Historias y Relatos Swinger

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Un recuerdo delicioso

La historia que a continuación relato, tuvo lugar con una deliciosa dama que conocí en el chat de este sitio una afortunada noche hace ya bastante tiempo y todo comenzó con un saludo que llevó a una charla por demás interesante y cachonda, la cual anunciaba desde ese momento, el delicioso encuentro que tiempo después tendría con tan exquisita mujer.

  Después de un par de conversaciones, increíblemente candentes, la idea de conocernos y llevar a cabo todas esas cosas que, en fantasiosas y ardientes charlas nos decíamos y mostrábamos, se fue fraguando en mi mente (y ahora sé que también en la de ella) y comencé a decirle lo mucho que se me antojaría conocerla y tomar una copa o un café con ella. Debo confesar que, a pesar de que cuando le mencionaba la idea ella decía: -Sí, sería rico-, mi primer invitación para conocernos en un lugar público fue sutilmente rechazada, no con el rechazo de quien en realidad no quiere hacerlo, sino con una cachondísima timidez y nerviosismo, y el recelo también de alguna mala experiencia previa, pero esto, lejos de desilusionarme me alentó más, esa sensualidad detrás de sus charlas, fogosidades y nerviosismo se me hacía excitante.

  Por fin, un día, en medio de muy cachonda sesión en la que ella confesó estar abundantemente mojada, le volví a proponer vernos y ella simplemente dijo: -Sí, quiero-. Esa cita fue más que para conocernos y ver si había química, para acordar el día, la hora y lugar del encuentro en que por fin realizaríamos todo aquello con lo que habíamos venido fantaseando. Está por demás decir que no faltaron los intensos besos, fajes y manoseos discretos pero que contenían toda la carga de intenso deseo que sentíamos ya el uno por el otro.

  El día tan esperado llego, y nos fuimos a una casita con alberca que conseguimos para estar solos todo un fin de semana. Desde que íbamos en camino no dejábamos de besarnos, acariciarnos y decirnos cosas deliciosas y cachondas que nos haríamos el uno al otro nomás llegar a nuestra sensual guarida.

 Tan sólo entrar y cerrar la puerta tras nosotros, ella se aferra a mí y comienza a besarme con una deliciosa intensidad que me dejó sin aliento, mientras bajaba su mano buscando mi ya durísimo miembro, deseoso de ella, acto seguido, ella se hinca frente a mí para recorrer con ricas y leves mordidas toda la longitud de mi falo que se marcaba intensamente sobre la tela de mi pantalón, para luego levantarse dándome la espalda y caminar hacia la alberca a la cual, sin más, se lanzó con todo y ropa, la cual consistía de una blusa delgada y una faldita corta que, al salir de la alberca, se le marcaba a su riquísima silueta y que ella, de inmediato, se quitó frente a mí, y con una tanguita muy sexy y su blusa que dejaba ver sus riquísimos pezones, pues no llevaba brassiere, se aproximó nuevamente a mí para volverme a besar y comenzar a desvestirme lentamente, prenda por prenda, hasta dejarme totalmente desnudo y poder así, acariciar el miembro que, me confesaba al oído, tanto había soñado con tenerlo dentro de cada uno de sus huequitos. Es de imaginar que ésta, y cada una de sus acciones, subían mi temperatura exponencialmente y yo deseaba poseerla completa, saborearla sin recato, pero cada vez que ella actuaba, yo sólo podía quedar a la expectativa de qué delicia vendría de nuevo, y esperar; espera que valió enormemente la pena.

  Luego de susurrar a mi oído tan cachondas palabras, me pidió sentarme en una silla junto a la alberca para ella luego ir a la puerta de la entrada por una botella de vino que habíamos traído y servir dos copas y brindar juntos, "por un fin de semana inolvidablemente delicioso", y así fue...

