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Historias y Relatos Swinger

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En la librería

Me encontraba caminando del brazo de mi esposa por el Eje Central Lázaro Cárdenas, habíamos estado recorriendo las tiendas deportivas para comprar unos tenis para ella, pero después de recorrer todas las tiendas, no se había decidido por ninguno y sugirió que fuéramos a comer algo antes de regresar y comprar algún par por fin.

Fuimos a un restaurant chino de buffet que se encuentra sobre la calle 16 de septiembre. El camarero nos ofreció una mesa y pedimos un par de cervezas oscuras, con la finalidad de mitigar el calor. Durante la comida bebimos otras más y a las cuales les siguieron otras tantas.

Cuando salimos del restaurant ya sentíamos el efecto del alcohol, se le notaba en las mejillas a mi esposa, y a mí un poco en la voz. Decidimos caminar un rato antes de ir a comprar los tenis, para mitigar un poco la borrachera. Regresamos sobre nuestros pasos. Fuimos a dar a una librería que se encuentra sobre Venustiano Carranza y decidimos entrar a curiosear.

Estuvimos recorriendo los estantes sin buscar nada en específico, mi esposa se metió en la parte de atrás en donde se encuentran las novelas de suspenso, y empezó a ver algunos títulos y leer algunas contraportadas sin mucho interés al parecer, pues dejaba el libro en su lugar después de un par de líneas.

Yo me encontraba en la primera sala de la librería, viendo algunos títulos que se veían interesantes, cuando entró un grupo de estudiantes, entre ellos iba una chica muy linda, delgada y de pelo largo, hermosas caderas y muslos torneados que se marcaba al caminar sobre la falda, traía tacones y resonaban en la estancia a cada paso que daba.

No pude quitarle la vista durante varios segundos, reía más alto que sus amigas, y caminaba rápidamente de una mesa a otra, como si buscara algún título en específico, se siguió a la parte de atrás donde se encontraba mi esposa y paseo entre las mesas. Sus amigas se habían quedado en la misma sección que yo, una sala antes.

Caminé hacia una de las mesas donde había una pila de libros de los que no recuerdo sus títulos porque no me interesaba en los más mínimo, quería echarle otro vistazo a la jovencita de la falda. Empecé a tomarlos al azar, con la finalidad de disimular mis miradas que caían constantemente sobre la joven.

Ella curioseaba entre los estantes, y caminaba entre los pasillos que formaban las mesas, sus pequeños pechos rebotaban en el interior de su blusa blanca y su falda se movía haciendo vuelo en cada uno de sus pasos. Entre el ir y venir llegó a la parte en donde se encontraba mi esposa, se paró en el lado opuesto de la mesa y comenzó a tomar algunos libros.

Mi esposa volteó a verla y después me miró a mí. Se dio cuenta que miraba la muchacha, sólo se sonrío y movió la cabeza, dándome a entender que no tenía remedio. Tomé otro libro de los que estaban sobre la mesa para disimular un poco, pero sin perder de vista a la muchacha.

Ella rodeó la mesa y se acercó al estante que se encontraba detrás de mi esposa, a la cual empujó levemente con su trasero. Mi esposa sólo volteó, se sonrieron y le dejó el paso para que tomara el libro que había llamado su atención. Mi esposa siguió viendo algunos títulos y la muchacha se quedó allí, parada a su lado leyendo la contraportada del libro.

Al parecer no era de su gusto, volvió a dejar el libro en su lugar, e intentó pasar detrás de mi esposa, el pasillo era muy pequeño. La jovencita le dijo que no era necesario que se quitara, la tomó de los hombros y pasó detrás de ella, apoyando sus pechos en la espalda de mi mujer, se volvieron a mirar y se sonrieron una vez más.

Una vez que se pasó del otro lado, tomo otro libro y comenzó a leer la contraportada. Uno de los empleados de la librería se acercó para preguntarle si podía ayudarle en la búsqueda de algún título, al perecer le dijo que no porque el empleado se alejó nuevamente. Entre tomar un libro y otro, se acercó nuevamente a mi esposa hasta que se encontraron otra vez muy juntas, pero sin tocarse.

Mi esposa se dio cuenta y volteó a verme, me hice el disimulado leyendo la contraportada del libro que tenía en la mano, no quería inmiscuirme en el asunto, prefería mirar, me comenzaba a parecer divertida la situación. La jovencita dio otro pasito y quedó parada justo detrás de mi esposa, ella volteo, se sonrieron, intercambiaron algunas palabras, y volvieron a sus lecturas, pero no se movieron, sus traseros se encontraban para esos momentos completamente en contacto.

Después de unos instantes, la jovencita se volteó con un libro en la mano y le preguntó algunas cosas a mi mujer. El libro que llevaba en la mano, lo puso sobre el que estaba leyendo mi esposa y señalaba algunas líneas, la muchachita recargaba su pecho sobre el hombro de mi mujer y le hablaba muy pegadito al rostro al parecer, intentando leer las mismas letras que mi esposa.

Ella no se movió, por el contrario, se veía muy cómoda con la situación y hablaba con ella, mientras tanto, yo tomé otro libro que estaba en la mesa y comencé a verlo sin perder detalle de la escena que se desarrollaba en la otra sala.

Después de unos breves instantes, la muchacha puso el libro en su lugar y tomó uno de la mesa, volvió a ponerlo sobre el libro que tenía en las manos mi mujer, y le preguntó algunas cosas, y recargó su pecho en el hombro de mi mujer. Ésta vez abrieron el libro, y recorrieron algunas páginas al parecer buscando algo.

De vez en vez, se volteaban a ver, sus rostros quedaban de frente, muy juntos, pero parecían no incomodarse por ello, se decían algunas palabras y se sonreían. La muchacha pasaba las hojas del libro, y en cada movimiento rosaba el pecho de mi mujer. Pude ver, desde donde me encontraba, como se encendían las mejillas de mi esposa.

La joven señaló algo sobre una de las páginas y mi esposa comenzó a leerla en voz alta. La chica miraba con fijeza los labios de mi esposa, como tratando de evitar que alguna de sus palabras escapara de su atención. La mano de la chica se encontraba sobre la de mi esposa, y entre ambas sostenían el libro.

Cuando mi esposa terminó de leer, volteó a verla y en ésta ocasión, sus rostros quedaron muy juntos, a punto de besarse, las dos se miraban con intensidad, comenzaron a acercarse poco a poco. A mí se me resbaló el libro que tenía en las manos, haciendo un fuerte escándalo al golpear en la duela de la sala en que me encontraba.

Las amigas de la chica voltearon a verme y soltaron algunas risas. Cuando levanté la vista para ver cómo habían reaccionado mi esposa y la jovencita, ví que sólo se habían separado un poco y ambas se miraban con picardía y soltaron una risita nerviosa.

Alguna de las chicas que se encontraba en la misma sala que yo le gritó a su amiga para avisarle que era momento de irse. La joven asintió, tomó entre sus manos las de mi esposa, las recargó en el pecho, y la beso en la mejilla, le agradeció su atención y se despidió de ella.

Levanté el libro y lo puse sobre la mesa, la chica pasó junto a mí y me vio con una mirada cargada de reproche, me sonrojé y bajé la mirada, mi esposa después de unos minutos se acercó a mí, muy contenta, me tomó del brazo y salimos de la librera. De camino, sin voltear a verme, con la vista clavada en la lejanía me dijo

A menta.

¿A menta qué. . .?, le pregunté extrañado.

Sus labios. . . sabían a menta.



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