Historias y Relatos Swinger
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Misión cumplida, Capitán
Entré al cuarto del motel. Como se lo pedí, él entró primero, y yo llegué después. Le marqué al llegar para pedirle que era hora de que se metiera al baño, como acordado. Fue muy diligente con las cosas que le pedí, ya que normalmente solicito una serie de cosas (muy posibles, nada del otro mundo) para mis encuentros que garanticen que todo estará en orden. Los hombres debajo de 35 años normalmente los descarto porque se complican demasiado o intentan abusar o llevar actitud de gigoló. Sé también que un alto porcentaje de chicas TV recurren a venderse o luego tienen problemas de adicciones, o resultan de manos hábiles. Entonces los prejuicios respecto a un encuentro entre un hombre y una chica TV tejen una telaraña que causa que muchos encuentros se frustren.
Desde el baño me dijo: te dejé las cervezas sobre la mesita.
Agradecí y destapé una en lo que me preparaba, ya que no ando vestida en la calle. Fue excitante como otras veces salir de casa con ropa de hombre pero debajo llevar medias, liguero, tanga, y un poco de base de maquillaje. Gafas, gorra, y listo.
Traté de no hacerlo esperar mucho, porque no debe ser una grata sala de espera el baño de un motel, aunque era un motel bonito y la habitación era amplia, así que al tiempo que apuraba un par de cervezas para ponerme a tono (no me gusta emborracharme, sólo es para darme un poquito de valor y ser un poco más desinhibida, pues soy de naturaleza tímida) me quité pantalón, playera, gafas, gorra, y todo lo que corresponde a esa otra piel que a veces desconozco. Mientras hablábamos para ir rompiendo el hielo, me confirmó lo que ya me había dicho, que era un capitán retirado del ejército, que rozaba los 60 años, que estaba casado, y que llevaba una vida tranquila. Todo eso lo noté antes de citarnos, pues como ya lo dije, no me agrada correr ningún riesgo, y procuro quedar con personas que además tengan un estado de paz mental.
me puse el vestido corto y entallado, de color negro. Volteé a comprobar en el espejo que todo estuviera en su lugar, y pasé al maquillaje. Sombra aquí, sombra allá... XD
Usé un labial que hiciera notar mis labios sin rayar en lo exagerado. Sombra, delineador, rimmel, peluca y voilá! ya estaba vuelta una chica TV con el debido putiaire que la ocasión ameritaba.
Lo invité a salir. Me acomodé en el mueble de torturas (así le digo al mueble diseñado para coger en varias posiciones). Salió, lo miré ya con mis mejillas encendidas de excitación y ví su sonrisa de satisfacción y sorpresa colocada en lo alto de sus 1.85 metros. Barba de candado, pelo gris, y una mirada varonil, franca y segura completaron el cuadro que lo hacía verse tan antojable. Su aire era alegre, con un poco de panza, pero eso para mí queda en segundo término (conozco cuerpos bellos portados por verdaderos patanes, así que no, gracias, me quedo con la experiencia y buen trato que me dan los maduros).
Yo soy de talla pequeña y a diferencia de la mayoría gay, no disfruto miembros enormes. Sobre todo me dan problema si son muy gruesos. Lo largo no tanto. Así que lo primero que pensé fue "oh-oh". En proporción a su estatura debe estar el demonio que se nota en su entepierna, y querrá entrar al precio que sea en mi infierno, jeje.
Me dijo "estás espléndida", y yo me dejé hacer. Le dí la espalda invitándolo a acariciarme, y no se hizo esperar. Se sentó atrás de mi y sentí su respiración cerca de mi cuello, lo que me causó pequeñas descargas eléctricas y que la piel se me erizara, pues al tiempo desplazaba su gran mano derecha desde la parte trasera de mi muslo dirigiéndose con lentitud y seguridad a lugares donde pudiera causar más daño al poco recato que yo tenía ya. Y con su mano en mis nalgas, frotándolas, acariciándolas lentamente, bajando hasta mis testículos, y regresando a rozar mi orificio anal, olió mi perfume, besó mi nuca y ya sus manos no paraban, subiendo y bajando, provocándome sensaciones que se multiplicaban en pequeños chispazos de placer. La erección ya se me notaba, y pensando en ello, estiré mi mano, que se había quedado quieta entre mis piernas, que ya había aflojado y separado este señorón sin aplicar fuerza, más que el vaivén de sus caricias. Mi mano llegó al cinturón, y la metí para de una vez palpar al enemigo. Vaya. Qué grande. Pero qué alivio. No está gorda como temía. Me di vuelta, él se acomodó en el mueble de torturas, y ahora yo quedé a horcajadas a la altura de sus rodillas. Le bajé el pantalón y el boxer. Y ahí estaba. Ya no me daba miedo, lo miré con un poco de coquetería y picardía a los ojos y el correspondió con un brillo que me invitaba sin palabras a besársela. Me agaché, saqué un condón que tenía en mi tanga, lo abrí y se lo coloqué, previo jugueteo con mis manos que lograron ponérsela más dura. Usé mi boca como supuse que era mejor, abordando el trozo de carne que se curvaba orgulloso hacia arriba, y lamiendo esos huevotes que seguro se estaban guardando un tibio regalo para el final de nuestro encuentro. Lo lamía sin prisa, primero el glande, con movimientos circulares y rápidos, luego por abajo desde la punta hasta los testículos. Perdón, hasta los huevotes, porque no encuentro término más justo para ellos. Él se relajó, no se veía con el ansia o preocupación de venirse, sólo decía "así, nena, qué rico lo haces, ohhh..."