 Ella comenzó a atar mis manos y pies a la silla con su falda mojada y mi ropa de la cual me desnudó, se levantó frente a mí y me dijo: -Quiero que te quedes sentado y disfrutes viendo y sintiendo cómo te disfruto yo a ti- para luego, terminar de desvestirse completamente frente a mí y luego, inclinarse sobre la silla para besarme mientras acariciaba muy suavemente mi endurecido tronco y decirme al oído: -la tienes deliciosa y te la voy a mamar bien rico, papito-; si yo ya estaba cachondo, esa frase me hizo hervir hasta el semen que se acumulaba estrepitosamente en mí; y así, pude por fin sentir esa lengua, esos labios, esa boca que tan repetidas veces prometía darme un delicioso sexo oral, y la realidad superaba las expectativas. Ella recorría mi tronco con su lengua, de arriba a abajo, con una suavidad y pericia magistrales, y envolvía la punta de mi falo con sus labios para luego succionarme casi por completo y, mientras me encontraba dentro de su boca, jugar con su lengua sobre cada pedazo de mi miembro, para luego extraerlo y volver a recorrerlo con su lengua y sus labios. En un momento, ella está lamiéndome muy delicioso cuando me dice con una voz tan sensual: -Mi cielo, tienes una verga bien sabrosa y ahora es toda mía-, y así, comienza a succionarme la cabecita al tiempo que, con sus delicadas y suaves manos, me acaricia los huevos de una manera tan rica que por poco me hace explotar, pero ella, al notarlo, me dice que no me va a dejar acabar tan rápido, y así, sin más, se voltea y se vuelve a meter a la alberca, dejándome ahí, amarrado y con ganas de ella. Desde la alberca, comienza a hablarme de cualquier cosa: que si el trabajo, que si el cielo, que si el tráfico, cualquier cosa con tal de distraerme y hacer que aquella calentura que me había provocado, volviera a un límite en el que ella pudiera seguir con su delicioso juego que me estaba fascinando.

 Al salir de la alberca, y así, toda mojada, vuelve hacia mí, toma su copa y, antes de beberla, me dice: -¡salud!-, con la picardía de a quien le gusta la idea de estar en control. Vuelve a acercarse para besarme con esos besos tan deliciosos que ella da, pero en esta ocasión, se sienta sobre mi mano, poniendo su riquísima conchita a mi alcance para entonces decirme: -¿ya viste cómo me tienes también tú a mí, amor?-, e inevitablemente comienzo a frotar su deliciosa vulvita con mis dedos, poniendo su clítoris entre mis dedos para jalárselo suavemente y sentir cómo respinga entre mis dedos mientras voy sintiendo cómo sus labios se van poniendo fríos mientras nos besamos y comienza a jadear y gemir muy sensualmente. No puedo evitar decirle: -Mi reina, de verdad NECESITO comerme ese delicioso bizcochito que tienes entre tus ricos muslos-, y ella, complacientemente, se para a un lado de la silla y sube una de sus piernas a la cabecera, del otro lado de mi cabeza dejando expuesto frente a mí, ese sexo tan delicioso y que tantas veces había yo deseado tener para mí, y ahí lo tenía, listo para recibir mi lengua, la cual no se hizo esperar, pues de inmediato, comencé a lamer alrededor de su tan sabrosa vulva, mordisqueando sus ingles ocasionalmente, viendo cómo ella comenzaba a mover sus caderas, como exigiendo que ya me la comiera entera, pero yo estaba dispuesto a devolverle el favor de ir poco a poco y hacerla llegar al límite del deseo, por lo que, succionaba delicadamente sus labios, evitando tocar la entrada de su conchita o su clítoris, y con mis labios y lengua, separaba esos labiecitos sabrosos viendo cómo su sexo iba aflorando más y más frente a mí. ¡Cómo disfruté percibir su cachondo aroma, intensificándose con cada toque de mi lengua o labios! ¡Su aroma era exquisito! Su sabor seguramente lo sería más, así que comencé por llevar la punta de mi lengua a la entrada de su palpitante puchita para poder saborear sus jugos que ya se derramaban abundantemente... ¡¡Qué delicia de sabor!! Yo sólo quería probar más y más de ese exquisito néctar que se decantaba sobre mi lengua con cada viaje que ella hacía a la entrada de su delicioso manjar; cuando la escucho gemir: -Ya, mi amor, ¡¡ya chúpamela toda!!-, así que, llevando la punta de mi lengua ahora al borde de su clítoris, le pregunto: -¿Es esto lo que quieres, mi reina?-, y ella responde con un sonoro gemido que se parece a un "sí", pero yo sólo paso rozando su botoncito con mi lengua, y en cada roce, ella suspira con tono de deseo, y así, poco a poco, el roce se convierte en tacto, y el tacto en lamidas, moviendo mi lengua de arriba a abajo, de lado a lado, en círculos, sin dejar de, ocasionalmente, llevarla hasta el fondo de su panochita para recojer sus mieles y barnizar con ellas toda la extensión de su delicioso sexo y entonces decirle: -Esta puchita es un manjar y ahora es toda mía, mi vida sabrosa- para luego, poner su clítoris entre mis labios y succionarlo suavemente al tiempo que mi lengua lo frota dentro de mi boca y mis dedos se sumergen en su abundantemente empapado sexo y escucharla gemir, casi gritar, diciendo: -¡Ay, no, amor, no! ¡me vengo, me vengo!-, lo que para mí es la señal de detenerme completamente y ver cómo se queda frente a mí, con sus caderas revolviéndose frenéticamente y sus rodillas tan dobladas que difícilmente ya puede sostenerse de pie, por lo que, baja la pierna de la silla y se deja caer al piso, jadeante, con su carita ruborizada de lo cachonda que ya está; me voltea a ver, con complicidad, para decirme: -No me dejaste venir, ¡eres un canijo, ricura!- y ambos reímos.

