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La venganza. Primera parte

Eran pasadas las 11 de la noche cuando mi marido bebió su quinta copa. Su descoordinación motora y su cansancio eran visibles. Me apuré a prepararle la siguiente copa, esta vez más cargada que las anteriores. Desde mi lugar, detrás de la barra, le incité a demostrarle a sus compañeros de trabajo su tolerancia al alcohol. No fue difícil lograr mi objetivo, los tres (a quienes llamaré Hugo, Paco y Luis) seguían dócilmente mi plan. En realidad ninguno quiso probar mas que refresco. Sin embargo, mi marido seguía atento. Haría falta más tiempo y alcohol para dormirlo. Me senté en el banco alto del mini bar de nuestra casa en medio de Luis y de Paco, con quienes platiqué de cosas sin importancia. Mi marido estaba sentado en frente de mí, compartiendo el sillón y su conversación con Hugo. Al ver que la atención de mi marido hacia mí disminuía, acerqué una mano hacia la entrepierna de Luis. Con seguridad de mi parte y con firmeza, acaricié su pene por encima de la ropa. "Sácalo, y tú también" les susurré a ambos. Entre miradas de complicidad entre los tres compañeros de mi marido y yo, manipulé ambas vergas durante algunos minutos. No fue necesario que las volvieran a cubrir cuando mi marido iba al baño. Su caminar era lento así como sus reacciones. Hasta ese momento nunca le había faltado a mi marido, pero al enterarme de sus infidelidades hacia mí con al menos dos de sus compañeras no tuve opción. El divorcio no me convenía, lo único que podía saciar un poco mi sed de venganza y mi coraje era esto. En días pasados me puse en contacto personal con Hugo, creo que él entendió mi dolor y accedió a mi plan de ponerle los cuernos a mi marido. Quería hacerlo en estas reuniones que mi marido organiza de vez en cuando, era la oportunidad perfecta de pagarle con la misma moneda, en su propia cara. Hugo me hizo ver lo difícil que sería guardar el secreto estando Luis y Paco, quienes no se irían sin él pero en vez de considerarlo un obstáculo vi una oportunidad: se la cobraría a mi marido al triple. Me vestí para la ocasión: de vestido negro arriba de la rodilla que al sentarme deja gran parte de mis muslos al descubierto, y con escote que no deja duda alguna sobre las generosas dimensiones de mis senos. Desde luego, los ganones serían esos tres patanes que desde siempre me habían visto con lujuria. Hasta ese momento de la velada no me quité un sueter largo que cubría mi aspecto vulgar. Le pregunté a mi marido, que ya estaba de vuelta en su sillón, si quería otra copa mientras me despojaba de esa prenda protectora. Como mi marido no reparó en ello interpreté eso como una señal. Me incliné un poco hacia adelante para subir mi vestido y dejar a la vista y al tacto de Luis y Paco mis grandes nalgas. Casi al instante sentí sus manos recorriendo mi culo. Al principio con ciertos titubeos pero rápidamente sustituidos por movimientos cada vez más firmes y cercanos a ese orificio oculto, objeto de los más profundos deseos. Sus manos se alternaban para recorrer de arriba a abajo con sus dedos la línea que separa mis glúteos mientras yo seguía discretamente estimulando sus vergas con mis manos.



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