba cristalinamente.
Brindamos por el placer de una velada que continuaría con un cachondeo con ella de pie, desnuda frente a su marido, entregándose a mis caricias que la llevaron a abrazar al cornudo, mientras le preparaba el culo, con ella desnudando a su pareja, para darle una golosa mamada mientras se entregaba a las delicias del placer anal, llevándola de nuevo a la cama, para que me montara mientras devoraba la verga de quien fuera nuestro espectador.
Tras un explosivo orgasmo que baño mi abdomen, se recostó sobre mi pecho para tomar aire, para incorporarse y girar, montando mi verga con su culo, dándome la espalda, mientras le decía a su marido que quería las dos vergas adentro, por lo que se acomodó abriendo las piernas, aprovechando él para lamerle la panocha antes de dejársela ir, en una doble penetración en la que ella marcaba el ritmo y, al pedirnos intercambiar lugares, me arrancó el condón para penetrarla así, al natural, segura de que no me vendría sin avisar.
Mantuvimos el ritmo y, de manera casi intuitiva, ambos machos colocamos nuestras piernas en tijera, boca arriba, mientras ella sujetaba nuestros penes y, traviesa, los recorría con sus manos mientras los acomodaba para hacer una doble vaginal, algo que platicamos previamente y que, con la ocasión ante sí, decidió llevar a la práctica, disfrutando cada milímetro de carne dentro de ella, cabalgando con delicadeza y fuerza para no interrumpir el placer que la llenaba, el cual expresaba con gemidos y voces cada vez más intensos hasta llegar al orgasmo que, una vez concluido, la llevó a recostarse mientras mamaba la verga de su marido, la cual no soltó hasta que le sacó la leche mientras yo tomaba aire, me refrescaba con un trago y, tras recuperar fuerza, la penetraba por el culo.
Una vez sacó la leche de su marido, con el semen escurriendo en su rostro, lo besó, a la vez que ambos embarraban la leche en sus tetas y ella tomaba mi verga para meterla en su vagina, apretando hasta que no derramé todo mi néctar dentro de ella, situación que él no dejó pasar para lamer su sexo y penetrarla, removiendo mientras ella me limpiaba la verga con su lengua para luego fundirse ambos en un beso profundo de lujuria y complicidad.
Desacansamos un rato y continuamos la velada hasta que la luz del otro día se asomaba por entre las cortinas, así que nos despedimos tras ducharnos, retirándose ellos mientras yo me quedé a descansar un poco de tan demandante faena.
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