Ella se va nuevamente a la alberca diciendo que en verdad necesita enfriarse mucho. Nada de un lado a otro mientras platica conmigo, desde mi silla y se sirve más vino y me da a beber también a mí, y la charla vuelve al curso de nuestras habituales conversaciones en línea, lo cual va poniéndonos cachondos nuevamente y ella vuelve a besarme, ahora sentada sobre mis rodillas, mientras acaricia mi cara, mi cabeza y mi pecho y en un momento me vuelve a susurrar: -Quiero que me cojas bien rico, amor-, e inmediatamente se coloca sobre la punta de mi pene, para manipularlo y guiarlo hacia la entrada de su hermoso pedazo de gloria, donde comienza a mover sus caderas en círculos, no dejando que entre más de la mitad de mi palpitante falo en ella, y poco a poco, se va sentando en él, muy lentamente, y cuando llega hasta el fondo, se queda ahí, quieta,para sólo besarme y susurrarme cosas muy cachondas al oído, lo cual yo correspondo... Nos estamos disfrutando mucho y yo, dejo de fingir que no puedo desatarme para poder acariciar ese encanto de cuerpo que tiene, sobando sus pechos exquisitos, succionando sus pezones y apretando sus preciosas nalgas mientras le empujo la verga lo más adentro que pueda entrar, metiendo instintivamente, uno de mis dedos en su exquisito culito (la verdad es que no soy muy fan del sexo anal pero ella tiene un culito tan delicioso que no sé qué me provoca que no puedo dejar de desear cojerlo, y hacerlo); y así nos estuvimos largo rato, sin dejarnos llegar nunca al clímax, sino mucho tiempo después.

Fue un fin de semana en sobre manera delicioso, disfrutándonos de mil formas, haciendo pausas antes de llegar al orgasmo para comer, nadar, charlar,dormimos un poco también ¡jaja!, pero esas otras tantas cosas las dejaré quizá para otro u otros relatos, o quizá alguno nuevo si ella quiere que recreemos juntos una nueva aventura, por lo pronto, he disfrutando escribiendo éste, recordando todo lo que hicimos ese día tan delicioso.

  Escribo este relato para ti, ricurita, que sé que lo leerás y te acordarás de las delicias que hemos hecho juntos. ¡Gracias, ricura sabrosa!



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