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Historias y Relatos Swinger
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ANECDOTARIO: Alan y el trono del rey.
Mi nombre es Emma, y descubrí el placer carnal del sexo desde muy pequeña. Al inicio, como cualquier imberbe mocoso, mi placer no tenía nombre, ni forma, ni orientación sexual o prejuicios, sólo era el celestial goce del inocente rozar de mi sexo con mis manos al bañarme, o el frotar de la almohada curiosa entre mis piernas antes de conciliar el sueño.
En aquellos tiempos descubrí también que me gustaba mi vecina Fanny, aquella con quien compartía juegos de barbies, la tutsi pop y miradas dulces que hacían mojar mi entrepierna. Sus delicados labios, su cabello lacio y castaño, sus mejillas de color rosa eterno y su aliento de fresa me hacían estremecer, tanto como Raúl, quien vivía en frente de mi casa y era mayor que nosotras por escasos tres años. De Raúl me encantaba la chispa de sus ojos negros y la comisura en su sonrisa. Sonrisa que, junto a sus abrazos, humedecían mi sexo al grado de querer devorar sus labios a besos cada que lo veía regresar de la escuela.
Así transcurrieron los años, con mi vulva caliente, la curiosidad saciada y mi virginidad intacta, hambrienta y atenta de cualquier ente que emanara sexualidad. Hasta que un día no pude contenerme más y decidí conseguir mi primera vez.
Cuando escogí a Alan para que fuera él quien me desvirgara estábamos en una fiesta. Mi mejor amigo me lo presentó mientras las copas de whisky barato deambulaban por debajo del agua entre los invitados. Desde un inicio me pareció encantador su léxico. Alan era el chico lindo de la escuela, lo había visto un par de veces jugando fútbol y sonriendo coquetamente a las chicas de semestres abajo. Me gustaba su seguridad, pero me gustaba aún más verlo desviar la mirada cuando me encontraba mirándolo fijamente como quien mira a su presa. 1.75 m, cabello negro y lacio, nalgas redondas y paradas por el deporte, sonrisa grande de iluminados dientes y una conversación tan interesante como el hermoso lunar que descubrí en la punta de su glande esa misma noche de fiesta, cuando entre copas, miradas y juegos, nos besamos y terminé dándole mi primer oral, y él, terminó regalándome la primera imagen de los ojos de un hombre envueltos en éxtasis a punto de venirse. Fuimos interrumpidos. La noche siguió y mi papá pasó por mi. Me despedí con un beso en la mejilla que aún sabía a su líquido pre seminal. Intercambiamos números telefónicos con la promesa de escribirnos pronto para volver a encontrarnos.
Cuatro días pasaron para que contestara sus mensajes. Debo confesar que desde entonces y hasta el día de hoy, mi mente siempre ha sido presa de cien remolinos de ideas que navegan entre palabras, formas, figuras y personajes. Y es así, que las cosas del aquí y ahora a veces me parecen tan vanas, que decido dejarlas pasar y postergar cualquier encuentro con la realidad frívola. Pero bueno, regreso. Alan había escrito: "Hola, me la pasé increíble a tu lado, me encantaste desde la primera vez que te vi en la escuela, y aún no creo que te haya gustado tanto como ya me gustabas tú". "Supongo estás ocupada, no quiero importunar, que tengas un lindo día". "Te vi en la escuela pero no supe si hablarte, ¿pasó algo?". "Oye, si dije o hice algo que te incomodara lo siento". "Realmente espero que podamos volver a hablar y vernos, me gustas mucho".
Es increíble como los hombres a veces tienden a ser tan inseguros cuando se sienten vulnerables. Contesté: "Lamento no haber escrito antes, a veces soy un tanto dispersa. Yo también me la pasé muy bien, besas muy rico, tus nalgas son hermosas y el lunar en tu pene me encantó. ¿Podemos vernos en la noche en tu casa? ¿Crees que alguien se de cuenta?". Su respuesta inmediata fue un sí.
La cita estaba hecha, 12:30 de la madrugada, mientras todos dormirían, Alan me esperaría silencioso en la puerta de su casa, tendríamos que quedarnos en la planta baja y ser muy cautelosos, su hermano mayor o sus padres podrían bajar en medio de la noche y descubrir el asecho.
Me dispuse a darme una ducha cerca de las 11:30 pm, mi vagina recién depilada no podía dejar de emanar esa miel dulce que cientos de veces yo misma había probado intentando saciar mis fantasías. Mis pezones oscuros como el ébano estaban tan duros como rocas, y mi piel, mi piel era una brasa infernal que convertía el agua en vapor cuando esta rodaba por mi cuerpo. Sin lugar a dudas, estaba lista para saciar mis deseos más bajos.
