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La venganza 3era parte

Finalmente, mi marido no pudo permanecer más tiempo despierto. Quedó recostado en su sillón. Me bajé del banco y sin siquiera bajarme el vestido para cubrir mis nalgas me acerqué a Hugo. Con total seguridad le dije: "Ven, acompáñame." y me di la media vuelta para dirigirme a las escaleras. A punto de subir el primer escalón, les pedí a Paco y a Luis que vigilarán a mi marido.
Abrí la puerta de la recámara en la que durante años he hecho el amor con mi esposo. Me acerqué directamente al buró junto a la cabecera de la cama del lado que me corresponde. Saqué una caja de condones y la dejé en el tocador de enfrente. Me senté en la esquina de la cama más cercana a la puerta, a unos pasos de donde Hugo permanecía de pie, observándome con atención. Con gesto de mi mano y mi mirada le ordené que se acercara. Fijé mi vista en su entrepierna y con ayuda de ambas manos deslicé hacia abajo la cremallera de su pantalón. Introduje delicadamente mi mano derecha y hábilmente saqué su verga, la cual empezó a apuntarme hacia la cara. Cubrí con una mano el miembro de Hugo, cerca de su base, y sin presionarla comencé a recorrer mi mano a todo lo largo, en un movimiento continuo. Permanecimos en silencio, en realidad, en ese momento no hacían falta las palabras. Debo confesar que me sorprendió el tamaño final que alcanzó el pene de Hugo. Su aspecto grotesco y venudo entre mis manos finas y delicadas me produjo un escalofrío que no fue de rechazo, sino de atracción animal. Sin perder la seguridad de la que había hecho gala hasta ahora, acerqué mi boca y únicamente introduje la punta. Durante varios minutos, succioné con cuidado, como si de una paleta esférica se tratara, aquel glande de textura lisa y tono oscuro como de ciruela. Al empezar a saborear las primeras gotas de líquido preseminal, reemplacé mi trato suave por uno arrebatado. Sujeté con ambas manos la verga de Hugo y repetidamente traté de engullirla completa, sin éxito alguno.
Sin previo aviso me puse de pie y sin desvestirme me coloqué en cuatro a la orilla de la cama. Estaba lista para recibir a Hugo, yo también estaba "lubricada". Aunque las embestidas de Hugo fueron algo torpes, disfruté mucho sentir otra verga dentro de mí, mucho, muchísimo más larga y gruesa que la de mi marido.
Por momentos venía a mi mente la imagen de mi esposo, dormido, allá abajo en nuestra sala, pero la brutal penetración a la que estaba siendo sometida me hacía olvidarlo, y lo peor de todo, me hacía olvidar el por qué estaba ahí, en nuestra cama, con las nalgas desnudas chocando una y otra vez en la entrepierna de otro hombre, entregada a él. No sabía si sería permanente pero en aquello ya no tenía cabida la venganza, era el placer de sentirme puta.



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