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Vanessa. Una historia de contradicciones
La sexualidad humana es extensa y profunda. Tan profunda, que corrientes psicológicas le han dado un papel central para la construcción de la personalidad. En términos más simples, la sexualidad se manifiesta en gustos y prácticas muy variadas. Este relato puede resultar a muchos un poco extraño, así como su inicio, pero espero lo disfruten tanto como gocé la experiencia que desvela.
Algunos recordarán que antes de Whatsapp y demás aplicaciones de "redes sociales" existió Messenger. Bien, fue por este medio por el que conocí a Vanessa, una chica TV full. Vanessa tenía, en ese entonces, 19 años, dos menos que yo. Sus casi 1.80 sobrepasaban mi estatura. Delgada, de tez blanca y facciones finas, cabello color cobrizo, con buen gusto -muy difícil de encontrar hoy día-: una muñeca.
Nuestras conversaciones electrónicas y telefónicas pasaron a ser cara a cara casi al mes de conocernos. He de decir que me enamoré -o quizá me obsesioné- desde que la vi salir de su salón de clases. Ambos estudiábamos en la misma universidad pero en distintas facultades, así que lo más práctico para nosotros fue conocernos en el campus universitario.
Sabía que Vanessa era TV pero su belleza, voz, porte y figura me llenaron de duda. Tal vez si la hubiera visto en jeans y blusa habría asimilado más fácil la contradicción, pero el vestido de tono marrón que eligió usar aquel día y sus accesorios discretos acentuaron mi obsesión por ella.
Pasaron casi cuatro meses desde entonces para que Vanessa y yo iniciáramos una "relación", es decir, acordamos ser "novios". He de reconocer que la emoción que me produjo aquella decisión fue real. Me sentí feliz de tener una novia tan "femenina".
Las primeras semanas de novios hacíamos prácticamente lo mismo: salir a comer, visitar un museo, caminar. Lo nuevo fue el cine, pero de besos y caricias en brazos y piernas no pasábamos. En realidad no tenía la iniciativa de proponerle algo más íntimo y ella tampoco.
Al paso del tiempo me fui acostumbrando a mi relación con Vanessa y a sentir un gran cariño hacia ella, tanto que llegué a considerar presentársela a mi familia como mi "novia", pero todo dio un giro inesperado. Una lluviosa tarde de julio Vanessa me dijo: "Te deseo mucho, quiero verte mañana en casa de mis padres. Ellos no estarán, salen de viaje esta noche y regresarán hasta la semana siguiente."
Aunque suene a cliché, jamás vi a Vanessa tan hermosa como aquella vez. El recuerdo de aquel día quedó fijo en mi memoria. Ambos de pie en el centro de la sala de su casa, un delicado olor a naranjo se liberó al dejar caer su vestido. El único rasgo masculino de Vanessa era su pene, largo como sus demás miembros pero muy delgado. Su pene enmarcado por su fina cadera y sus muy blancas y delineadas piernas me recordaba a una hermafrodita.
Vanessa y yo nos "fundimos" en un beso mientras mis manos la recorrían en un lento ir y venir desde su cuello hasta su espalda baja. Poco a poco me fui desnudando y comencé a besar sus pequeños senos. Con sus manos en mi cabeza, Vanessa me fue empujando suavemente hacia abajo. Entendí lo que quería. Sin pensarlo, con una mano metí su miembro en mi boca. Era el primero que saboreaba. Succioné su punta lo más suave que pude y dejé que mi lengua lo recorriera hasta sus diminutos testículos.
Aún soy capaz de rememorar aquella sensación cuando estuve en cuclillas frente a Vanessa y su pene entraba y salía de mi boca de manera intermitente mientras la sujetaba de sus nalgas con ambas manos. Mi pensamiento en aquel momento era que pronto sería yo quien la penetrara.
Después de algunos minutos, Vanessa y yo yacíamos sobre la alfombra. A punto de pedirle que se acostara boca abajo para preparar su culito, fue ella la que me hizo acostar boca arriba para mamar por primera vez mi pene. La sensación era deliciosa, pero estuvo acompañada de la idea de que su maestría al chupar mi miembro era resultado de una reiterada práctica.
Al cabo de un rato Vanessa comenzó a tocar discretamente mi ano con la punta de uno de sus dedos humedecido con su propia saliva. He de decir que aquello no me desagradó, al contrario, me excitó. Vanessa fue tan hábil que de un momento a otro y sin el menor aviso sentí su dedo completamente adentro de mi culo cuando lo empezó a girar lenta y suavemente. Prácticamente, quedé hipnotizado por su belleza, sus rizos sueltos de forma anárquica y una chispa en su mirada me hicieron perder toda resistencia, y así levantó mis piernas hacia ella y comenzó a penetrarme hasta descargar sobre mi vientre una pequeña cantidad de la más blanca leche.
Aquel inesperado desenlace fue la punta del iceberg de toda una serie de situaciones extrañas que viví con Vanessa.
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