Luego se enderezó y me dijo: "te toca". Nos levantamos, quitó mi vestido, se agachó y lamió mis tetillas tan sensibles que dejé escapar gemidos porque la lengua era voraz y los pelos de su barba picaban pero se sentían divinos, lijarme sin hacerme daño. Me succionaba con un poco de fuerza sin llegar a ser molesto. Era experto el señor militar. Le dije "capitán, creo que hay una trinchera que llenar". Se rió por la ocurrencia, y me dijo "Tengo una bazooka que entregar ahí, tocando su pito de arriba hacia abajo. Me empujó de la espalda con dominio pero gentileza hacia la cama, obligándome a agacharme, exponiendo mis nalgas y la trinchera que ansiaba sentirlo. Estaba a punto de pedírselo cuando escuché el clic de la tapa del lubricante que dejé a la mano.
sentí su mano llegar entre mis nalgas, justo a la altura de mi ano, dejando una estela de abundante lubricante. Le dije como retándolo "por qué asumes que necesitas tanto? Te crees mucho?", y reí nerviosa. La respuesta llegó sin palabras, en forma de un ariete duro, pero de blanda recubierta, a posicionarse con puntería en los pliegues de mi ano. Yo ya estaba flojita y cooperando. Me relajé para sentir la introducción de ese pene palpitante. "Vaya que eres estrecha", dijo al notar que no pasaría tan fácil. Yo traté de ayudar, echándome hacia atrás, pero poco terreno ganó. Lo sentí entrar. Ese momento en que sientes que el instrumento como que te hará reventar al inicio. Fue abriéndose paso. Lo escuché pujar. Me tomó de la cintura para asirse mejor. Aunque lo que logró con esto fue más bien manipular mejor las embestidas, consiguiendo atraerme hacia sus caderas, hasta que mis nalgas quedaron palmo a palmo con su abdomen bajo. Siempre pierdo la noción de la distancia que avanza un pito cuando entra en mi, porque sufro un poco al inicio. Espero tener la noción de que ya está dentro, y entonces pido que lo dejen así unos instantes, antes de empezar a taladrarme. Me muevo un poco en círculos para permitir el ensanchamiento de mi cueva, y entonces invito a seguir el ataque. él tomó más lubricante y lo aplicó. "Gracias", le dije. "Ves nena, que sí lo necesitamos?", me respondió mientras empezaba a darme con ritmo. Una y otra vez, una y otra vez. Ya no había dolor, sólo el placer de estar llena, que me hacía perderme en la almohada. Yo gemía, y gemía. él seguía acariciándome, y buscó mi pene con una de sus manos lubricada. Y me masturbó rico. Su estatura le daba para estar ya sobre mi en la cama, en la tipica posición de perrito, donde seguramente yo era como una perrita (jeje), y él se vería como un gran lobo copulándome, cubriéndome con todo su cuerpo, yo a gatas y él encima de mi, los brazos le daban para llegar a la cama, igual que sus piernas, que rebasaban las mías. No sé si me explico, pero en el espejo vi la imagen lujuriosa de nuestros cuerpos sudados y lo ví también acercar su boca a la mía cuando me vió voltear. Normalmente evito los besos, porque no sé dónde ha estado una boca, pero ese beso fue profundo y muy cálido. Me hizo gemir más, y en unos segundos ya me estaba derramando sobre la sábana. En espasmos, mi ano se contraía como procurando también ordeñarle su señora verga militar. Él se dió cuenta, pero hábilmente me dio vuelta, y ahora me puso en posición del misionero, con una almohada por debajo. Me pentró ahora con facilidad, y se echó sobre mí. Yo lo abracé, y ahora ví la imagen en el espejo del techo. Era tan rico que debí tomar una foto, pero no tenía cabeza para eso. Estaba sudando a mares, y sentía su sudor pasarse a mi cuerpo, con su exctiante olor a macho caliente. abrí bien mis piernas que tenían las medias negras aún y por los costados, en mi cadera se asomaba el liguero negro. Gemíamos, jadéabamos, y casi me hacía gritar. Cerré los ojos y aunque en otras circunstancias el sudor no me gusta, fue excelso sentir todo su cuerpo húmedo de sudor, fortando su pecho velludo contra el mío lampiño. Entonces las embestidas se hicieron más fuertes y ahora sentí claramente el bombeo de su orgullosa verga inflar el condón. Una. Dos. Tres. Cuatro. Dios. Cinco. Seis. no sé cuántas, pero tiró leche como adolescente. Y se desmayó sobre mi. Lo abracé delicadamente y le pasé con suavidad mi mano por la espalda. Igual hice con la otra mano. Se empezó a recuperar, levanto la cabeza y me dijo "qué rica estás!". Yo reí agradecida, y le dije "misión cumplida, capitán?". "Más que cumplida, señorita. Medalla de honor", fue la respuesta venida de su voz grave y exhausta.
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