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Las Medias de Priscila
Eran las tres de la tarde cuando salí de la máxima casa de estudios, acá por Los Reyes Iztacala, municipio de Tlalnepantla, Estado de México. Tomé mi patas de hule y partí rumbo a la ciudad de México. Con toda la suerte del mundo la encontré a tan sólo dos calles; y cuando pase junto a ella nos sonreímos espontáneamente. “Achis, achis” pensé. La vi por el espejo retrovisor y seguía sonriéndome. En cuanto pude, di vuelta en “U” y al estar de frente, alcancé a leer “hola” en sus labios. Volví a dar otra vuelta en “U” y me detuve a su lado para preguntarle: “te puedo invitar un refresco” y me respondió: “mejor dame un aventón al parque, junto al lienzo charro”. Al llegar al lugar, se bajo a comprar verduras a una recaudería, y antes de descender, me dio un rico beso juntito a la boca. “Espérame aquí” me dijo. Al regresar me pidió llevarla a su casa, y pues por quedar bien, acepté llevarla. Se bajo y me dijo que la esperara, la verdad no pensé que fuera a regresar; pero finalmente volvió. “Ahora sí, vamos a donde quieras”, me dijo. Sólo que nada más tienes media hora, sólo eso. Regresé a la universidad y me fui hasta el final del estacionamiento. Nos pasamos al asiento de atrás y nos empezamos a cachondear con un sabroso beso. Cuando mis labios se posaron sobre los suyos, mi lengua se adentro a buscar su lengua, y al encontrarse se acariciaron con lujuria y pasión. Pensé en quitarle la blusa; pero se me adelantó y dejo de besarme para quitársela ella sola, como leyendo mi pensamiento. Y como no traía sostén, ante mis ojos aparecieron sus hermosas chiches pequeñas y morenas. A sus dieciocho años, mostraba unas tetas turgentes con unos pezones exaltados por la excitación. Me fui a lamer su teta derecha. Primero lamía desde donde nace su melón hasta la punta de su pezón. Después chupaba su seno, metiéndolo lo más que podía a mi boca. Finalmente le daba lengüetazos a su hermoso y erguido pezón; claramente podía sentir sus protuberancias mientras mi lengua exploraba ansiosamente sus aureolas con sus coronas. “Si, así, chúpalo” jadeaba Priscila. Y me fui a hacer lo mismo a su teta izquierda. Luego me puse de rodillas frente a Priscila, dejándola entre mis piernas, para que mi camote quedara a la altura de su cara. Sobó mi chile por encima de mi pantalón y bajo en cierre para liberar y observar por un instante mi verga parada. “Me gusta ver cuando sale agüita de la cabeza” dijo. Tomó mi miembro y empezó a saborear el líquido seminal que emanaba de la cabeza. Besó y lamio la cabeza de mi falo, abrió su boquita y empezó a engullir mi verga. Se metió mi palo lo más que pudo. Sacó mi pene de su boca y empezó a lamer lentamente lo largo de mi tronco con su lengua. Cerré los ojos por un momento para disfrutar al máximo aquella mamada; al abrir los ojos vi que su cabeza subía y bajaba rápidamente aprisionando mi verga entre sus carnosos labios. Cuando la chupada de plátano se hizo más rápida, la puse en el asiento a cuatro patas, con su cabeza pegada a la ventanilla. Empinada en el asiento; me fui a lamer sus nalgas saboreando al máximo su trasero juvenil. Las lamidas se fueron haciendo más firmes y más lentas mientras más me acercaba a su pucha. La punta de mi lengua alcanzó los labios mayores y los recorrió un buen rato, bueno acariciaba lo que la posición me permitía. El aroma a sexo que su rajada emanaba, aumentaba el pacer que sentía al tener su sexo al alcance de mi boca. Fue en ése momento que metí mi dedo índice de la mano derecha en su osito; lo metí con mi yema hacia abajo, tratando de alcanzar su punto G, como si quisiera sobar su monte de Venus por dentro de su cuevita. Me perdí en su osito un buen rato, hasta que la escuche decir, “me vengo, me vengo”. Luego de su primer orgasmo, deje de dedearla y me puse detrás de ella para penetrarla; fue una posición muy cachonda, ya que mis piernas estaban justo detrás de las suyas, sus nalguitas chocaban con mi pelvis y mi torso se ajustaba a su espalda. Tenía que estar pegadito a ella y empezar a cogérmela muy lentamente, para que el carro no se moviera y nos fueran a cachar. Puse mi reata en su papaya y empuje mi tranca adentro de su bizcocho. De hecho, sólo podía mover mis nalgas de atrás hacia adelante para dirigir mi verga por la posición en que estábamos. Fue raro, pero sabroso, coger así. Saber que no puedes acelerar las embestidas estando tan caliente. Después de un rato de estar cogiendo en ésa posición, le pedí a Priscila que se masturbara; y así lo hizo. Cuando la escuché gemir, saque mi pito y deje caer saliva en su apretadito culo y mi trozo de carne apareció en la entrada de su asterisco, y se fue metiendo muy despacio, hasta estar adentro de aquel canal. Los gemidos de Priscila se hicieron más intensos, señal de que estaba disfrutando la culeada de mi trozo de carne. Mi vara entraba y salía de su culo, sentía cachondisimo cuando mis güevos tocaban sus nalguitas. La culeada duro un rato más; no mucho, pues ya mi verga se empezaba a poner más caliente y más dura. En las últimas embestidas, mi fierro salía casi por completo de su culo, y volvía a entrar hasta sentir de nuevo mis tanates en su sexo. Era una culeada muy riquísima, pues al ver que nos podían cachar por el movimiento del carro, las embestidas tenían que ser lentas. Es una sensación extraña, estar bien caliente y no poder coger a lo que da tu instinto. De los labios de mi joven amante se volvió a escuchar un quejido de desahogo, “agh, me estoy viniendo de nuevo”, cosa que me éxito tanto, que mis mecos salieron libres e inundaron su apretado culo. Luego de vestirnos volvimos a darnos un riquísimo beso, esta vez fue muy tierno, pues había agradecimiento por ambas partes. Nos vestimos y la fui a dejar cerca de su casa. Luego de un tiempo nos volvimos a ver, y por supuesto, también me dio otra media hora. Pero, ésa es una historia que ya contaré en otra ocasión. Cualquier comentario a mi correo electrónico. [email protected]
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