Vestí mi aún virginal figura con un pequeño vestido negro y unas pantis de encaje que serían mis cómplices, di un toque floral a mi cuello con un sutil perfume y resalté mis carnosos labios con el carmesí del labial que me había regalado mi madre semanas atrás. Salí de casa escabullida entre la oscuridad de la fría noche, con mis bragas mojadas y el corazón agitado. Mis pezones rozaban el vestido negro y me brindaban pequeños choques eléctricos que recorrían desde mi clítoris hasta mi cerebro. Caminé silenciosa un par de cuadras al encuentro de mi primera vez. Ahí estaba Alan, esperando con su bella sonrisa y el chandal gris con el que tanto me encantaba verlo, y que esa noche, hacía lucir de maravilla el bulto en su entrepierna.
"Pasa", murmuró nervioso y coqueto mientras me tomaba de la mano para dirigirme a su sala. Los besos no esperaron y comenzaron a reavivar la lujuria, sus labios suaves embonaban perfectos con los míos, y el tibio vaho de su boca contrastaba sublime con la luna fresca que entraba por la ventana. Sus manos inexpertas pero de paso firme fueron descubriendo rápidamente mi cuerpo a la par que las mías hacían lo propio con el suyo. Las prendas caían distraídas mientras seguíamos fundidos en un beso interminable que nos hacía explorar nuestras pieles. Su espalda dura y marcada, la cicatriz en su barbilla que tan cachonda me había puesto desde que la conocí en aquel primer beso, su verga dura queriendo reventar la ropa y perforarme de una vez por todas. Mi cabello rizado era suyo, sus manos me empezaban a moldear y jalar a su antojo. Mis bragas cayeron, y al hacerlo, él descubrió por fin la parte de abajo de su cintura. Su miembro largo delgado y duro como un mástil apareció, parecía tener vida propia dando ligeros movimientos involuntarios que me parecieron sumamente sensuales. El roce de su carne viril con el manantial de mi sexo era un deleite, no podía esperar más. Atinó a buscar un preservativo que hizo a bien tener dispuesto, y me llevó al baño caminando por delante para poder rozarme las nalgas con su falo.
Alan tomó asiento en el trono cual rey que espera a su reina. Yo, con el corazón como un tren y mi deseo seguro, fui directa a tomar su báculo caliente, abrir mis piernas y empalarme poco a poco hasta que devoré cada centímetro de su verga. Sus besos y mis jugos hicieron lo suyo, mi excitación estaba al máximo límite que conocía hasta ese momento y el dolor de la primera vez pasó a segundo plano. Su hierro hirviente había destrozado mi virginidad y no podía estar más feliz por ello, sentía su cuerpo fundirse al mío y tocar mis entrañas. Me sentía poderosa y con una energía nunca antes experimentada. Cogimos hasta deshidratarnos, nuestro sudor pasó a ser sólo uno más de los fluidos que salpicaban aquel pequeño cuarto. El primer orgasmo llegó, sin aviso, estremeciéndome toda y enmudeciendo mi garganta ante el temor de ser descubierta. Seguí montando, queriendo más, más profundo. Mientras me seguía llenando de verga sus abrían mis nalgas y un par de dedos atrevidos empezaron a hurgar mi ano con deleite. El segundo orgasmo llegó con su verga en lo profundo y un dedo penetrando mi recto. Nos besamos. El ahora ligero sabor amargo de su saliva por la deshidratación me parecía perversamente elocuente con la situación. Continuamos halándonos, estrujándonos mutuamente con frenesí, hasta que lo sentí apretar la mandíbula y respirar agitado, fue entonces que volví a ver en su rostro aquella imagen de quien estaba a punto de venirse y sabía que debía hacer. Me separé de inmediato, lo paré, quité rápidamente el preservativo y me hinqué a mamar y buscar mi premio. Su pene estaba a punto de reventar, el aroma mezcla de sudor, sexo y sangre me hizo elevar aún mas mi temperatura. Alan me tomó del cabello y hundió su verga lo más profundo que pudo justo en el momento que lanzaba un gemido sordo y depositaba el primer chorro de su néctar en lo profundo de mi garganta. Lo saqué, me estaba ahogando, el segundo disparo atinó mi rostro y mis rizos. Uno más, esta vez mis labios, cuello y tetas fueron bautizados. Mi tercer orgasmo llegó con mis dedos en mi sexo y bañada en leche. Esparcí su miel aún tibia por mi rostro y mi cuerpo. Me puse de pie, lo besé tiernamente aún con su semen en mis labios y nos gustó el sabor. Le dije al oído que era hora de irme a casa. Me vestí y dejé en silencio aquel lugar que pronto me vería regresar.
Espero les haya gustado.
Gracias por sus comentarios.
Emma.
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